30 de noviembre de 2020
30.11.2020
La Opinión de Murcia
Punto de vista

Santos apócrifos en la Catedral

En nombre de ninguna verdad, ni de ninguna Memoria Histórica, se puede deshacer lo construido por generaciones pasadas. Reinterpretarlas es otra cosa

29.11.2020 | 21:00
Santos apócrifos en la Catedral

Antes de que se levantara la fachada de la Catedral de Murcia, la propia de la diócesis de Cartagena, se invitó al erudito jesuita Baltasar Pajarilla a que diera ideas sobre el programa iconográfico que habría de desarrollarse en el Imafronte. Ni corto, ni perezoso, el buen cura se largó una discurso-homilía de cuatro horas de duración, cuya versión impresa digitalizada podemos ver en la red. Pajarilla ideó un espacio central dedicado a Nuestra Señora, titular de la Catedral, y en los canales laterales, expresiones que glorificaran tanto a la Iglesia Local, como a la Universal, ambas en la mayor conexión posible; pues la Iglesia es Una, desde siempre.

Vayamos al grano. En el segundo piso, como figuras externas, aparecen cuatro ´santos´, que bien podemos llamar hoy, en nuestros días y con la ciencia histórica más desarrollada, como santos apócrifos. Pero entonces no era apócrifos. En el Imafronte puede haber errores, pero nunca hubo mentiras. Los cuatro santos apócrifos son: San Poncio Porcaro, San Basileo, San(?) Liciniano y San Ginés de la Jara.

Pajarilla se inventó, llevado por la fe, una filiación regional-murciana para cada uno. Veamos: San Poncio Porcaro murió martirizado en la Isla de Lerins, en la Bahía de Cannes, Provenza, en el año 732. Pajarilla emparentó a este Porcario (porquerizo o lechón) con los Porceles de Murcia, familia a la que Lope de Vega llevó a las tablas. Sin comentarios. San Basileo fue, según la tradición, el sucesor de Santiago en la diócesis de Cartagena. Un nombre bizantino para un judío neocristiano, cuando aún no habían discutido San Pedro y San Pablo sobre si la Revelación era, o no, también para los gentiles. Tampoco comentaremos. San (?) Liciniano no fue santo. Fue obispo sabio de Cartagena, que marchó a Constantinopla y no volvió. San Isidoro nos dice que fue asesinado por sus propios servidores. San Ginés de la Jara fue, en realidad, un morabito musulmán, que operaba milagros. No es ni San Ginés de Arlés, ni un noble de la Corte de Carlomagno. Recientemente así ha sido esclarecido por Francisco José Flores Arroyuelo (qepd).

Pero yo no propongo eliminar esas cuatro figuras. No estoy loco. El Imafronte es BIC, y no se puede tocar. Además, todas las generaciones tienen derecho a que permanezca lo que hicieron. En nombre de ninguna verdad, ni de ninguna Memoria Histórica, se puede deshacer lo construido por generaciones pasadas. Reinterpretarlas es otra cosa.

Pero, si hubiera otra lógica. Y todo fuera diferente, sí lo propondría: esas imágenes pasarían al Museo de la Catedral, y en su lugar pondría a dos mujeres y a dos varones; a saber: Sor Ángela María Astorch, beata con cuerpo incorrupto en las Capuchinas del Malecón; Sor Juana de la Encarnación, del convento de Agustinas, autora de una Pasión de Cristo, estremecedora. La Iglesia ha definido su obra como Revelación Intelectual Infusa. El Beato Andrés Hibernón sería el siguiente. Nacido en Murcia, pero de Alcantarilla, en realidad. Murió en olor de santidad popular enormemente sentida, en Játiva, donde se le venera. Parte de sus restos descansan en Murcia. Y, por último, un contemporáneo, el periodista y abogado de los pobres Francisco Martínez García, mártir de la Guerra Civil, cuyos restos también descansan en la Catedral, con causa de beatificación abierta.

También merecería un puesto el franciscano Fray Martín Pérez de Armenta, el Ángel de la peste de 1648, que vaticinó el cese de la pandemia, al unirlo a su propia muerte. Los nobles de Murcia se disputaron portar a hombros su féretro. Y si cupieran seis, tres a cada lado del Imafronte, añadiría a José Sáez Hurtado, contemporáneo nuestro, sacristán de la catedral, y asimismo inhumando en ella. Su carismática figura prendó en la fe los corazones de todos los fieles de las parroquias por las que pasó.

Pero vuelvo a mi tesis: es monstruoso pensar en una sustitución de imágenes. Aunque ojalá no lo fuera. Con Dios.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook