Los políticos condenados ya están en la calle. Pero los indultos siguen dominando el debate y el miércoles, en una dura intervención en el Congreso, Pablo Casado exigió la dimisión de Pedro Sánchez acusándole de «desarmar al Estado».

¿Por qué se han dado? Condenados los nueve dirigentes catalanes por el Supremo y ejecutada la sentencia, el conflicto seguía vivo. Y la tesis de que la simple continuidad lo solucionaría, o lo reduciría, se estrelló contra el resultado de las elecciones catalanas de febrero. El PSC fue la primera fuerza, pero los tres partidos independentistas (ERC, Junts y CUP) repitieron mayoría absoluta y tuvieron el 52% de los votos, porcentaje tampoco a magnificar por la muy alta abstención.

Estaba claro que la mera continuidad perpetuaría el enfrentamiento entre el nuevo Gobierno catalán y el de España. También la división de Catalunya en dos mitades prácticamente iguales. El independentismo había tenido el 52%, pero las encuestas, incluidas las de la Generalitat, indican que la mayoría de los catalanes, por un margen estrecho, no quiere marcharse de España.

No cambiar el escenario no iba a resolver nada y acarrearía la parálisis de la política catalana e incluso española. Podía ser el momento idóneo para un gesto relevante que abriera una nueva etapa, máxime cuando ERC, el primer partido independentista, afirma que, sin renunciar a su objetivo, rechazaba la unilateralidad (el gran pecado del 2017) y quiere negociar.

Los indultos nacen así de la convicción de que en algún momento, habiendo hablado ya la Justicia, convendría ‘pasar página’ (campaña de Salvador Illa) y ‘empezar de nuevo’, como dijo el lunes pasado Pedro Sánchez en el Liceu.

El escritor Javier Cercas, muy contrario a la independencia, los ha defendido diciendo que son una apuesta por la esperanza de que un notorio gesto de conciliación pueda desbloquear el largo conflicto. No hay ninguna garantía, pero nota que el clima catalán ya ha cambiado con el anuncio de los indultos. La esperanza no debe ser truncada por el rechazo o el miedo a mover las cosas.

Los indultos tienen, sin embargo, la oposición de toda la derecha española y son vistos con gran recelo por los independentistas más radicales. Pero las manifestaciones contrarias han movilizado poco a quienes -escépticos o incluso opuestos- no creen que unos indultos, que mantienen la inhabilitación y están condicionados a no volver a quebrar la ley, puedan ser una catástrofe. Y Sánchez no actúa solo para ‘autoindultarse’, pues han expresado su apoyo tanto el Cercle d’Economia, relevante entidad de empresarios y profesionales, como el Foment, la patronal catalana, e incluso el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi: «Bienvenidos sean si sirven para normalizar las cosas».

Los empresarios saben que el conflicto crónico con Catalunya, grosso modo la quinta parte del PIB y de la población española, no es lo mejor para la recuperación. También los obispos catalanes se han apuntado al sí, arrastrando a la Conferencia Episcopal que ha pedido «abandonar las actitudes inamovibles ante los indultos».

El líder del PP no entiende que su oposición frontal y radical no sea compartida por sectores sociales relevantes e incluso ha criticado que ‘interfieran’ quienes (empresarios y obispos) no están en el parlamento, olvidando que otras veces el PP ha exhibido el sostén de asociaciones de víctimas del terrorismo o de los propios obispos. El PP arriesga así quedarse aislado con Vox y ser incomprendido por la prensa internacional más solvente.

Financial Times, el diario más influyente en Bruselas y en muchas capitales, se ha manifestado a favor de los indultos y la negociación. Decir que Casado fue víctima de «una encerrona» en Barcelona solo indica no saber leer la realidad.

Los indultos son un gesto valiente y arriesgado en busca de un muy complicado desbloqueo que necesitará que se tengan en cuenta dos grandes imperativos: máxima flexibilidad y respeto al Estado de derecho. Todas las leyes se pueden cambiar, pero siempre sin romper la legalidad. Pero ‘empezar de nuevo’ es más fácil de enunciar que de lograr. La reunión del martes, festividad de San Pedro, entre Sánchez y Pere Aragonès, será la primera prueba. Debe dar algunas pistas.