Todo está relacionado, todos estamos conectados y todo empieza a irse al traste cuando nos empeñamos en desconectarnos. Me ha dicho un amigo que deje de evadirme escribiendo de lo lejano y que me centre un poco más en nuestro alrededor, que no hace falta irse a la América de Trump ni a Star Trek. Es cierto que aquí también hay mucha tela que cortar pero, en mi defensa siempre digo que no hay nada más universal que lo local, que estamos interconectados, que el aleteo de una mariposa en Japón puede provocar un huracán al otro lado del mundo y que la vida imita, en ocasiones, al arte. En todo caso, siempre me pusieron muy buena nota en las redacciones por mi capacidad o tal vez obsesión por relacionar.

Cada día que pasa vemos más claro que la tostada siempre se nos cae con la mermelada hacia el suelo. Si algo puede salir mal pues sale, seguro, como demuestra la Ley de Murphy. Siempre todo puede salir peor y aquí tenemos a este año 2021 que veremos si no va a hacer que echemos de menos al 2020. Mira que yo siempre intento ser de los que ven el vaso medio lleno y, hasta el último segundo, me afano concentrado en desactivar la bomba para que no explote, pero la cosa se está poniendo para perder los nervios.

Esta semana Vladimir Putin ha dicho, en palabras rusas, que la cosa está muy mala y que se parece a la situación que vivió el mundo en los años 30, justo antes de la Segunda Guerra Mundial. Claro, que no pasaría nada si eso lo dice un pobrecito hablador como yo, cualquier tertuliano famoso o, incluso, cualquier youtubero ricachón, pero dicho por el Amo Putin, la cosa te hace pensar. Y si de algo estamos faltos en esta dura época que nos ha tocado vivir es de pensar: antes de actuar e, incluso, antes de hablar. Con el pensamiento podemos encontrar palabras acertadas y convincentes, ideas para lograr la salida del laberinto y hasta podemos descubrir el silencio, que es ese maravilloso lugar donde hasta crece la música, como demostró Beethoven.

El cine, como todo el mundo de la cultura, el arte y los espectáculos, está agonizando en estos días. Tal vez vivamos un fin del mundo como el que durante tantos años hemos visto en las películas distópicas tras un colapso nuclear, un agotamiento del agua o del combustible o, cómo no, una pandemia mundial. Nos queda la televisión y canales como Netflix, por eso, en este año de confinamiento, lo que más se está viendo por el público son esas series futuristas y apocalipticas. Como muchos, yo he visto en estos meses una maravillosa y, a la vez, terrorífica cinta española: "El hoyo" de Galder Gaztelu Urrutia, una tremenda fábula de ciencia ficción y suspense en la que vemos una especie de prisión por niveles, donde los de arriba comen como reyes y conforme se desciende la cosa empeora angustiosamente y los unos se enfrentan a los otros por vivir un día más.

Hay cientos de ejemplos de este tipo de obras cinematográficas que nos presentan un futuro en el que no solo no hay progreso, sino que todo ha ido a peor, un mundo sin ley ni derechos humanos, donde lo único que impera es la mal llamada ley de la selva, que es la de que cada uno va a lo suyo, sin importarle la vida o la muerte de nadie.

Las novelas de Julio Verne nos adelantaron un futuro de descubrimientos y viajes: alrededor del mundo, bajo el mar o a la luna, como la película de Georges Méliès. De alguna u otra manera, se ha ido cumpliendo lo narrado por aquellos artistas de otras épocas marcadas por el optimismo y la confianza en un futuro guiado por los avances de la ciencia. Lo inquietante es que hoy hasta los poderosos desconfían o ningunean a la ciencia y, en lo tocante a la ficción, los mundos futuribles se nos aparecen mucho peores que el actual. Virgencica que me quede como estoy decía el que iba cuesta abajo y sin frenos en la misma silla de ruedas que antes había maldecido. Todo puede ir a peor.

Y no es sólo por la pandemia, a la que no le vemos fin, no es solo por los desastres naturales, el temporal o los terremotos en Granada es, sobre todo, por nuestros congéneres. En los tiempos de la distopía es cuando sale lo mejor de unos y lo peor de otros. Cuando se acerca el apocalipsis, en el cine y en la vida, es cuando descubrimos a los héroes, esos que mantienen la calma, ayudan a los demás y entregan su tiempo, su imaginación, su sabiduría y sus habilidades a la la más hermosa de todas las tareas: salvar la vida de los demás y el futuro de la civilización.

Pero en los momentos difíciles, cuando todo está pendiente de un hilo, cuando el desastre parece que va a aplastarlo todo, es también cuando descubrimos todo lo peor, lo más rastrero y lo más inhumano: El egoísmo y la insolidaridad. Cuando la barca se hunde es cuando constatamos quién vale para mantener la moral alta, dividir el trabajo de achicar agua e insuflar ganas de vivir a los náufragos. Pero cuando todo se va a pique es también cuando quedan en evidencia quienes son capaces de tirar por la borda a cualquier compañero para no tener que compartir los últimos sorbos de agua potable y cuando vemos que el capitán verdadero es quien se queda siempre para el último.

Vivimos en tiempos duros y no sabemos cuándo, ni cómo, ni cuántos saldremos de ésta, pero lo que tenemos claro es quiénes son los que lo están dando todo por ayudar y quienes van a lo suyo, porque ellos lo valen, porque ellos lo pueden o porque ellos se lo pueden permitir.

En las historias apocalípticas lo primero que se extiende como un virus es la insolidaridad, la violencia del más fuerte, el aplastamiento de las minorías y los malvados que boicotean todas las soluciones.

En Canadá, una pareja de millonarios se han trasladado en un avión privado a un pueblo lejano, se han hecho pasar por pobres trabajadores esenciales y así han conseguido la vacuna contra la Covid-19. Los han pillado y multado, pero es sólo un ejemplo de que ahora los pícaros son los ricos y poderosos. Pura distopía. Y a nuestro alrededor, también.