30 de diciembre de 2020
30.12.2020
La Opinión de Murcia
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La Corona y el Ejército

29.12.2020 | 21:41
La Corona y el Ejército

Cuando estas líneas vean la luz, habremos rememorado el 146 aniversario de la Restauración monárquica en España, en la persona de Alfonso XII, tras el pronunciamiento militar del general Arsenio Martínez Campos en Sagunto (Valencia), el 29 de diciembre de 1874.

Recordemos que el 1 de diciembre de 1874, mientras completaba su formación en la Academia Militar de Sandhurst (Inglaterra), el entonces príncipe Alfonso de Borbón, hijo de la reina exiliada Isabel II, se había adherido al manifiesto de Antonio Cánovas del Castillo, jefe del partido alfonsino. El futuro rey mostraba su disposición a ceñir la Corona de España como monarca constitucional. A partir de ese momento, aun con la oposición de Cánovas, que pretendía alejar de la vida pública al estamento militar, éste cobró protagonismo, según nos recuerdan historiadores de la talla de Tuñón de Lara y Paul Preston.

En efecto. El 28 de diciembre de 1874, salió de Segorbe el general Luis Dabán, llevando dos batallones de infantería, varios escuadrones y varias piezas de artillería. Se reunió en Sagunto con el general Martínez Campos, venido en secreto de Madrid, y, a la mañana siguiente, a la sombra de un algarrobo, Martínez Campos se dirigía a la tropa para proclamar rey de España a Alfonso XII. En Valencia, el general Jovellar, jefe del Ejército del centro, se unía a los militares sublevados. En opinión de Tuñón de Lara, «en realidad, el Ejército no se movía porque no quería moverse».

Al atardecer del día 30 se produjo la conocida conversación telegráfica entre Serrano, el presidente nominal del régimen autoritario republicano vigente tras la irrupción del general Pavía en el Congreso a primeros de enero de 1874, y Sagasta, jefe del Gobierno. A las nueve de la noche de ese día, el capitán general Primo de Rivera, al frente de una delegación de jefes y oficiales, comunicó a Sagasta que la guarnición de Madrid se asociaba al movimiento del Ejército del Centro y que iba a ser constituido un nuevo Gobierno.

De nuevo el Ejército se convertía en la principal fuerza activa de la política española, y, en opinión de Tuñón, «como brazo defensor, salvo excepciones, de las clases conservadoras». A partir de ese momento, Alfonso XII era virtualmente rey de España. Cánovas asumió la dirección de un ministerio-regencia a la espera del regreso del rey a España, que se produjo a primeros de enero de 1875.

Hoy, 146 años después, la sociedad española ha asistido, atónita, a los mensajes cruzados en una red social entre un grupo de militares retirados de la XIX promoción de la Academia General del Aire en los que éstos, nostálgicos del franquismo, se atrevían a dirigir una misiva al rey y, lo que es peor, propugnaban el fusilamiento de nada menos que 26 millones de compatriotas. Una vez más, una facción del Ejército (no sabemos el alcance real que en las filas de las Fuerzas Armadas tienen tales mensajes) se ha erigido, no sólo como garante de la ´unidad de España' y de oposición a todo cuanto huela a izquierdismo, sino que, con su apelación directa al monarca, esos militares quieren presentarse como los aliados ´naturales' de la Corona.

Por eso, no menos estupefacción ha producido en la noche del pasado día 24, entre las sensibilidades de izquierda y no precisamente sólo prorrepublicanas, el silencio del monarca, que no mencionó a esos militares golpistas ni a los 26 millones de españoles amenazados por ellos; silencio que no ha hecho sino aumentar las sospechas de que Felipe VI, que tras las acciones más delictivas que inmorales de su padre trata de aparecer como el rostro de la renovación de la institución monárquica, no sólo no esconde su apego a la derecha y a la defensa de las clases privilegiadas del país, sino que muestra una indisimulada comprensión de los ´deslices' de la milicia.

Rastreando nuestro pasado más próximo, hay una línea de continuidad histórica en la que el Ejército aparece, no sólo como garantía de la defensa de los privilegios de las clases dominantes, sino, en muchos momentos, como fuerza autónoma en la vida política (los múltiples pronunciamientos militares del siglo XIX son un ejemplo) y, en no pocas ocasiones, como sostén fundamental de la monarquía borbónica. Entre el Ejército y la Corona de España, pese a evidentes desavenencias en momentos puntuales, han existido vasos comunicantes en muchos momentos de nuestra Historia. Citemos, de manera casi telegráfica, sólo unos ejemplos.

Antonio Cánovas del Castillo, al que ya vimos arriba como el creador del régimen político de la Restauración, se propuso alejar de la vida política a los militares pero no sólo no lo consiguió sino que tal vez sin pretenderlo favoreció la conversión del Ejército en un poder autónomo del Estado, además de incrementar el corporativismo en su seno al dejar en manos de los generales la definición de la política militar, junto al ´rey soldado' (Alfonso XII).

Tras el desastre de 1898, el estamento militar experimentó, sin embargo, una clara desafección, no sólo hacia la Corona, sino hacia los políticos del ´turnismo' (conservadores y liberales), a los que se les responsabilizaba del desastre colonial. Ese malestar dentro del Ejército se manifestó, casi veinte años después, en el nacimiento de las Juntas de Defensa, que, surgidas en momentos en que con la Primera Guerra Mundial se acrecentaron los conflictos sociales, con la exacerbación de la lucha de clases sobre todo en Cataluña, expresaban el malestar de la milicia por la política de ascensos, los bajos sueldos y los vaivenes de las operaciones militares en África, con sonados fracasos como los del Barranco del Lobo (1909). A partir de ese momento, se produce, en el seno del Ejército, un choque evidente entre los llamados ´africanistas' y ´juntistas', con un claro alineamiento del monarca Alfonso XIII con los primeros. Su sintonía con ellos es tan clara como su responsabilidad en el Desastre de Annual (1921), con la colaboración del general Silvestre. El Informe Picasso, que pretendía depurar esas responsabilidades, fue ´enterrado' por la dictadura de Primo de Rivera, otro ejemplo más de colaboración estrecha entre la monarquía y el brazo armado militar.

La complicidad del rey Alfonso XIII, desde el exilio, con los militares, en la trama golpista con elementos monárquicos en su seno, está demostrada a partir del mismo momento en que se proclama la II República, hecho sobradamente demostrado por historiadores tan solventes como Ángel Viñas (¿Quién quiso la Guerra Civil?).

Tras la Guerra Civil, el protagonismo del estamento militar durante la dictadura franquista es suficientemente conocido, así como las intentonas golpistas producidas durante la Transición (23F, Operación Galaxia, etc.), con un silencio sospechoso por parte de la Corona cuando no una posible ´comprensión' hacia esos intentos de andanadas militares.

En nuestro país siguen pendientes la redefinición del papel de la jefatura del Estado, hoy monárquica (¿por qué el titular ha de ostentar el cargo de Capitán General del Ejército?); la democratización del Ejército, depurando de su seno los elementos nostálgicos de la dictadura y actualizando la formación democrática de los cuadros militares; y lo fundamental: una condena clara del franquismo para alejar a los nuevos ´espadones' (añorantes de Narváez) de cualquier veleidad intervencionista, con tintes reaccionarios, antidemocráticos y fascistas.

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