En Francia, oficialmente, ya van poniéndose en contra del lenguaje inclusivo de máximos. Hacen bien. El doble plural cansa, molesta y sigue sonando a impostura. Yo no lo uso, pero procuro no tener que usarlo, que ya es una forma, invisible, de hacer lenguaje inclusivo. La mejor. Es un obstáculo más que salvar para escribir bien. Escribir sin obstáculos gramaticales, eufónicos, morales, psicológicos o sociales es, con toda seguridad, escribir mal. Escribimos bien, porque toda escritura es una carrera de obstáculos, que da músculo al verso y a la prosa. O más bien, un maratón a campo y montaña abiertos.

En ese sentido, escribir inclusivo sin los atajos, malos atajos, del doble género, es un reto, uno más, para lograr escribir bien. Yo digo el alumnado, en lugar de los alumnos y las alumnas, que es pedante, retorcido y cursi. Y si veo que no puedo evitar el micromachismo de lenguaje de preponderancia viril, tomo otra frase que diga lo mismo, y no necesite espectacularidad alguna para hacer ver a todos que yo soy inclusivista. El lenguaje inclusivo debe ser como la cebolla en la tortilla española (algunos dicen de patatas); está, pero no se debe ver. Y poca, además. Hay tortillas secas como trozo de madera, por no llevar cebolla. Y tortillas que parecen más de cebolla que de patata. Una tortilla bien cuajada, no precisa cebolla, me dice una experta. A lo mejor, el lenguaje inclusivo de excelencia es eso: no necesitar la inclusividad.

Bueno, pues dejemos la teoría y vayamos a la práctica. Recientemente, ha vuelto la polémica sobre si se debe decir presidente o presidenta a una mujer que ejerce esa responsabilidad. La Real Academia de la Lengua admite presidenta por el uso, continuado, del término en femenino, desde el siglo XV. Los demás adjetivos participiales del mismo origen no tienen femenino: ¡ojo, ni masculino!; se usa el mismo término para ambos géneros (¡que no sexos!). Al decir a una mujer (que lo es) ‘presidente’, no le estamos cambiando el género ni insultándola.

Con todo, yo designaré en este caso a la interesada como ella quiere ser aludida: presidenta, pues presidenta. Si no dice nada, me dirigiré a ella como ‘señora presidente’; si me corrige, cambio el tratamiento. A cada cual, lo suyo. Ahora bien, nunca le diré que es muy inteligenta (si fuere el caso); porque entonces, sí lo tomaría a guasa improcedente (no improcedenta).

¿Estamos en lo que es? Pues eso, tiento y educación. Buen lenguaje siempre, que es el vencedor, ya se dijo, de una carrera de obstáculos, no un paseo por un jardín florido y llano.