22 de noviembre de 2020
22.11.2020
La Opinión de Murcia
Los dioses deben estar locos

Requiem por las cosas inútiles

21.11.2020 | 21:44
Requiem por las cosas inútiles

Calificado por muchos durante tanto tiempo como inútil, más aún, como soberano inútil, e incluso como trasto inservible, anticuado y bueno para nada, acabé sintiendo una emoción solidaria frente al resto de objetos que conforman, sin beneficio ni utilidad, la periferia marginal de un mundo infinitamente más hábil, práctico, rentable y triunfador; un mundo cuyos habitantes desean desde lo más profundo de su ser ahorrarse el espectáculo de quienes somos cosas que no servimos para nada.

Tal era la pureza de mis sentimientos por lo inútil que jamás pretendí ocultarlo, disimularlo, ni mucho menos justificarlo. Tejados arruinados de casas antiguas bañados por la luz plateada de una luna que ya nadie contempla, espadañas vacías de ermitas abandonadas, viejos senderos que ya no conducen a parte alguna, árboles muertos que asemejan una mano extendida al cielo, todo ello y mucho más, bastante inútil como puede suponerse, y sin duda poco o nada rentable, lo contemplé con devoción.

Es preciso reconocer que la predilección por la inutilidad de las cosas convierte el mundo en algo más interesante, más digno de ser visto, contemplado, anotado en una libreta de bolsillo (también inútil en la era de los dispositivos digitales) con todo respeto y por última vez, antes de que una de esas manos prácticas que rige el mundo, arroje el moribundo objeto al reciclaje que le corresponda. En esta disposición de ánimo podemos ver uno de aquellos viejos relojes de ajedrez con doble esfera y dos pulsadores, sobre la mesa de madera. Aún funcionaría si se le diera cuerda o se cuidara la maquinaria (aunque es difícil encontrar relojeros), y recordaría cómo dos personas situadas frente a frente experimentan el tiempo de manera distinta aunque compartan el mismo tablero que es la vida. Gran lección la que aún puede dar semejante objeto inerte.

Y qué podemos decir de la vieja máquina de escribir sobre el escritorio, una pequeña estructura consistente en rodillos, teclas, campanillas, barras espaciadoras, palancas y rollos de tinta. Aunque ahora parezca olvidada, es como si el sonido no se hubiera acabado de extinguir y persistiera el eco del tecleado frenético, casi tamborilero y la percusión metálica de la campanilla acompañada del rumor prolongado del carro desplazándose. Junto a aquel monumento erigido para proclamar el triunfo de la escritura, y sobre la misma mesa, encontraremos, no pocas veces, otras bellas reliquias consistentes en plumines desgastados, estilográficas envejecidas cuya capucha presenta la miniatura del emblema comercial de la firma con su fecha de fundación adornada con hojas de laurel, con evocadoras figuras de ruedecillas mecánicas o aves majestuosas; también contemplaremos bolígrafos cuya producción se abandonó hace décadas, tinteros resecos cuyo vidrio ha quedado impregnado de un azul aún traslúcido. Podemos ver, sobre ese pequeño planeta plano que es un escritorio, pipas con cazoletas que contienen los últimos restos de unas cenizas que se consumieron en tiempos que pudieran ser tan pretéritos como los mismos inicios del mundo. Evocador, aunque no se trate de nada especial, simple madera inanimada de brezo.

Hacer el inútil con los ojos abiertos, aunque estén tristes, es como adentrarse en un cementerio marino, o de elefantes, como haber descubierto algún resto perteneciente a la misteriosa Atlántida, más todavía cuando desde el fondo del cajón del escritorio nos saludan viejos diccionarios de lenguas muertas, inútiles sin duda porque a quién le importa hoy el idioma que hablaran Jenofonte o Salustio. Quizá también afloren desvencijados volúmenes provistos de extraños adornos, decoraciones y anexos, como un mapa del Imperio persa con un itinerario semejante a un camino de hormigas que buscaran nerviosamente el mar; o la imagen de una loba capitolina, que sin gemelos bajo las ubres, estuviera rodeada por una corona de laurel.

No ha de faltar, tampoco, ocasión para rendir el último tributo a unas botas envejecidas (perfectamente inútiles), cuando ya no son recuperables en modo alguno, desgastadas por el uso noble y esforzado que de ellas hizo un caminante. Y es verdad que calzados con ellas hayamos podido recorrer distancias infinitas con la mente y convertirnos en gigantes con botas de siete leguas. Ahora las depositamos con pena en el interior del contenedor metálico mientras murmuramos palabras de despedida y recordamos que, según decía Antón Chéjov, un par de botas, una libreta y algo para escribir podían convertir a una persona en escritor. Todavía eran muy diferentes los tiempos de Chéjov, en los que no se había impuesto universalmente, como ahora, el derecho a vivir solo cuando estuviera garantizada la utilidad económica, la rentabilidad material emanada del sujeto, amenazado, en caso contrario, con ser arrumbado y condenado al estigma de lo inútil.

 

 

 

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