21 de noviembre de 2020
21.11.2020
La Opinión de Murcia
Festina lente

Hinc et nunc

Su comentario me hace pensar en lo afortunada que soy, y en que es improbable que un funcionario pierda su puesto de trabajo, pero un escalofrío (y estoy en la sauna) me recorre ante la idea, en unos tiempos en que hemos sido testigos de situaciones que al menos yo no hubiera podido imaginar como reales ni tan siquiera posibles

20.11.2020 | 21:24
Hinc et nunc

Amanece un domingo en el ecuador del mes de noviembre con 27 grados centígrados en el termómetro, que sospecho han llegado en algún momento del día a 30, y un sol luminoso que invita, tentador, a acercarse a la orilla del Mediterráneo y sumergirse en él. No lo habría dudado de no ser por el confinamiento perimetral que venimos padeciendo unos con más estoicismo que otros, a pesar de que, paradójicamente, ya lucen (de momento sin luz), las guirnaldas y adornos luminosos de Navidad, y en los supermercados ocupan un lugar preferente turrones y dulces navideños como contribución a la extrañeza absurda de este 2020 atípico.

Las circunstancias mandan, así que decido en su lugar acudir al centro deportivo que procuro frecuentar con cierta asiduidad, mientras lo permita el asedio de nuestro virulento y microscópico enemigo. Disfruto de la piscina y el SPA (Salus per aquam), una costumbre eminentemente romana, como atestiguan las numerosas termas conservadas, recintos públicos de los que hacían uso por igual ciudadanos libres y esclavos, hombres y mujeres (cuenta Elio Esparciano en la Historia Augusta que el emperador Adriano se bañaba frecuentemente en público y mezclándose con todo el mundo). Sorprendentemente encuentro libre la sauna que actualmente admite un aforo máximo de tres personas. Al poco entran dos usuarios que se saludan amistosamente, con la consabida fórmula del «¿Cómo estás?». El interpelado responde con el igualmente acostumbrado «bien», y añade: «Porque, según dicen, a un 90% de los que preguntan no les importa la respuesta». El otro repone que él siempre responde con una palabra: «Feliz», y que no falla: la reacción es de extrañeza, y provoca una nueva pregunta, que tiene por objeto conocer el motivo de la insólita felicidad en un momento como el presente, y lleva aparejada toda una catarata de razones por las que ser feliz es prácticamente imposible.

Ambos concuerdan en que hay que vivir el presente más que nunca, pues es lo único seguro que tenemos, y procurar relajarnos para sobrellevar de la mejor manera posible la incertidumbre y la provisionalidad que se ha adueñado del panorama sanitario, político y, por tanto, social, provocando una alteración generalizada.

Repara entonces uno de ellos en que hace unos días coincidimos en el mismo lugar, y refiriéndose a mí le dice al otro: «Esta mujer dirá que siempre estamos ´filosofeando´ (sic). El otro día le pusimos la cabeza loca el Casto y yo». Sonrío y le digo que todo lo contrario, que su conversación me hace pensar en cuánta verdad hay en el ´hinc et nunc´. Me miran extrañados, así que no les hablo del ´carpe diem´, pues seguramente me hubieran captado antes pero tal vez habrían malinterpretado el tópico horaciano.

Aclaro que soy profesora de latín y les traduzco el sintagma, y aprovecho que me hayan introducido en su conversación para preguntarles si tendrían inconveniente en protagonizar mi espacio del sábado en La Opinión, a lo que dan su conformidad. Antonio me dice que él trabaja en turnos de hasta catorce horas en el Hospital Universitario Virgen de la Arrixaca, en la centralita telefónica, único lugar donde se coge el teléfono en Sanidad, y que responde una media de 1.200 llamadas diarias, en las que no siempre le dicen cosas bonitas, pero que él, ´friendly´ responde siempre con amabilidad, aunque conforme avanza su jornada inevitablemente se va saturando, porque a pesar de que es tan optimista como para agradecer cada día que amanece que el sol salga, también es humano.

Les comento como ejemplo del cambio obligado de mentalidad mi proyecto frustrado de viajar a Japón junto a mi hija Irene, que llevo acariciando desde mi 50 cumpleaños y para el cual adquirimos los billetes de vuelo en agosto de 2019, cuando era posible proyectar a medio plazo, algo hoy impensable. Asienten, pero Antonio, positivo, me dice que de ese modo podré ahorrar para el viaje. Arturo (así se llama el otro usuario) dice que siempre y cuando no pierda mi trabajo. Y con su comentario me hace pensar en lo afortunada que soy, y en que es improbable que un funcionario pierda su puesto de trabajo, pero un escalofrío (y estoy en la sauna) me recorre ante la idea, en unos tiempos en que hemos sido testigos de situaciones que al menos yo no hubiera podido imaginar como reales ni tan siquiera posibles, y simultáneamente pienso en lo frívolo de mi ´preocupación´, cuando tantas personas ven peligrar su sueldo y con él el pago de los inmisericordes impuestos o la manutención familiar.

Y me alegro no solo de tener un puesto de trabajo que en principio no corre peligro, sino, sobre todo, de que mis estudios me hayan posibilitado acceder a ese otro mundo en el que refugiarme de lo cotidiano, y en el que buscar y encontrar claves para afrontarlo.

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