Estupor, pasmo, sorpresa, estupefacción. Faltan calificativos en la RAE para describir el ambiente que se vive en la Glorieta, sede del Gobierno local de Murcia, por parte de la bancada popular. El alcalde de Murcia, José Ballesta, que está a medio de su segundo mandato, no podía ni siquiera imaginar cuando ayer por la tarde se paseba por la plaza de Belluga y era saludados por distintos vecinos que hoy viviría uno de los días más amargos de su carrera política.

Ayer mismo sacrificaba a uno de sus peones, el dimitido concejal de Salud, Felipe Coello, para llegar a un entendimientos con los de Cs para renovar el pacto de gobernabilidad.

Coello no solo era edil independiente de los populares. También es amigo del alcalde desde hace muchos años y se les ha podido ver compartiendo juntos momentos de ocio. Por tanto, la herida que dejaba el tener que entregar a su amigo era profunda. Sin embargo, ese lance hoy ya no tiene mayor importancia porque todos los concejales populares, con Ballesta a la cabeza, pueden pasar a la oposición.

Los populares iban en los próximos días a reunirse con CS y exigir la cabeza de Mario Gómez, el líder local de los naranja y concejal Fomento por las desavenencias que ha habido desde el principio de mandato, por las denuncias de la Udef y por la denuncia que el PP dice haber puesto en los tribunales acusando a Gómez de revelación de secretos.

Ese era el escenario que se abría ante el alcalde y los populares. El terremoto político desencadenado por el pacto a nivel regional, que ha llevado a PSOE y CS a presentar moción de censura, ha destruido el edificio que pretendían construir los populares, que pueden perder el Gobierno regional y la alcaldía de Murcia tras 26 años.