Es posible que Pablo Iglesias sea el líder que más ha influido en la política española de lo que llevamos de siglo por su lucidez estratégica, por su magnetismo personal, por su audacia, por su coherencia, por su autenticidad, por su capacidad para aglutinar sentimientos populares, por su visión global de las corrientes sociales. La confianza en sí mismo y su autoestima explican su éxito, aunque en la deformación de ambas también encontramos las razones de su caída. Cuando Albert Rivera se miraba al espejo quería ver a un Adolfo Suárez de la segunda transición. Ser él mismo pasaba por ser otro, por ejemplo, Emmanuel Macron. Y cuando uno quiere ser otro al final termina siendo lo que otros ven en él. En el lado opuesto, Pedro Sánchez basa su éxito en no parecerse a nadie, ni siquiera a sus antecesores. Él brilla en la ambigüedad o la indefinición. Su ambición no es ser alguien, sino no ser nada. Todo su empeño se agota en el estar. De Pablo Casado no se me ocurre nada. Pablo Iglesias solo aspira a ser él mismo.

Era lo nuevo y, por lo tanto, una esperanza. Por eso vemos su caída con el mismo asombro que presenciamos su fulgurante aparición. ¿Era inevitable esta rápida degeneración en caricatura de sí mismo? Él creía tener el secreto del éxito en la política de los tiempos posmodernos: la fuerza de los símbolos, el éxtasis de las emociones en momentos de decadencia y ruptura. «Podemos es sexy», dijo al acariciar la cumbre. Ahora, en pleno desmoronamiento, ha decidido que en realidad el sexy es él. Su problema era conceptual: él era nuevo en todo, excepto en sus ideas, que son muy viejas. Pero también de estilo. El aura sexy de su política solo podía durar hasta el momento en el que ‘su’ gente se percatara de que él se llevaba todo el glamour y no iba a dejar nada para los demás.

Sin gobierno, sin partido y sin votantes, su naufragio empieza a dar tanta pena que despierta un poco de ternura. Iglesias cree que sigue siendo él mismo, pero en la vida la fidelidad a uno mismo (y la confianza que despiertas en los demás) depende de ser sincero con aquello en lo que nos convertimos. Haciéndonos creer que todavía está en la cocina de su piso de Vallecas lo único que hace es el ridículo.

Cuando critica el elitismo de Ayuso («Te falta mucho Madrid, tía. Podrías haber hecho el paripé de irte a algún barrio del sur... Vas a hacer ‘footing’ donde viven los tuyos») desde su piscina de Galapagar lo que vemos es la última farsa de un héroe de la autenticidad.