Me están saliendo canas. No lo considero un drama, pero les confieso que me he sorprendido a mí misma en el espejo del baño observando el paso del tiempo en mi cabeza. Son diez contadas; sí, ya sé lo que me van a decir, que soy una exagerada, pero no me negarán que esto de estar vivo pasa rápido y esas canas anuncian lo inevitable. Nunca he tenido una crisis por cumplir años; al contrario, me gusta hacerlo, pero echo la vista atrás y pienso en la cantidad de cosas que me podía haber ahorrado, nunca lo sabremos. Asumo lo vivido, no me arrepiento de nada de lo que he hecho ni de los errores que he cometido; todo me ha enseñado que en la vida, como en las bulerías, hay que hospedarse en el vértigo. Ojalá esta frase fuera mía, pero sin saberlo hace unas semanas me la regaló Antonio Agredano, escritor al que odio y quiero a partes iguales, sin haberle tocado ni compartido una cerveza con él, en la barra de cualquier tasca, todavía.

Hospedarse en el vértigo, vivir sin dobleces, sentir adrenalina que marea y emborracha, dejando resaca. ¡Cómo echo de menos esas resacas de vida!, los bares con moqueta, los amores de barra (por aquello de la vuelta de Ella Baila Sola), los camareros con chaleco y esa copa y aquel chupito que no debiste beberte nunca. Los pianobar de Madrid, las salas y los conciertos, el encendido de luces y mirar el reloj mientras te corre un escalofrío por la nuca.

Mi lado crápula empieza a despertarse de madrugada, diciendo qué hay de lo mío, mientras la vida me mete en la cama a las 22.00h, ¡qué ordinariez! La nocturnidad y el gamberrismo volverán, o eso esperamos el club de los solteros eternos, grupo de whatsapp del que formo parte con orgullo. Pero mientras la vida sigue, quizás no es momento de hospedarse en el vértigo y hay que hacerlo en las pequeñas rutinas domésticas, esas que quizás llevamos practicando años de forma natural y ahora son verdaderas caricias en tiempos de aislamiento.

Tengo que confesarles algo, seguro que conocen a más personas como yo, soy adicta a ir a la plaza de abastos, o ‘mercao’ de toda la vida. Me encanta ir a comprar al mercado de Antón Martín, encontrarme a fans octogenarias de Gerardo, mi carnicero, y que me cuenten anécdotas, mientras piden tocino y morcillo para echar al cocido, o pasar por el puesto de la fruta, donde me preguntan por mis padres y me aseguran que han estado tiempo sin verme. No es viernes hasta que no me siento con Iván o Mónica del Lamiak en la Calle de la Rosa a tomarme un doble y su deliciosa tapa de roast beef con pepinillos; o tampoco es sábado sin cruzar la calle recién levantada poniéndome lo primero que pillo a por un croissant recién hecho por Mohamed, mi panadero desde hace más de diez años: me fui del barrio, he vuelto, y él y sus delicias de pistachos de Marruecos o su pan de aceitunas me han estado esperando todo este tiempo.

La vida de barrio, donde te conoce el de la droguería y el de los pollos asados, o se activa el wifi de tu teléfono al entrar en los sitios de siempre, es lo único a lo que aspiro en estos tiempos convulsos. Vivir en mi barrio, ese que tiene más bares que Noruega, como dice Sabina, porque con diez canas y muchas heridas una se va a vivir donde haya anestesia, no monjes cartujos.

Hablando de anestesia, ¿se imaginan ir con 0,05% de alcohol en sangre en su día a día? Afrontar la vida piripi, ¿cómo les suena? Es la trama de Another round, película que vi la otra noche por recomendación de mi camello cinematográfico, aunque se le olvidó decirme que comprara una botella de vodka en casa porque Mads Mikkelsen me generaría una necesidad. ¿No les ha pasado que con dos copas de vino se sienten poderosos, dirían todas aquellas cosas que no se atreven con un café con leche y serían capaces de trazar un plan maestro por el que antes de junio estuviera toda la población vacunada y nos entregaríamos al libre albedrío? El alcohol como herramienta para superar miedos; no les hago una apología sobre el alcoholismo, ni mucho menos, pero sí me pregunto cosas. Es curioso cómo nos sentimos invencibles con unas cervezas de más a pesar de parecer ridículos desde el otro lado de la barra.

Puede parecer una burrada lo que les estoy planteando, pero ¿qué es lo sensato? ¿quién mide qué está bien y qué está mal? ¿es mejor tomarse un ansiolítico antes de cantar temas de una oposición que beberte dos chupitos? Lo que tengo claro es que, con dos copas de vino, todos estaríamos más relajados; sé que les resulta marciano lo que les estoy diciendo, y quizás tengan razón. Pero ante los prejuicios, miedos, complejos y demonios que todos tenemos ante la vida, afrontar los problemas y saber comunicarnos, creo firmemente que dos cañas arreglaría más el mundo que todos los Consejos de Ministros y reuniones del G20. Llamenme loca.

Además no me vengan ahora con remilgos que aún recuerdo las estanterías VACíAS de cervezas y vino hace justo un año. ¡Sorpresa! descubrimos que no éramos bebedores sociales, y que anestesiarnos encerrados en casa era lo único que nos quedaba para poder soportar todo lo que estábamos viviendo. Un año después no sé si beber más o lo mismo al escuchar las burradas de consejeras de Educación y presidentes autonómicos decir que es normal que la población tenga miedo y que no se va a vacunar. No me digan que no es para coger y empinarse lo primero que pillen en el armario de la cocina. Cómo pueden ser tan analfabetos, como pueden ser tan irresponsables al lanzar discursos antivacunas y encima decir que no vienen de Atapuerca. Tienen lo justo para pasar el día y un gorro de papel de plata en la mesilla, ¿de verdad que aún no nos damos cuenta del discurso friki a golpe de titulares?

Aunque, un momento, ahora que lo pienso, igual esta gente está empleando el método de la película y se han pasado con los chupitos. En fin.

Por si lo de las vacunas no es suficientemente escándaloso, se mean en el cambio climático y el calentamiento global. Provocan con su lenguaje naftalinesco o sacan al matón que llevan dentro y se lían a hostias en un barrio obrero, pero luego si digo que la provocación y la presión mediática los ensalza y victimiza, y todos estamos participando, estoy justificando la violencia. ¿Cómo no voy a estar mejor en mi barrio con dos copas de vino de más ante todo este esperpento?

Pero si creíamos que el cupo de bochorno de la semana lo habíamos cubierto, son tan generosos que aún nos tenían reservado un bonus track. Nuestras acciones nos definen, y no pasarás a la historia como el mejor presidente de la Asamblea. No hay nada más que añadir al respecto.

Menos mal que me llama mi madre para contarme que la vacuna ‘Astrifénica’ tiene al mundo ‘revolucionao’, pero que ella está bien porque está vacunada y que a ver cuándo me vacunan a mí para poder ir al fin del mundo, juntas. A veces pienso que vivir en un mundo irreal es mucho más amable que soportar nuestro día a día. Yo, por el momento, prefiero abrirme un vino, sumergirme en alguna plataforma digital, tomar el sol en el tejado y visitar algún museo. Ustedes verán lo que hacen. Al menos, hoy brindemos; mañana, ya se verá.