"Un hombre bueno es difícil de encontrar". Es el título de un relato trágico de Flannery O’Connor. Un título que encierra una verdad misteriosa en su extraña sencillez. Desde que lo leí se me quedó pegado al pensamiento sin haber podido averiguar el motivo y vuelve a mí en momentos de zozobra y desolación como el que vivimos ahora con una realidad tan confusa.

Abre un relato que parece pesimista y desesperanzado, bastante truculento en su trama. Sin embargo, hay en él tres instantes que te sorprenden con una luz radiante en medio de la negrura. Tres gestos extraños que te dejan paralizado y a la vez movido del sitio. Suenan incomprensibles y la primera reacción es la incredulidad por su aparente incongruencia.

El primero ocurrre cuando la anciana protagonista presencia el asesinato de su hijo a manos de un hombre célebre por su crueldad y maldad. La mujer, en lugar de derrumbarse y odiarlo, le tiende la mano. Un perdón instantáneo e irracional que provoca la segunda escena desconcertante: el asesino saca un pañuelo del bolsillo y se limpia las gafas. ¿Por qué? ¿Acaso llora? ¿Está conmovido? Acto seguido, y con idéntica frialdad, mata a la mujer. Entonces surge la tercera sorpresa, el gesto definitivo, ahora descrito por el narrador: la anciana muere «con la cara sonriéndole al cielo sin nubes». Ella alcanza una suprema bondad atravesada por un poder misterioso capaz de trastornar el mal con una luz que mitiga esta historia de muerte sin sentido.

Hasta ese momento todo se antoja banal, gratuito, fruto del más puro y ciego azar. Pero un acto de misericordia, más allá de toda comprensión racional, consigue enlazar todas las cosas. Es una revelación tan sublime, que trascendiendo al hombre y a la mujer ahogados en el absurdo, uniendo el mal y el bien, desciende de un cielo donde no se ven nubes de forma misteriosa para dar sentido a un encuentro fortuito y absurdo. Desde esa desnudez del cielo, tan presente en los relatos de O’Connor, algo que no se ve interviene en el mundo, toca a la gente, se aparece en los momentos decisivos. Estamos solos, pero contamos con la ayuda de un cielo invisible que, aunque parece lejano como si hablara un idioma extranjero, nunca nos abandona. Podemos taparlo y resignarnos a vivir en el desarraigo más absoluto, en la desesperanza, pero no podremos evitar lo inesperado. Podemos taparlo y pretender que ya lo sabemos todo o que no sabemos nada, pero si levantamos la vista el cielo sin nubes nos dirá que, como en los buenos cuentos, pasan más cosas de las que somos capaces de entender. No las vemos, pero actúan en nosotros, sobre todo en los peores tiempos, cuando un hombre bueno es difícil de encontrar.