Más del 50% del público se informa de la actualidad a través de las redes sociales en un país desarrollado como Australia, una proporción que sin duda será mayor en países subdesarrollados, con menor acceso a la prensa seria. Y acceden a la información de la prensa de verdad de forma indirecta, porque leen las noticias compartidas en Facebook por su círculo de amigos.

La pereza también induce a buscar la actualidad directamente en el apartado de noticias de Google, opción que desapareció de España en 2003 tras el intento del Gobierno de entonces de hacer pagar a Google por las noticias de terceros medios que servía mediante su herramienta de búsqueda. Y algo de razón tendría nuestro Gobierno cuando todos los Gobiernos del mundo, y en concreto el de Australia mediante una reciente norma legal, se plantean exactamente lo mismo. Ante la amenaza de Google de repetir la hazaña en España, un diputado australiano lanzó la siguiente pregunta: ¿se van a ir entonces de todos los países?

Obviamente no. Y de hecho, Google ha llegado a un acuerdo con el magnate de la prensa y gran impulsor de la carrera de Trump, Rupert Murdoch, para afrontar un proyecto conjunto basado en una plataforma de noticias de pago. La compañía de Mountain View, que teóricamente inspira sus actuaciones en su lema «No hagas el mal», no estará haciendo el mal estrictamente, pero se aprovecha cada día que sale el sol del trabajo periodístico ajeno para engordar sus beneficios, que el año pasado, en plena pandemia global, superaron los 150.000 millones de dólares.

La pregunta del diputado australiano es la clave que explica la necesidad imperiosa que tiene Google de llegar a algún tipo de acuerdo con la prensa de cada país para poder continuar sirviendo noticias a sus usuarios y engordando sus arcas como hasta ahora, igual levemente adelgazadas (nada serio, seguro) por el royaltie para la prensa a cuyas noticias enlaza en sus resultados.

Al margen del caso australiano, Google ya cerró un acuerdo con la Asociación de Editores de Francia, que probablemente se convertirá en el modelo de futuros arreglos de mutua conveniencia.

Lo mismo está sucediendo con Facebook en Australia, debido a la aprobación de la normativa de marras. La red de Zuckerberg, reflejo de su soberbia hipertrofiada, decidió hace unos días tirar por la calle de en medio y eliminar toda publicación enlazada en su plataforma a noticias de cualquier fuente, incluso de fuentes públicas relacionadas con la emergencia sanitaria que vive ese país como tantos otros. El hecho de que haya rectificado inmediatamente, no resta un ápice de gravedad al asunto y ha provocado que se resientan los cimientos sociales y políticos del país austral, movilizando a ciudadanos, prensa y Gobierno por igual.

Y no será la última movilización. Aún más delicado es el tema del impuesto a las plataformas digitales, de los que nuestro país vuelve a ser pionero. Estos impuestos, que cabreaban al nacionalista Trump porque lo veía como un ataque directo a las empresas norteamericanas, se van a generalizar sin duda en los años venideros, así como la compensación a los medios de comunicación de cada país en los que operan estas compañías y que son una fuente importante de los contenidos que muestran en sus plataformas.

La raíz de todo el asunto es que estas empresas han conseguido crear un modelo de negocio en el que los contenidos reales están producidos por los propios usuarios o por los mismos productores de información de siempre, pero en este caso parasitados por ellos. Los contenidos proporcionados por los usuarios aburren a las ovejas. Son poco más que cotilleos de un círculo de amistades reducido. Por eso la gente prefiere cada vez más compartir sus mensajes personales (sean serios o puras chorradas, que son la mayoría) por mensajería instantánea. Y no por otra cosa los de Facebook invirtieron lo que parecía una fortuna entonces para comprar la emergente Whatsapp y siguen apostando para potenciar su propio Facebook Messenger.

Yo, que encuentro la inspiración suficiente cada semana para escribir este artículo y también para mantener actualizado mi blog de contenidos profesionales (inmotools.blog, por si a alguien le interesa) no encuentro la más leve brizna de aliento en mi interior para publicar regularmente contenidos originales en mi perfil de Facebook, Twitter o Instagram. Me repele profundamente la nadería insustancial de algún conocido que publica pensamientos supuestamente profundos, así como el narcisismo más propio de un anuncio de Tampax de los que presumen constantemente de subir montañas, navegar a vela y hacer triatlón, día sí y otro también.

Y no te digo cuando, por un fallo clamoroso del algoritmo de Facebook o Twitter, me llegan publicaciones de los conspiranoicos, terraplanistas y trolls de derecha o izquierda que tanto abundan por esos lares. Normalmente me tengo que conformar con la sosería impenitente de una red como Linkedin, que al menos está repleta de gente más o menos competente en su campo profesional. He hecho incluso un intento con Tiktok y, aunque me he reído con algunas ocurrencias de sus humoristas, y aprendido algunos trucos para el iphone, me he retirado finalmente de ella porque no quiero correr el riesgo de que alguien me descubra en el ámbito familiar babeando con las contorsiones rítmicas de alguna jovencita de bien que tanto se prodigan en esa plataforma.

Mi actividad en las redes sociales se limita normalmente a compartir mis propias publicaciones y alguna noticia publicada en algún medio que refuerza mis opiniones de la vida, el universo y todo lo demás. Y me pregunto cada vez por qué sigo publicando y comentando dichas noticias, que carecen evidentemente de interés para ni siquiera una minoría exigua de los casi 5.000 amigos que tengo en Facebook. Unos amigos que me recuerdan a un viejo dicho reinterpretado para estos tiempos: mis amigos son los de siempre, y a ti te encontré en el Facebook.