22 de diciembre de 2020
22.12.2020
La Opinión de Murcia
Crónica personal

Desnudo, como los hijos de la mar

21.12.2020 | 21:16
Desnudo, como los hijos de la mar

Dedicado a mi padre,

Antonio Martínez Ballesta,

in memoriam;

y a las familias que han perdido

a un ser querido por causa del covid.

 

Ando comenzando un obra, cuyo título es La segunda persona, y cuyo tema es el hijo. Solo puedo decir, por ahora, que esta segunda escritura es el inicio de un diálogo con mi padre, fallecido un jueves 19 de noviembre de 2020, en un hospital de Murcia, víctima de neumonía complicada por covid. Su último domicilio fue el hospital Morales Meseguer, planta 2, segunda derecha, sección de infecciosos.

En ese incoado diálogo descubro, a primer toque, una tensión vital que pugna todavía. No se trata de poner en claro la vivencia de lo que significó mi padre, ni de continuarla, pues esto ya es imposible; sino de entenderla definitivamente, comprenderla con la conciencia plena. Aquí, por así decirlo, asumo la responsabilidad de ser el protagonista (César no el autor de los Comentarios), dejo de juzgar a distancia, más allá del tajo; y debo también asumir la muerte, la no continuidad de la persona con la que dialogo; ¿y la continuidad de la mía, de mi persona de hijo? ¿Puede uno seguir llamándose hijo después de morir el padre?

La muerte es un tajo definitivo. A partir del hecho irreversible comienza a gestionarse una separación, una exclusión, y definitivamente un desmentido de la persona viva, del padre, pero también del hijo. Bien lo previene la crioburocracia en forma de inspector de la consejería de Educación, quien para justificar la ausencia laboral del hijo durante los dos o tres días en que se produjo el desenlace, tránsito y sepelio del padre, te exigió Libro de Familia que demostrara la filiación del empleado respecto al fallecido, además de documentos de fallecimiento y entierro del padre expedidos por hospital y tanatorio respectivamente. El hijo hubo de presentar una declaración jurada donde hiciera constar que era carne del fallecido, y alegar descuido o pérdida del Libro de Familia€ ¡Imbéciles!

Así que por este lado de la segunda persona hay, como se ha dicho, una tensión vital no resuelta, que, claro está, va unida al duelo, al examen de la memoria compartida entre hijo y padre, a las culpas e inocencias nunca suficientemente explícitas y aclaradas con palabras cordiales y abiertas; y claro que, también, a esa carga de pulsión y angustia, se suma el esfuerzo por no olvidar al padre, y a la madre, y más allá de ellos, a la familia entera, y a la humanidad y a la misma raíz de la existencia humana tantas veces, al parecer, absurda y siempre abocada a la muerte, continua pasión inútil. Esta cruz, este Dasein, este ser ahí, que a uno le tiene y le mantiene unido a los fervores y dolores de la vida.

En cualquier caso, una de las voces en que se desdobla la mía (y ese desdoblamiento, que asume por otra parte su componente de ficción, es condición para que haya diálogo entre dos voces diferentes e iguales en cordialidad, en voluntad de esclarecimiento, en abrazo de luz); una de las voces, decía, la de más peso y al parecer mayor, o en otro sentido, la que se anticipa a sufrir el tajo y a salir renaciente, aún en una venilla de agua, por la otra vertiente, esa voz dice a la mía: solo nos queda lo que cogemos hoy para el futuro; desenlázate de aquel fardo de antaño, de sus cárcavas y colmenas repletas de hiel o de miel, rencores o alegrías de ayer, karmas, pesares y frustraciones. Todo eso ha de cesar ya. Ha cesado ya. No merece la pena. Solo vive quien rema hacia delante. Tú, de los dos, eres el vivo. Me libera decírtelo. Tú, de los dos y de entre todos los muertos de tu familia, tú, eres vivo por ahora y en mi siempre.

Así ocurre que, en esta segunda escritura, la carga de tensión y angustia vital es mayor que en la primera, liberada aunque compelida o comprometida, si se quiere, a una verdad de autor en relación con su obra; y que la perspectiva, marcada previamente por la voz que marca el peso de la mía, es el futuro, no el pasado de la memoria.

Pero, para complicar aún las cosas, ¿no es posible que las dos versiones se confundan, se permuten; o se deshagan entre sí; y que la verdad de uno pueda asomar en ambos planos u ocultarse, como obra e hijo, como autor y padre?

Solo nos quedará haberlo intentado. Cuando una punta aguda de duda negra se dirija al fondo del corazón, sólo nos queda un pensamiento para oponerle: el de que no nos sorprenderá fríos, ni menos aún, congelados; no hemos sido muertos prematuros, hemos mantenido hasta el final, o casi hasta el final, una conciencia lúcida, cordial, una velita que iluminó el astro antes de recibir el impacto brutal de la oscuridad.

«Lleva quien deja y vive el que ha vivido», dijo la honda sabiduría de Antonio Machado, en el elogio fúnebre de su maestro Francisco Giner de los Ríos.

Mi padre, que era obrero de la conserva y huertano, sabía de memoria algunos poemas machadianos. El que más le gustaba era el Retrato, y aquellos versos que dicen: «Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito./ A mi trabajo acudo, con mi dinero pago€». ´Con mi dinero pago', como dijo el poeta, reivindicando su ética independiente, de hombre cabal que sabe y acepta que, un día, habrá de irse igual que vino al mundo, sin nada, como aquellos hijos de la mar: «Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar». Así se fue tu padre, así aceptarías irte tú y que su herencia, ¿tu herencia? sea esa serenidad de los hijos de la mar.

Pero, entonces ¿no importa lo dejado, no importa la obra, el destino de la obra, o el legado, lo puesto en claro y a seguro? ¿Esa nihilista serenidad, al parecer, por llamarla así, no quita sentido a la misma obra, a la ´segunda persona', al hijo, a lo que dejamos para el futuro, para que otros lo continúen, custodien o mejoren? ¿Y qué dice el poeta, entonces; qué sentido tiene la expresión ´lleva quien deja'; en esa paradoja hay algo de verdad?

Entiendo que sí, si se entiende que lo que llevamos es lo que buenamente hemos dejado (no los éxitos ni las acciones perfectas o las obras concluidas, porque eso cae; ni siquiera nuestro nombre y fama perduran más allá de una o dos generaciones; algunos escasos ejemplos de lo contrario no sobrevivirán a la extinción de sol o de la galaxia).

Todo lo hecho, reunido, logrado y tasado por una vida humana cabe en una bolsa de efectos personales. Desnudo como los hijos de la mar, así se fue tu padre en vida; y así se escapará también de tu angustioso preguntar por él, y antes o no de que comprendas el porqué de su muerte, habrá vivido.

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