Mis hijos no se creían que los cuentos de hadas eran historias reales, aunque fabuladas, hasta que no les conté ejemplos reales, de personas que habían vivido situaciones como esas de los cuentos. Hasta entonces, no podían imaginarse que esas historias de los libros se inspiraban en personas de verdad, en situaciones que se dan, una y otra vez, porque la naturaleza humana no es ilimitada, y los patrones se repiten hasta el infinito.

Les encantaba oír cómo a tal persona le ocurrió como a caperucita, y se fue por el camino que quiso, con desastroso resultado, por no haber sabido escuchar consejos más sabios. Cómo hay personas que son como lobos con patitas blancas, que parecen corderos, pero que luego devoran a su presa, como el lobo a los cabritillos. En particular, tengo un ojo especial para descubrir brujas y hadas. Oye, que las hay de las dos clases.

Ninguna historia les ha gustado, nunca, tanto, como la de Cenicienta. No daban crédito cuando les conté que un viudo con una hija se casó con quien aparentemente era una buena mujer, maltratada por la vida y por eso recia y con carácter, pero con dos hijas que podrían acompañar a la huérfana en sus juegos.

Cómo la mujer pasó de ser una tía cojonuda al principio, a irse convirtiendo en una madrastra mala leche. Cómo convirtió a la huérfana en la diana de todos sus cabreos, echándole la culpa de todo lo que pasaba, magnificando sus pequeños errores infantiles para ridiculizarla y atacarla, y cómo hasta la hija mayor consolaba a la huérfana, y la protegía de la ira de su propia madre.

La parte que más les gusta oír es cuando el viudo, que a diferencia de lo que pasa en el cuento, aquí no se había muerto, en un momento dado mandó a la mujer a ese mismo sitio en el que estás pensando. Cómo padre e hija rehicieron sus vidas, con menos compañía, pero con más paz, y cómo, desde aquel momento, la vida empezó a mover los hilos invisibles del destino.

La madrastra entonces empezó a recibir el justo pago de sus malas obras, en forma de falta de trabajo, ruina económica, y huida de amistades fraternales que en realidad no habían sido más que personas interesadas. Un alud de maldiciones cayó sobre ella de forma inmisericorde.

¿Y la huérfana? No te lo vas a creer. Se casó con un príncipe. En serio. Un hijo único de una familia holgadamente rica en general, pero inmensamente forrada en ganas de darle cariño y en apoyo a la huérfana en todo lo que quisiera. Por supuesto ella y el príncipe vivieron felices y comieron perdices. Porque Dios premia. Siempre.