27 de diciembre de 2020
27.12.2020
La Opinión de Murcia
De dioses y de hombres

La marquesa en su paraíso

26.12.2020 | 21:16
La marquesa en su paraíso

Deambular por la naturaleza no siempre ha sido visto como algo amable o dulcemente bucólico. A lo largo de la historia del arte y la literatura podemos ver las más diversas representaciones y conceptos del hombre con su entorno. Desde la ´delicia' que El Bosco tiñó de onírico idealismo en su jardín hasta el inhóspito Mar de hielo del alemán Fiedrich. Arte y naturaleza son, frecuentemente, tema y motor de creación artística.

Pero, más allá de la propia arquitectura, que en muchas ocasiones es arte habitable, los jardines (en sus más diversas manifestaciones) son espacios cambiantes, frágiles, donde tendemos a olvidar su propia gestación como obras de arte independientes y en los que, igualmente, podemos habitar y sentir en ellos nuestra conexión con la naturaleza y lo trascendente. Jardines esotéricos e inquietantes como el que el duque de Bomarzo proyectó en el Lacio o de contemplación sensorial y exquisito disfrute en la cercana Alhambra granadina.

A partir del Renacimiento, especialmente, se irán desarrollando esas grandes villas en las que la naturaleza circundante era parte esencial: estanques, cascadas y esculturas llenaban senderos y terrazas desde las que contemplar y sentir el paisaje. Una suerte de nuevas villas que, como el emperador Adriano en Tívoli, pretendían mitigar el dolor de la propia vida cercenadora.

Murcia tuvo una suerte de paraíso terrenal en míticos e históricos lugares como el Alcázar Seguir, en cuya alberca aún se refleja el tiempo complejo y riquísimo que alumbró tan singular espacio; pero será el romanticismo, más bien en ese romanticismo tardío de la segunda mitad de siglo XIX, el periodo en el que vamos a centrar este artículo.

Entre las villas de Archena y Ulea aún sobrevive el prodigio, cosa extraña en este Levante español tan dado al hormigón y al mal gusto. Se trata de la vasta finca conocida como Parque de la Marquesa. Varias hectáreas cultivadas donde miles de palmeras, diversos cítricos y muchas aromáticas hacen creer que un viaje en el tiempo es posible. La finca fue, en su origen, un suntuoso regalo de bodas por parte del marqués de Corvera a María del Carmen Terry y Torticós, primera marquesa de Perinat, que era oriunda de la entonces española Cuba. La nueva burguesía liberal, ennoblecida por el moderantismo isabelino y enriquecida por la desamortización de 1836, encontró, en la antiguas posesiones de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, el mejor espacio en el que mostrar su nueva condición aristocrática. Esa segunda ola de romanticismo, también, estuvo marcada por cierto aire de exotismo que influyó en todas las artes. La marquesa fue rodeando su mansión de recreo de claros tintes victorianos, con una fronda exuberante, trazada con un orden desordenado. Una huerta ajardinada en la que perderse y descansar por los sinuosos senderos que la jalonan y dibujan. Tuvo que hacer las delicias de los destacados huéspedes que allí se fueron alojando, muchos de ellos llegados desde Madrid que veían como ante ellos se desplegaba el más pintoresco de los oasis. Como si de una villa a orillas del lago de Garda se tratara, esta finca es bañada por el río Segura creando en sus márgenes un bosque de eucaliptos, olmos y chopos enmarañados. Existió una conexión mediante barca que unía el jardín con el actual balneario de Archena, por aquel entonces propiedad del citado marquesado, lo que acentuaba el carácter romántico del lugar y sus habitantes.

A pesar del tiempo trascurrido, de los robos, incendios e incluso los cambios en su explotación agrícola, por parte de su último dueño, don Luis Guillermo de Perinat y Elío, la finca aún luce con un encanto irresistible. Se rehabilitaron varias de las casas de los antiguos trabajadores para turismo rural, la coqueta construcción de una antigua escuela se adaptó como espacio polivalente y la que fue la mayor apuesta: la apertura de las antiguas caballerizas como espacio para grandes celebraciones.

He visitado en numerosas ocasiones este paraje, he dormido allí y he llegado a emocionarme entre sus granados, higueras y jazmines hasta el punto de ser plenamente feliz. Porque respirar el aire de este fascinante paraje puede ser un viaje al romanticismo más puro. Una suerte de paraíso que una mujer del siglo XIX regaló no sólo a sus descendientes, sino a toda la Región de Murcia. Pues posiblemente se trate de la finca privada con mayor valor histórico y medioambiental de nuestro territorio.

Una tierra con sangre antigua que se convirtió en milagro de fecundidad y belleza para ser disfrute pleno de los sentidos.

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