En la Corte Suprema de París, el 27 de enero de 1857, todo el mundo iba vestido de punta en blanco. Llevaban días aguardando ese momento. Las orillas del Sena se habían convertido en un lugar de reunión para curiosos, amantes de los pleitos, enfermos de la vida política, seguidores del emperador, Napoleón III, y chismosos ciudadanos que a falta de oficio, rodeaban la puerta de hierro desde donde debía acceder la acusada. Llegaría en un coche de caballos hasta el número 10 del boulevard de Palais, descendería de la calesa y, enfrascada en un tomo de reciente impresión, ocuparía el lugar destacado en los bancos de la sala. Allí todo estaría dispuesto para que comenzase el juicio. ¿Su nombre? Madame Bovary. ¿Su delito? El adulterio y el suicidio. Una doble pena que no resistía a la anquilosada moral de la época. Querían desenterrar el cadáver de la joven Emma Bovary para así saldar la deuda de honor, no de su marido, el médico Charles Bovary, sino la de toda una nación ultrajada. 

El proceso que sentó en el banquillo a Gustav Flaubert por la escritura de una de las obras cumbres de la literatura universal resulta, a los ojos de los lectores presentes, una farsa de vodevil. Pero deberán confiar a pies juntillas en esta crónica de los hechos. Todo fue tan real como ridículo. Hubo un tiempo en el que las obras literarias llegaban hasta los juzgados, y no por motivos de plagios, sino por la autonomía de los personajes. La Corte Suprema Imperial no pudo juzgar a Madame Bovary, no por falta de voluntad, sino por la incapacidad de encontrar su encarnación en el cuerpo de una mujer. Se tuvieron que conformar con el apenas conocido entonces Gustav Flaubert, escritor ocasional y culpable en última instancia de las decisiones de Emma Bovary, por la que preguntaron en numerosas ocasiones sin éxito. El interrogatorio al autor no tienen desperdicio. Ante las preguntas sobre la mujer en la que se había inspirado para retratar a la muchacha, no creyeron la respuesta: en ninguna, dijo, sino en un tal Alonso Quijano que se volvió loco de tanto leer novelas de caballerías.

En efecto, Emma Bovary representa todo lo que significaba ser una mujer casada de clase burguesa en la Francia del siglo XIX: algo similar a la irrelevancia. Abrumada por las horas libres en las que su marido recorría los pueblos de Normandía, pasaba del tedio a la sublevación a través de la lectura. Si el hidalgo cervantino escogió libros de héroes a caballo y princesas encerradas en torreones, Emma Bovary elegiría novelas románticas donde se conjuga la cursilería y la tragedia. Ella soñaba con ser rescatada también un día por un donjuán que la estrechara entre los brazos y la llevase bajo los árboles a conocer las mieles de la juventud, antes de que se perdiesen. Y del libro a la vida, porque es el siguiente paso en la cadena trófica. Primero fue Rodolphe Boulanger, con quien planea fugarse hasta que él la deja plantada; y después Léon Dupuis, con quien finge ir a clases de piano mientras prueba el ars amandi de la burguesía francesa postrevolucionaria. Mismo final en ambos casos: la mujer vejada y engañada, rota de ilusiones y sin más recorrido que un vaso de agua mezclado con arsénico en polvo. Un final incluso más cruel que el de Alonso Quijano.

Por estos pequeños detalles juzgaron a Flaubert durante aquellos ocho días de 1857. Y todo por el empeño de Ernest Pinard, el fiscal de la Corte Suprema, que culpó a la novela de ‘licenciosa’, de inducir a las buenas gentes a tener pensamientos impuros, de incitar al adulterio y de ser altamente ‘lasciva’. Bajo el Imperio de Napoleón III el matrimonio era un hecho sagrado, no solamente ante Dios, sino ante las costumbres del buen francés. Y según Pinard, la culpa del tono de la novela y de los pensamientos de los personajes la tenía el ‘estilo indirecto libre’, esa forma de narrar en donde los deseos de Flaubert impregnaban las acciones de los personajes. ¿Quién estaba siendo el adúltero, la pobre Emma Bovary o las ansias del escritor, que le da a sus personajes un gusto que él mismo no puede concederse?

La clave del juicio se centró en ese llamado ‘estilo indirecto libre’, una innovación literaria en donde a la voz del narrador se le insertan pensamientos de los personajes. Flaubert había sido tan magistral en la construcción de ciertas escenas que Pinard culpó al escritor de incitar a sus personajes a pecar. El discurso del fiscal duró hora y media. Se citaron pasajes enteros de la novela, que había sido publicada años antes mutilada por la censura. Pero la defensa del abogado de Flaubert, Maïtre Sénard, fue considerada como una clase magistral de literatura, con una extensión de cuatro horas y media. Sénard alegó que Madame Bovary ya penó por sus pecados y licenciosas obras con su muerte. El abogado defensor se escudó en el suicidio de la chica para salvar a su cliente, pero Flaubert no quedó muy contento: su inocencia pasaba por el vilipendio de su heroína, que había quedado retratada como una simple puta de cabaret y no como lo que fue, una mujer valiente que eligió su propio destino frente a una sociedad machista y asfixiante. Flaubert fue absuelto el 7 de febrero y la novela pudo publicarse, finalmente, sin censura.

Han pasado más de 160 años del juicio que tuvo en vilo a Francia y aún nos hacemos la misma pregunta. ¿Fue Madame Bovary una simple adúltera o sus aventuras amorosas beben del trasfondo existencial de elegir su propia vida? El juicio a Flaubert supuso un escándalo, pero también lo fue que una mujer joven, de familia acomodada y con todo en la vida recurriera al suicidio ante la imposibilidad de encontrar su lugar en el mundo. Fue una sociedad ruin la que puso el arsénico en la copa de Emma, demasiado libre para cumplir los mandatos de la mujer perfecta. Ese ‘hilo y aguja para las hembras’ que diría Bernarda Alba y al que renunció Madame Bovary, aunque fuese a través de la muerte. Su suicidio llegó hasta la Corte Suprema y aún hoy el lector que avanza en las páginas de su novela anhela otro final posible para ella. Seguro que Pinard disfrutó con el efecto del veneno. Flaubert, en cambio, le estaba dando a la mujer francesa un motivo más para ser libre.