Desde la última vuelta de camino, que en tu caso te trae de aquellos lejanos tiempos en que coincidieron tu juventud y la primavera de la libertad recuperada, contemplas cómo la democracia española atraviesa una grave crisis institucional, que deviene, no de la imperfección de las propias instituciones sino de la escasa credibilidad de quienes las ocupan: líderes inconsistentes o esquinados, si no falsarios, cuyas palabras y promesas, en periodos electorales o fuera de ellos, son poco creíbles, o simplemente mentiras, en cuanto hay que pasar del dicho al hecho: donde dije digo ahora digo diego; y todo son dimes y diretes, corregidos, aumentados y contradichos en las redes sociales, dejando al ciudadano que crea lo uno y lo otro, pero también lo contrario, en unas permanente ceremonia de la confusión.

Credibilidad de los que gobiernan que se hunde en la miseria de la corrupción, la prevaricación o la falta de transparencia cuando se permite y oculta el manejo torcido y equivocado de los bienes públicos, muchas veces para alimentar los gastos de la pesada maquinaria de los partidos, lo que suele ir unido al medro personal o grupal de los mandamases.

Pero si preocupante es la actitud de los gobernantes, patético es el papel de muchos ciudadanos, la mayoría de buena fe, que, llevados de sus convicciones o inercias ideológicas, son afectos a unas determinadas siglas. El observador neutro no se explica cómo millones de personas siguen dando su apoyo a personajes, partidos, sindicatos u otros organismos de los que se conoce su comportamiento incívico, inmoral, o incluso abiertamente delictivo. No quiere ni siquiera pensar que todos son fanáticos, ideológicamente ciegos, que se creen a pies juntillas lo que sus líderes les dicen, como un dogma religioso que les impulsa a tirar piedras sobre el tejado de enfrente; a ver la paja de la desfachatez y la corrupción en el ojo ajeno y no la viga del robo, la extorsión o la prevaricación en el propio; a no escuchar más que las malas noticias de los otros, haciendo oídos sordos a las del bando propio; a aporrear a los demás con descalificaciones de los contrarios y alabanzas ciegas de los suyos. Porque, ya lo dijo Gracián, «en las cosas ajenas son unos linces y en las suyas unos topos».

Todavía más doloroso le parece el caso de incontables personas bienintencionadas, cuyo deseo de buen gobierno queda entre paréntesis, cautivo de aquellas siglas a las que siguen votando, no por convicción, sino por resignación, al ver que su posible cambio de orientación, lejos de encontrar un destino mejor, les llevará de Guatemala a Guatepeor, y, en definitiva, a hacer bueno el dicho de que de molino cambiarás, pero de ladrón no escaparás.

En todo caso, la adhesión inquebrantable a las siglas, por convencimiento o por gregarismo, lleva con frecuencia a un sectarismo enfermizo que va más allá: a la estigmatización, no ya de la ideología contraria y de quienes la representan con sus discursos de arbitristas en quimeras, sino también de los que la sustentan con sus votos, a los que se tacha de ignorantes, irresponsables, inmorales, enemigos de la Patria, fachas, comunistas, españolistas, ‘botiflers’ y otras muchas lindezas, según el caso, aunque sean familiares o amigos, por considerarlos cómplices de todos los males, sin darse cuenta de que la crítica hay que empezarla por la propia casa y por nosotros mismos.

Y así andan, «sospechando unos de otros y tirándose piedras y escondiendo todos la mano», como aquellos que, habiéndose tiznado las caras, andaban, según cuenta Gracián, «riéndose unos de otros, sin mirarse a sí mismos, ni advertir cada uno su fealdad, sino la ajena». O al menos eso piensas también tú mientras te pones a resguardo de la pedrea y la escandalera, que es lo que se lleva.