Vivimos tiempos poco dados a las disidencias. El pensamiento único parece imponerse precisamente en una sociedad que se vanagloria de llevar inscrita la libertad de expresión hasta sus últimas consecuencias pero de la que es difícil escapar airoso en cuanto el pensamiento se subleva a la mayoría. Las redes sociales son un buen ejemplo de las costuras con las que se van tejiendo las nuevas generaciones, un lugar donde el debate sano es sustituido por el enfrentamiento, el señalamiento del que piensa diferente y su ostracismo moral. En una época donde creíamos haber superado los traumas de la historia, las persecuciones religiosas y la intransigencia como modus vivendi, observamos los mismos hábitos que en el pasado padecimos. No se acusa de herejía a nadie pero el impulso de condenar el pensamiento herético (aquel que se queda fuera de lo ortodoxo, de lo políticamente correcto) sigue latiendo en nuestras ciudades, campando a sus anchas en los centros educativos y reformulándose, siempre revestido de falsa modernidad, en muchos de los pensadores que hoy en día admiramos.

Por eso el libro que ha escrito Antonio Pau resulta tan esclarecedor. Herejes (Editorial Trotta) no es solamente un compendio de vidas sesgadas por el pensamiento único, sea cual sea su origen o credo, sino un muestrario inteligente de ideas y opiniones que se han defendido con valentía a lo largo de la historia. Dividido en 22 capítulos, cada uno de ellos narra la raíz ideológica del mundo que los condenó, pero también el punto de vista del hereje, manteniéndose una especie de debate entre estos y los inquisidores, en donde gana la inteligencia y el juicio crítico. Muchos de ellos fueron considerados herejes por una sociedad que no era capaz de absorber su modernidad, aquel «ver crecer la hierba», como definía Miguel Delibes a ciertos personajes de Los santos inocentes. Siglos después, las razones de las condenas a la hoguera y al exilio no se sostienen, pero las ideas que llevaron a los 22 hombres y mujeres a la reclusión y la muerte, en algunos casos, han resistido frescas y originales. 

Con respecto a la retrospectiva de las ideas heréticas, el Concilio Vaticano II actualizó mucho más que los instrumentos musicales en la misa y admitió el error fatal en algunos casos. Uno de los condenados por herejía fue Pedro Valdo, prestamista del siglo XII que abandonó la vida terrenal para predicar por los caminos de Francia una vida de pobreza y justicia. La acusación de herejía se basó precisamente en la ‘perfección’ de sus miembros, más que en la mancha de sus ideas. Una actuación, la de Pedro Valdo, que la Iglesia católica aceptaría hoy en día como buena y propia de la fe. Como sucede también con Fray Dulcino de Novara, conocido para muchos porque su historia se reproduce en El nombre de la rosa de Eco, una figura fascinante que combina la exaltación religiosa, la pobreza y el ardor guerrero.

No es un secreto que la Iglesia católica de nuestros días tiene mucho que ver con las ideas perseguidas y que Pau refleja con sobriedad filosófica en Herejes. Tras siglos de condena, la reflexión se impone, porque la idea es lo último en desaparecer de la memoria. Incluso aquellas herejías de los primeros tiempos del cristianismo guardan cierta inocencia de los orígenes. Un hecho curioso en donde el autor pone el énfasis es en las fuentes documentales. Antonio Pau supera el riesgo en el que podía caer el libro. No se trata de narrar la vida con un biografismo académico, sino de que las ideas que impulsaron las causas de los herejes cobren vida propia. Y para ello, el autor se ha debido de enfrentar a numerosos obstáculos testimoniales. En los ejemplos de Marción de Sínope, Valentín el Gnóstico o Joviano los únicos documentos conservados que hablan de sus vidas y obras son los que escribieron para desprestigiarlos. Y en algún caso, lo hicieron plumas tan destacadas como San Jerónimo. ¿Cómo separar el grano de la paja y reconstruir un pensamiento puro y libre de difamación? Es, sin duda, uno de los éxitos de Herejes.

Pero el libro no se detiene solamente en los herejes condenados por el catolicismo. Se extiende Antonio Pau en el caso de Miguel Servet, el pensador español que ardió en la libertaria Ginebra, hoy refugio de todas las ideas. El capítulo de Servet es un vibrante debate entre el científico español y Calvino, en la Universidad de París, a modo de debate teologal, donde los argumentos se lanzan como cuchillos y los dogmas de fe se escurren en una Europa fragmentada por la religión. Servet será condenado a la hoguera por herejía por un tribunal dominado por Calvino, en una demostración palmaria de que las guerras de religiones que asolaron Europa durante la Edad Moderna tenían poco que ver con Dios y mucho con los hombres.

El capítulo que cierra el libro trata de la brujería y acude a su argumentario el dato más objetivo. El proceso de quema de brujas se inicia a partir de 1275 y enciende el continente europeo de supersticiones y odio hacia lo femenino. Pero las cifras son lo suficientemente clarividentes para atestiguar que es en los países del norte donde más se abusa del aquelarre y la hoguera. Recoge Antonio Pau testimonios sueltos de las últimas mujeres condenadas por brujería, ya entrado el siglo XIX, pobres discapacitadas mentales que se calentaban las manos en la hoguera de su penitencia ante el frío del invierno. Es un capítulo, sin embargo, que ayuda a desmontar la Leyenda Negra, tan extendida en nuestro propio país, y que nos retrata como unos fanáticos de sotana que disponían hogueras y autos de fe en cada plaza pública. 

Herejes es el recuerdo de hombres y mujeres valientes, como María Jesús de Ágreda, mística del siglo XVII, y la prueba de que las ideas perduran, calan en las generaciones posteriores y se van asentando en la ortodoxia como si fueran propias. Es la última conquista del hereje, un personaje necesario en todas las épocas de la historia.