Hoy es uno de esos días en los que me apetece dejar el pudor y como en alguna otra ocasión, me pongo en pelotas delante de todos ustedes como si estuviera en mitad de un Wanda Metropolitano lleno de gente: Hola, me llamo Belén y voy al psicólogo.

No sé si alguna vez han sentido un dolor en el pecho que les bloquea, la vista se nubla y les falta el aire. Si se han sentido así es que han tenido lo más parecido a un ataque de ansiedad. O quizás durante semanas o meses no han querido levantarse de la cama, se han ido alejando de su entorno, el mundo les ha superado porque todo duele demasiado, o han pensado que lo mejor es dormir para siempre, porque por más que lo intentan cuesta demasiado seguir.

Llevo tatuado en mi brazo derecho un cerebro. ¿Saben por qué? Porque la vida me ha enseñado la importancia de nuestra salud mental, esa que para un analfabeto en el Congreso de los Diputados es motivo de chiste, este es el nivel.

Pensamientos suicidas, autolesiones, abuso de alcohol, adicción a juegos de azar, abuso doméstico e infantil, estrés económico, el duelo, la pérdida, la pérdida del empleo o una ruptura son algunos de los dramas que muchos han vivido durante la pandemia.

Por desgracia en nuestro país como en otros muchos, no todos han tenido un confinamiento idílico en una casa con muchas habitaciones y jardín, haciendo pan, tablas de fitness y viendo series de plataformas digitales. Hay dramas terroríficos detrás de esta terrible pesadilla; el teletrabajo, el distanciamiento social y físico han interrumpido muchas oportunidades sociales importantes para nuestra salud mental y física y aunque a muchos les parezca una chorrada, es urgente desarrollar programas de prevención e intervención en salud mental basadas en la evidencia: estamos sufriendo y nos está pasando factura la pandemia.

Recuerdo los primeros meses de confinamiento y la cantidad de noticias negativas que había que digerir al día, el número de fallecidos, el silencio aterrador de Madrid, cómo se me hacía un mundo ir a comprar, cómo sentía el miedo por la muerte de mis seres queridos, la angustia, el estrés o la ansiedad se convirtieron en mis compañeros de piso. El aislamiento social y los pensamientos negativos me aislaron del mundo, no quería videollamadas, ni risas; estaba paralizada mirando desde el tejado como el tiempo se había parado, esperando cada día la llamada de mi familia confirmando que mis padres estaban bien. Así uno y otro día, cargando con la culpa a cuestas por estar lejos, por no poder atenderlos, a pesar de sentir que estaba donde quería, por fin había elegido qué vida quería llevar, acababa de empezar mi aventura en el mismo sitio donde la dejé hace diez años, sin calcular una pandemia. Sólo conseguía calmarme la consulta por skype que tenía con mi psicólogo.

A lo largo de mi vida lo he intentado en varias ocasiones. Abrirme en canal y desnudarme ante un profesional para intentar aclarar algunos aspectos de mi vida, como dice otro de mis tatuajes, para «Soltar». Pero hay que querer de verdad, no engañarse a uno mismo y estar preparado para iniciar el proceso, no siempre es el momento y cuando sucede, realmente es la leche. Pero esta suerte que yo he tenido no todo el mundo puede tenerla, por falta de recursos. Yo misma en momentos he tenido que parar mi proceso porque la vida ha apretado demasiado y no hay dinero para todo.

Antes de la pandemia, según la OMS, los países destinaban menos de un 2% del presupuesto a salud mental, ahora la demanda ha aumentado más de un 93%, la sociedad está agotada emocionalmente; la tristeza, la depresión, nos invade y qué quieren que les diga, si lo analizamos de manera fría, una sociedad tan tocada, no produce y cuando acaben los Ertes todo serán bajas e imagino que las empresas no querrán eso, ¿verdad?

Si nos centramos en curar una sociedad que necesita más que nunca que la escuchen, y dotamos de recursos nuestra salud mental dándole la importancia que merece, sabremos canalizar el estrés post traumático que nos va a quedar y estaremos preparados para salir adelante, generar productividad y estar motivados para recuperarnos poco a poco de este terrible palo. Pero no, lejos de tomar en serio esta crisis global de nuestra historia reciente, nuestra clase política se cachondea de nosotros con mociones de censura, tránsfugas e impuestos revolucionarios que pasan por entregarle consejerías de Educación y Cultura a la extrema derecha, esa que quiere llegar al poder para derogar entre otras, la recién aprobada Ley de la Eutanasia. Ustedes sigan viviendo de espaldas a la sociedad, solo espero que alguna vez seamos capaces de responder en las urnas como merecen, aunque quizás, para que el plan sea perfecto me faltan políticos de altura y no el cutrerío que nos rodea.

Vivimos una fatiga emocional que nos está dejando sin batería. Hemos aumentado el consumo de psicofármacos, sedantes e hipnóticos en un 20%. Dos millones de españoles se dopan para poder vivir; pocos me parecen para el despropósito general. Somos el segundo país del mundo en consumo de tranquilizantes a pesar de su falta de eficacia como demuestra la evidencia científica, aunque si me lo permiten, una cosa les digo, no serán eficaces, pero anestesian.

¿Por qué los problemas importantes, los consideramos tabú? ¿Porqué la salud mental no es considerada por la salud pública? Tenemos un gran reto por delante y es equiparar la salud física a la mental. Es importante el debate de políticas públicas sobre salud mental, diría que más que importante es urgente, ya que doscientas personas intentan cada día suicidarse y diez de ellas lo consiguen. Esto no es para cachondearse, señoría, ojalá las doscientas que cada día no soportan seguir adelante con su vida pudieran, gracias a la sanidad pública, ir al psicólogo para intentar aliviar el dolor y el peso que soportan sobre sus hombros y el sufrimiento que los lleva a querer desaparecer. Gracias, Errejón, por visibilizar la que sin duda será la cuarta ola, la que tiene que ver con nuestro ánimo y profunda tristeza.

El CIS de Tezanos lo dice en su análisis del estado anímico del país: el miedo, la muerte o la crisis han disparado la ansiedad y la depresión entre la población así como quienes ya sufrían algún problema de salud mental, ante lo vivido se ha agravado. El insomnio, las ganas de llorar o la fatiga han sido una constante en nuestro día a día. Y si nosotros hemos cambiado, no nos olvidemos de los niños y adolescentes. Cómo no les va a cambiar dejar de ir al colegio, relacionarse con sus compañeros fuera y dentro del ámbito escolar. Pongamos remedio porque las generaciones futuras van a tener una tremenda herida muy profunda que tardará en curar.

Yo seguiré yendo a terapia para cuidarme, y avanzar. Señoría, su comentario estuvo fuera de lugar, le honra haber pedido perdón, aunque no pasará a la historia por su brillantez como parlamentario en la Cámara Baja.

Desde aquí le digo a usted y a los de su partido que quizás los que tendrían que ir al médico son ustedes señores del pp, por pactar con la ultraderecha y poner en sus manos la educación y la cultura de la Región de Murcia, usando este experimento aterrador y a Murcia como laboratorio político, con tal de no perder el poder después de 26 años.

Ustedes sí que tienen hacérselo mirar. Los ansiolíticos ya me los tomo yo, que poco nos estamos drogando para la que está cayendo.