18 de diciembre de 2020
18.12.2020
La Opinión de Murcia
Verderías

Caravaca caballista

17.12.2020 | 22:32
Caravaca caballista

Desde el miércoles, la Unesco ha certificado lo que todos los caravaqueños ya sabíamos desde siempre: que los Caballos del Vino son un patrimonio inmaterial de la humanidad.

Lo sabíamos, porque no podía ser de otra forma, porque nada que no sea tan trascendente es capaz de suscitar tantas emociones. Cada 2 de mayo, pañuelo rojo al cuello, los caravaqueños viven la intensidad de la fiesta mientras propios y foráneos descubren o redescubren, según el caso, la belleza de una tradición centenaria que se sustancia en el caballo, la luz, la alegría, la música, y, sobre todo, las ganas de estar vivos.

Es inexplicable lo que ocurre anualmente en Caravava durante la primera semana de cada mes de mayo. En esos días sobreviene en Caravaca la catarsis de la fiesta, una repetición anual alegremente tozuda de símbolos y músicas que son identidad de todo un pueblo. Símbolos siempre idénticos y siempre diferentes, que repiten invariablemente el luminoso hecho festivo a despecho de influencias externas, crisis o coyunturas políticas, cambiando sólo en las formas algunos flecos anecdóticos del ritual del festejo y manteniendo el fondo de una fiesta que se rige por el inexorable objetivo de explotar, colocarse un pañuelo rojo fragua al cuello y olvidarse de que el mundo, nuestras vidas, quizás sean de otra manera.

En cada esplendoroso día 2 de mayo, los Caballos del Vino son la perfecta metáfora de la fiesta mediterránea en la que la calle es la reina y los ciudadanos sus vasallos. El espectáculo de los caballos, preciosamente enjaezados, no sería nada sin la calle ni sin la gente que la invade para llevar a los caballos en volandas hasta la meta.

Y es que el éxito popular de las fiestas de Caravaca no sólo radica en lo singular de su simbología y sus manifestaciones festeras. Se sustenta sobre todo en la enorme capacidad que tienen los vecinos para vivirlas. Porque es una fiesta que, de puro histórica, surge de abajo arriba, que no se impone ni resulta de operación de mercadotecnia de ninguna clase, que se justifica exclusivamente por la gente que la protagoniza, y que nunca cayó en la tentación de convertirse en el batiburrillo particular de una élite.

Cada año los caravaqueños acompañan los caballos en la cuesta del Castillo, sudan, gritan y juran que el próximo año su manto será el ganador. Y las emociones que envuelven esta compañía y estos juramentos forman parte por derecho propio del conjunto de manifestaciones que justifican que los caballos del vino sean patrimonio de la humanidad.

Tres millones de enhorabuenas a Caravaca, a sus caballistas, a su Ayuntamiento, a las bordadoras y a todos los que hacen posible una manifestación cultural y festiva de tanto calado. De modo que el próximo año, perfectamente vacunados y si hace falta embutidos en trajes espaciales, nos vemos el día 2 en la cuesta del Castillo.

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