En dos años tendremos que hacer lo que tendríamos que haber hecho en cuatro». Es el lema del nuevo alcalde de Murcia, el socialista José Antonio Serrano, por lo que se deduce de sus reiteraciones tras instituirse como tal al triunfar la moción de censura con el apoyo de Cs y Podemos contra su antecesor, José Ballesta, del PP.

Esa frase es reveladora: significa que PSOE y Cs, los dos aliados ejecutivos del triplete de la censura, pues Podemos se reserva en la oposición, traen para la séptima capital del reino un programa para dos años, es decir, un proyecto cortoplacista. Proyecto que, por otra parte, ni siquiera ha sido enunciado. Y, por los primeros indicios, que son los que valen, parece que de lo que se trata es de liquidar todo lo que está en marcha a iniciativa del anterior gobierno. Se trata, pues, de un contraprograma, sin que sea posible atisbar el programa alternativo, que no ha sido expuesto. Es un no a lo que hay sin que alcancemos a saber, más que por dictados retóricos y abstractos, qué es lo que habrá. Da la impresión de que ellos, el nuevo gobierno, tampoco lo saben, pues en otro caso lo habrían transmitido.

POCO NOVEDOSOS.

De momento, son poco novedosos, pues lo único que han hecho, y con retraso de varios días a la vista del largo tiempo que tuvieron para diseñarla, es la estructura del nuevo gobierno, que responde, salvo el intercambio interior de algún epígrafe, a la anterior del equipo de Ballesta: cambian, obviamente, los nombres de los titulares de las distintas concejalías, pero no la distribución básica de las competencias, y esto sin pagar derechos de autor a sus antecesores. Se ve que éstos habían hecho algo bien. Sorprende, sin embargo, que un Gobierno progresista haya suprimido timbres tan importantes para titular concejalías como Escuelas Infantiles, Huerta y Patrimonio Histórico, que seguro les interesan, pero que, de momento, han hecho desaparecer de los rótulos.

EL PASO ADELANTE.

Convendría empezar por el principio. La caída de Ballesta en favor de Serrano y Mario Gómez es, claro, un cambio de partidos, pero no en estricto sentido un cambio político en un sentido amplio, por extraño que parezca. El cambio real en el municipio de Murcia lo trajo Ballesta hace seis años. La irrupción de este político, producida a pesar de las reticencias de la estructura orgánica local del PP dominada por su antecesor del mismo partido, Miguel Ángel Cámara, supuso un gran paso adelante en la política municipal. Se pasó, en un breve trance, del letargo, la inacción y, entonces sí, la corrupción estructural intangible para la administración de Justicia, a una dinámica positiva de acción política con un proyecto de ciudad de largo alcance, trazado para ocho años, con ejes de actuación perfectamente determinados. Ese proyecto podría gustar o no, pero ahí estaba y está, y es obvio que a pesar de las críticas legítimas de la izquierda y de los errores de gestión, nadie podrá reprochar a Ballesta que carecía de proyecto, y ese proyecto, se quiera aceptar o no, acabará realizándose, con él o sin él, con variaciones o con elipsis, con agujeros de gruyere, si se quiere, pero es inevitable, pues contempla las necesidades básicas del desarrollo futuro de la capital.

CRÍTICAS DE CARRIL.

La crítica de carril sobre el desentendimiento de las pedanías (importantísimas en un municipio tan extenso como el de Murcia) en favor de las actuaciones en los núcleos centrales de la ciudad es de una demagogia de libro. Proyectos como el de la Vía Verde, Huerta, Malecón y otros señalan una visión de alcance en la integración de la capital y la periferia que trasciende la rutina de reponer farolas en el extrarradio, y más cuando las pedanías están generalmente equipadas con estructuras municipales de lo más diversas, pues la competencia entre ellas ha propiciado que, a escasos metros de distancia, se dupliquen instalaciones que, en tiempos de austeridad, resultarían sobrantes. Por otro lado, el rechazo al embellecimiento de la ciudad (macetas y jardines por doquier) ha venido provocando una crítica obtusa, como si no fuera necesario dibujar un escaparate agradable para una ciudad que, al cabo de los años, ha descubierto que no puede dejar de competir en atractivos turísticos.

PROGRESÍA CONTRA PROGRESO.

Hay que suponer, aunque no hay muchos indicios sobre ello, que Serrano haya madurado desde que reprochó a Ballesta que peatonalizara Alfonso X, pues tamaña inversión suponía, según él, un agravio para las pedanías, e incluso consideró que los materiales empleados en ese proyecto eran ‘demasiado caros’, como si fuera más barato tener que reponer con frecuencia las losetas de un espacio peatonal fatigado por miles de personas. En esta estrechez de miras se retrató el hoy alcalde, sin considerar la valentía que suponía la actuación de su antecesor, quien antes de que se observaran los excelentes resultados de la peatonalización, tuvo que enfrentarse a los consabidos poderes fácticos (organizaciones y empresas), se supone que de su cuerda, que apostaban por la circulación automovilística indiscriminada en la zona noble de la ciudad. El mundo al revés: el progre, contra las soluciones urbanas avanzadas y universales.

CONTRAPROGAMA SIN PROGRAMA.

Al día de hoy, al menos hasta que entre en materia, si es que entra, no está claro que Serrano sepa distinguir entre gasto corriente e inversiones, a juzgar por su justificación para suprimir, como ha adelantado, la segunda fase del proyecto Murcia Río, una iniciativa de Ballesta que pretende integrar el Segura a su paso por el municipio en el espacio urbano, como tantas grandes capitales han venido haciendo en su contexto. Por lo visto, para Serrano, esa inversión es un exceso a la vista de las necesidades en servicios sociales, sin reparar en que la administración de éstos se nutre el presupuesto, mientras proyectos como Murcia Río se desarrollan con financiación europea, de tipo finalista, de manera que si el Ayuntamiento renuncia a esos recursos antes de la finalización del proyecto es bastante posible que los fondos europeos para cualquier otra necesidad hagan oídos sordos a otros reclamos que pudieran venir de un gobierno municipal tan sobrado, capaz de dejar a medias iniciativas avaladas por Europa por la simple razón de que el gobierno ha cambiado de signo político.

RESPALDO EXPERIMENTADO.

Seamos optimistas. Serrano tiene tras de sí a dos compañeros de partido con sobrada experiencia municipal que saben distinguir entre las capacidades para abrir una ventana, como hizo Serrano el primer día que accedió a su nuevo despacho para metaforizar el ‘aire nuevo’, y para gobernar una capital como la ciudad de Murcia. Se trata de Javier Mármol, que será su jefe de gabinete, y Alfonso Navarro, uno de los dirigentes históricos del PSOE con más experiencia y perspectiva, lo cual es, por un lado, un seguro, y por otro un motivo, a la media o a la larga, de posible conflicto interno, pues es bien claro que Serrano está condicionado a la obediencia al actual sector dirigente del PSOE hasta tal punto que ha sido incapaz de integrar con solvencia a los propios miembros de su equipo que provienen del ámbito de María González Veracruz, e incluso a quienes como Teresa Franco, más o menos ‘independiente’, se sienten frustrados por el reparto de competencias.

En este contexto, no deja de llamar la atención que ni siquiera esos nombramientos (los de Mármol y Navarro, y otros en el staff del alcalde o en el de las diferentes concejalías) no tengan todavía efectividad formal, cosa sorprendente en un gobierno que pretende hacer en dos años lo que debería haberse hecho en cuatro. Van un poco lentos si es que pretendieran apurar el tiempo. Parece que estuvieran un poco atorados ante las complejidades de la administración, que todavía no dominan, o bien que tienen demasiadas dudas, o tal vez que no estaban avisados de la necesidad de disponer de un personal adecuado para un empeño de tamaña responsabilidad o no lo encuentran o la lupa que manejan no es de mucho alcance.

GÓMEZ, EL PARALIZADOR.

A esto se añade que el socio Mario Gómez sigue paralizando desde la oficina de contratación, incluso cuando ya está en su zona de confort con los socialistas, los trámites administrativos necesarios para que fluya la actividad municipal, no vaya a ser que tenga que recurrir a las mismas pequeñas empresas que surtían al PP con los contratos menores, a la espera de localizar a las que son de su complacencia. Por ejemplo, hasta el pasado viernes, las distintas dependencias del Ayuntamiento carecían de folios, de modo que todos los concejales y los funcionarios sin reservas de este material debían utilizar sus libretas particulares, tal vez porque el papel de váter también está sometido a sospecha.

Es su marca. La primera iniciativa del socio de Ciudadanos ha consistido en emitir una circular a los distintos titulares de las concejalías del nuevo gobierno para pedirles que le trasladen su disposición a utilizar o no los presupuestos destinados a los proyectos del anterior equipo de gobierno. Es una invitación a cerrar proyectos en marcha, es decir, a instaurar la política del no a todo lo anterior sin que sea sustituida por proyectos alternativos, y dado que no hay política sin presupuestos, queda evidente que Gómez advierte que aquí manda él, pues suple al concejal de Hacienda o como ahora se denomine.

REBECA AL QUITE.

A muchos les encanta que el PSOE gobierne en Murcia después de tantos años (los últimos seis, gracias a Mario Gómez, ahora tan díscolo respecto de su propio historial político, casi al borde del transfuguismo intelectual), pero los cambios son poca cosa si nos limitamos al convencionalismo de la siglas, por mucho que esto sea celebrado o lamentado por los irreductibles de unas u otras. ¿Dónde está el proyecto del nuevo gobierno? ¿Y cómo es posible que, de existir, se nos anuncie que es para dos años, algo así como una beca estudiantil? ¿Tan poca fe tiene el PSOE en trazar una perspectiva de al menos otros cuatro años más?

La respuesta tal vez esté en la actitud del PP, con un Ballesta que se va, pero no se va, y tal vez resista hasta el final de mandato aunque solo sea asistiendo a los plenos mensuales. Y el reequipamiento de los populares, con una Rebeca Pérez, con el municipio en su cabeza, convertida en la práctica en coordinadora de la oposición popular, segura candidata electoral si Ballesta le da la vez (López Miras la ha confirmado en un lugar preeminente de su ejecutiva regional), y con un José Guillén como perfecto contrapunto en un juego de equipo para figurar los papeles de ‘la buena’ y ‘el malo’, en el núcleo de un partido con tanto arraigo municipal como capacidad de movilización instantánea. Desprovistos de sus despachos de poder, parecen dispuestos, por lo ya visto esta semana, a trabajar desde la calle para defender con uñas y dientes los proyectos de Ballesta, para muchos algo más que un líder político, un maestro.

A este respecto, tal vez José Antonio Serrano debiera aprender, por extraño que parezca, de Miguel Ángel Cámara, quien salvó los primeros ocho años de su mandato cumpliendo y haciendo cumplir el programa de su antecesor, el socialista José Méndez, y después ya no supo qué hacer. El cambio, a día de hoy, es Ballesta incluso sin Ballesta. Y esto es lo que debería interpretar el PSOE. Si es que se entera.