15 de noviembre de 2020
15.11.2020
La Opinión de Murcia
Jodido pero contento

El voto latino, una definición cuestionada

"Mi primer viaje a EE UU fue en 1991 a Nueva York. Los únicos hispanos con los que me encontré entonces eran parte del servicio de limpieza del hotel"

14.11.2020 | 22:26
El voto latino, una definición cuestionada

A un occidental, todos los asiáticos parecen más o menos la misma persona, y también sucede igual con las personas de raza negra, y a la inversa, a los asiáticos y negros les parecemos más o menos iguales todos los caucásicos blancos. La capacidad de matizar y distinguir las variaciones parece ser evolutivamente una facultad de los miembros pertenecientes a un grupo poblacional más o menos homogéneo. Eso es lo que ha sucedido, de forma metafórica en las recientes elecciones de Estados Unidos. Republicanos y demócratas han tratado a los latinos como una comunidad homogénea desde el punto de vista político. No podían estar más equivocados. Los demócratas, especialmente, se han encontrado con el extraordinario apoyo que los cubanos de Florida, especialmente en Miami, y los mexicanos en Texas han dado la victoria al presidente Trump, un supremacista blanco que ha ejercido de forma histriónica el papel de POTUS en los pasados cuatro años.

Mi primer viaje a Estados Unidos fue en 1991 a Nueva York. Los únicos hispanos con los que me encontré entonces eran parte del servicio de limpieza del hotel, como el personaje de Jennifer López en esa película que repite una vez más el cuento de Cenicienta. Desde entonces, en sucesivos viajes, he comprobado el progreso de la población hispana en Estados Unidos en cantidad y en la calidad de los trabajos que desempeñan. Como especialista en marketing inmobiliario y más o menos experto en el modelo profesional de los Realtor, la mayoría de los que conozco personalmente son agentes inmobiliarios de Florida, una especie de torbellinos de personalidad arrolladora.

Y sí, es un dato cierto que casi el 70% de los más de cincuenta millones de latinos que han votado lo han hecho por el candidato demócrata Joe Biden. Lo que no está claro es si lo han hecho por su pertenencia al 13% de la población que se auto declaró latina en el último censo general del 2010 o por otras características como la raza, las creencias religiosas o por sus posiciones políticas.

Lo que está claro es que las diferencias de voto entre demócratas y conservadores se han estrechado casi diez puntos en estas elecciones, para sorpresa de los responsables de campaña del ahora presidente electo Biden. Y no fue porque no fueron avisados. Desde el principio de estas elecciones estaba claro que los votos electorales de Florida iban a ser decisivos de cara al resultado final de la elección, sobre todo para Trump, porque Biden tenía, como se ha demostrado, otros caminos alternativos hacia la victoria. Desde la época de George W. Bush y su elección arrancada por un puñado de votos, los demócratas no habían vuelto a perder Florida, y las encuestas repetían machaconamente que eso no volvería a suceder tampoco en esta convocatoria electoral. Pero resulta que los cubanos de Miami dieron el vuelco a su voto, básicamente por su rechazo visceral al régimen comunista cubano, con el que Obama intentó normalizar relaciones. Los cubanos se comportaron como cubanos, no como minoría latina.

Otro caso es el de los mexicanos de los condados del sur de Texas, esos que Trump calificó de ladrones, traficantes de drogas y ´bad hombres´ en general, cuando lanzó su campaña desde las escaleras imperiales del hall de la Trump Tower en Manhattan. Incluso Trump se permitió descalificar el veredicto de un juez por el mero hecho de que fuera hispano.

A eso se unió la peregrina idea de construir un muro con Méjico que pagarían los mexicanos y la realidad de cerrar la posibilidad de nacionalización a los llamados ´dreamers´, los hijos de emigrantes ilegales nacidos en suelo norteamericano. La explicación de por qué una comunidad insultada por un candidato le vota mayoritariamente, pertenece a los recovecos de la psicología del ser humano. Mi conclusión es que muchos mexicanos de Texas sufren del síndrome de auto odio que se definió en la Alemania nazi para describir el sentimiento de rechazo de algunos judíos a los miembros de su raza como fruto de la interiorización de los argumentos manejados por los teóricos y supuestos científicos que dieron coartada para el Holocausto.

Probablemente los mejicanos por Trump asumieron el argumento de que los otros mexicanos (no ellos mismos por supuesto) eran ladrones, traficantes y ´bad hombres´. Aunque de ahí a apoyar a un presidente que permitió la separación en la frontera de padres e hijos en distintas celdas, debería haber habido un trecho insuperable.

Por una razón o por otra, el caso es que eso que los demócratas definieron como minoría latina de izquierdas, romantizando la figura de líderes sindicales campesinos como el mejicano César Chavez, cada vez tiene menos soporte real.

Probablemente los latinos se hayan comportado más como el resto de norteamericanos. Los que hayan votado por Biden lo habrán hecho por ser políticamente moderados, por ser mujeres, por tener una educación superior o incluso por ser católicos (Biden será el segundo presidente católico de la historia de Estados Unidos, después de Kennedy) o por ser negros (los negros sí son una minoría política compacta que suele apoyar de forma abrumadora a los candidatos demócratas). Los que hayan votado por Trump lo habrán hecho por ser ricos, por sus valores religiosos radicales (hay muchos hispanos evangélicos) o por considerarse tan blancos y ser tan supremacistas como los blancos sin formación universitaria de origen británico o centroeuropeo. Todo, menos por ser latinos.

Lo cual apunta a un fenómeno imparable: la asimilación de la población que procede de los países del otro lado de la frontera sur de Estados Unidos por parte de la mayoría angloparlante. El español tiene un brillante presente en ese país, con más de 50 millones de hispanoparlantes en la actualidad, pero cada vez se percibe más la asimilación de los descendientes de la primera generación de emigrantes.

Otra cosa diferente es la cultura hispana, que se ha integrado de forma natural en el melting pot estadounidense y está ahí para quedarse, sobre todo en su versión mexicana.

El español también seguirá siendo una segunda lengua privilegiada por los norteamericanos, pero más bien en aras del interés comercial que representa el continente americano en su totalidad que por una identidad política que tiende a difuminarse elección tras elección.

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