19 de noviembre de 2020
19.11.2020
La Opinión de Murcia
El mirador

La búsqueda

18.11.2020 | 20:41
La búsqueda

Existe una muy antigua leyenda védica que cuenta que, al principio de los tiempos, los hombres eran dioses, divinidades dentro de la vasta creación, pero que se envanecieron de ello, y por esa causa, Brahmán, el supremo, les quitó su divinidad y la escondió, antes de convertirlos en humanos. Entonces, Brahmán se reunió con su Trinidad, y debatieron dónde debía ser escondida, a fin de que no la encontrase antes de haber aprendido a usarla correctamente.

Uno de ellos, dijo: enterrémosla en lo más hondo de la tierra. No, respondió Brahman, pues el hombre es muy listo, y acabaría por encontrarla Entonces, dijo el otro, escondámosla en el fondo del mar más profundo. No, dijo Brahmán, pues es tan astuto que hasta allí iría a buscarla. Subámosla entonces, dijo el tercero, a la cima del monte más alto, donde falte el aire, allí no se atreverá. No, respondió Brahmán, pues es tan osado que buscará la forma, llegará allí y la encontrará.

Tras lo cual, el mismo Dios de los dioses propuso la solución: solo hay un lugar donde el hombre, por muy listo, astuto y osado que sea, jamás pensará que pueda estar, y nunca la buscará allí hasta que esté lo suficientemente maduro como para poder encontrarla. Esconderemos la divinidad del hombre dentro de él mismo.

Y el hombre lleva milenios, cientos de miles, de años, buscando su divinidad perdida, y aún no ha dado con ella. Tan solo vislumbra, a veces, fogonazos externos en las religiones, en el desarrollo de sus ciencias y sus técnicas, que solo le dejan ver apenas el camino que alumbra el relámpago. Un camino que puede llevarlo a la iluminación, como puede llevarlo al abismo. Pero a los ciegos que buscan la luz fuera es difícil que, no pudiendo ver, la encuentren. Muy difícil.

Y eso que, enredados en la historia, ese Brahmán, o quien sea, les ha ido colocando faros en ese camino suyo: la famosa, pero aún no entendida, pista del «conócete a ti mismo» ya estaba grabada en el pronaos del templo de Apolo, en su Oráculo, en Delfos; y la desarrollaron sabios y filósofos, como Sócrates, Solón, Tales, Pitágoras, en la primera etapa ilustrada de la humanidad helénica. Y, cientos de años más tarde se repitió en otras culturas, mesopotámica, caldea, egipcia, y hasta aquel divino nazareno, Jesús, nos lo transmitió en su «no busques fuera de ti, busca en tu interior»de Getsemaní. Allí encontrarás al Padre, que vive dentro de ti, dijo. Allí te escondió Brahmán de ti mismo, se nos chivó el Cristo.

Pero, nada, ni siquiera miles de años de religiones, distintas y distantes y diferentes en sus formas, pero con la misma verdad encerrada y enterrada en sus núcleos, han sido capaces de transmitirla a la humanidad. De hecho, la han usado para construir organizaciones de poder y sometimiento, enviando y perdiendo a la gente en la externalización, no en la interiorización. Orientándola hacia dogmas y ritos, no a su autoconocimiento. Es el propio hombre el que, ocultándola, la vuelve a perder una y otra vez.

Sin embargo, y aunque parezca un contrasentido, una especie de paradoja latente, el ser humano no la pierde, tan solo se pierde a sí mismo. Y no la puede perder por algo tan grandiosamente sencillo como que es parte intrínseca de él, igual que él es parte intrínseca de ella. En otras palabras, el hombre está condenado a reencontrarse con su divinidad, que es encontrarse consigo mismo, no importa los eones (para Dios no existe el tiempo) que tarde en conseguirlo, agotando civilizaciones una tras otra (echen un vistazo a la Historia ) con la esperanza infinita de conseguirlo. El hombre está en búsqueda continua, lo que pasa es que no sabe lo que busca, y espera hallarlo enredándose en una constante experiencia que parece no tener fin. La explicación, quizá, está en ese ´libre albedrío´ del que las más antiguas escrituras hablan, la regla de oro: vale la opción, no la obligación. Siempre.

Y la opción, naturalmente, es libre, porque si no, no sería opción, si no obligación. Y de la primera, con sus errores y sus aciertos, se aprende, no así de la segunda, que acaba en rechazo. Por eso la ley de causa y efecto, de acciones y consecuencias es mucho mejor maestra que cualquier dogmatismo impuesto.

Ya, se me podrá decir, pero ¿y si esos seres humanos escogen libremente el acatamiento de los dogmas? Pues nada, si es una elección no impuesta por la fuerza, como en toda libre elección, cosechará de su experiencia de la misma, pero el conocimiento siempre será mejor que el adoctrinamiento. Y el conocimiento se encuentra en la búsqueda constante, en la duda, en la lógica, en la razón, en el admitir todo condicionándolo todo, en buscar para hallar, en convencerse que los ritos son lo contrario al camino.

El mundo se encuentra hoy en una encrucijada evolutiva/involutiva histórica. Entre avances científicos espectaculares y una pérdida de valores devastadora. Los principios ya no son principios, son finales. Nos encontramos entre sociedades opulentas y otras que se mueren de hambre y de frío.

Hemos construido un mundo de derechos ciudadanos y otro de refugiados en campos de concentración, que son ciudadanos sin derechos. Nos movemos entre un mundo de adelantos y una naturaleza arrasada. Entre sociedades del bienestar y pandemias inatajables. Y con un catálogo de desastres climáticos ya en marcha al que no sabemos, o no queremos, hacer frenteEstá claro, ¿no..? El hombre aún no se ha encontrado a sí mismo dentro de sí mismo. Quizá tenga que empezar de nuevo en algún otro tiempo, en alguna otra parte. Brahmán no tiene ninguna prisa.

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