24 de diciembre de 2020
24.12.2020
La Opinión de Murcia
Espacio Abierto

Malvadas

23.12.2020 | 21:51
Malvadas

El 10% de los asesinatos en España son cometidos por mujeres. Será por esta excepcionalidad por la que la prensa se suele volcar, cuando no ensañar, con las autoras de los crímenes para ofrecernos hasta el último pliegue de sus entrañas. Es así como nos enteramos en detalle de sus vidas, personalidades, conocemos sus costumbres, a sus familias, a sus amigos, conocidos y vecinos, ninguno de los cuales se explica cómo ha podido suceder, puesto que todas parecían personas normales, cuidaban de sus familias, trabajaban, y todo un aparato de profesionales de la medicina, de la justicia, de la seguridad, de la criminología o de la psicología se esfuerzan en intentar dilucidar de donde procede tanta maldad.

Cuando son los hombres los que causan daño, cuando asesinan a sus seres queridos, esposas, hijos, padres, siempre suele haber un motivo, su carácter impulsivo un arrebato irreflexivo, como suelen destacar las crónicas, se les presupone más propensos a las pasiones y por consiguiente a la violencia. En ocasiones incluso, hay por medio, cómo no, una mujer que los lleva al límite de su paciencia, o suelen darse circunstancias atenuantes, alguna discapacidad mental, las drogas, el alcohol, etc, que constituyen a rebajar su culpa, la legal y, por supuesto, la moral.

A las mujeres, sin embargo, se les juzga desde una óptica más severa por considerar que, contrariamente a los hombres, actúan movidas por razones más perversas. A ellas se les atribuye plena conciencia en una ejecución calculada y una absoluta falta de apasionamiento, no suelen dejarse llevar por arrebatos. Sus actos son llevados a cabo con frialdad, a sangre fría, con predeterminación y alevosía.

Maje es una mujer joven que, al parecer, empleó toda su capacidad de seducción y convicción para incitar a uno de sus amantes, porque tenía más de uno, a asesinar a su marido. Y por considerar que fue ella la instigadora, se le considera la principal culpable del asesinato. Estas son las conclusiones a las que ha llegado el jurado encargado de dictar sentencia. Durante el juicio, la fiscalía, pero sobre todo los abogados del amante que perpetró el asesinato, nos han mostrado a un hombre frágil, a merced de los deseos de una mujer gélida, malvada, maquiavélica, embaucadora, frívola, promiscua, adúltera hasta el extremo, que ha sabido utilizar sus argucias de mujer para conseguir que otro, y no ella, la librara de un marido del que ya se había cansado. Será por este motivo que la sentencia ha concluido con 16 años de cárcel para el asesino confeso y 22 años para ella, acusada de ser el cerebro del crimen.

Antonio, el marido de Maje, apareció muerto en el parking de su casa con diecisiete puñaladas, nada menos. Salvador, el asesino, quiso asegurarse de que no quedara con vida, no sabemos si este detalle de su asesinato estaba también pactado con su instigadora. Pero el jurado seducido por la defensa ha concluido que Antonio solo mató por amor cegado por la pasión y manipulado por la pérfida amante. En el juicio se le preguntó: ¿Le pidió expresamente que lo matara?, y él contestó dubitativo: No lo recuerdo bien, pero sí. Maje ha negado rotundamente esta acusación.

No intentamos aquí abogar o neutralizar el comportamiento de esta mujer, ni blanquear sus actos, no es ese nuestro propósito. Es posible que la imagen de malvada que de ella se ha transmitido sea ajustada y real, y no, no vamos a erigirnos en sus defensoras, simplemente queremos focalizar la atención en el tratamiento público del caso, en la forma desigual con que la sociedad trata la maldad según el portador sea un hombre o una mujer.

La figura femenina encarna la representación de la mujer abnegada, entregada y dedicada en cuerpo y alma al cuidado de los demás y, si se separan de este estereotipo, las cosas no suelen acabar bien. Es entonces cuando se la representa encarnando la perversidad sin paliativos. En el caso de Maje se observa claramente esta representación de la feminidad: aunque ella no haya sido la ejecutora y ni siquiera haya estado presente en el momento del crimen, ella es la máxima culpable del asesinato. Su relato de que no esperaba que su amante matara de verdad a su esposo, aunque hubieran hablado de ello, nadie lo cree. Esta es otra particularidad en el diferente trato social hacia las mujeres, su argumento es cuestionado, el de él es completamente creíble y aceptado. A las mujeres no se nos cree, o se nos cree a regañadientes; los hombres, sin embargo, nunca mienten, no saben mentir.

Maje es solo un ejemplo más de la diferente expresión con que se tratan los delitos cometidos por hombres o mujeres. 

Laura Fernández, la entonces esposa del abogado Rodríguez Menéndez, que en 1999 fue condenada a doce años y seis meses de cárcel por intentar asesinar a su marido después de organizar junto a José Ignacio Rocha, un crimen contra éste. Francisca Ballesteros fue envenenando a su familia con colme, un medicamento para el alcoholismo, para emprender una nueva vida con su amante. Todavía se nos encoge el corazón al recordar a Francisca González, la parricida de Santomera, que estranguló a sus hijos de seis y cuatro años para vengarse de un marido infiel. O el espeluznante caso de Ana Julia, que asesinó al hijo de su pareja por celos y mantuvo su sangre fría mientras ayudaba a buscar al pequeño desaparecido con entrega y aparente dolor.

Todos estos casos, aun siendo escasos, han impactado con contundencia en nuestra memoria colectiva. Los rostros de estas mujeres siniestras los revivimos al instante con solo evocar sus nombres. Somos capaces de recordar detalles que, aunque hayan pasado años, nos cautivaron emocionalmente, nos produjeron un horror desmedido frente a la maldad humana.

Eva fue la causante del ´pecado original' y de la expulsión del paraíso, el principio de todos los males que padece la humanidad. El incauto Adán solo se dejó embaucar. Es muy posible que nuestra educación judeocristiana tenga mucho que ver en este trato desigual a la hora de juzgar los actos de unos y de otras. O no, y todo sea, una vez más, el fiel reflejo de una sociedad patriarcal que se resiste a desaparecer con uñas y dientes.

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