12 de noviembre de 2020
12.11.2020
La Opinión de Murcia
Erre (Rock) que erre (and Roll)

El último tren

12.11.2020 | 04:00
El último tren

Teníamos que haber supuesto que nos iba a suceder, ya tuvimos un primer aviso, tan nauseabundo como el que el presidente del festejo advierte al torero para decirle, pañuelo en mano, que el tiempo de su faena se agota. Hemos tenido un segundo, mayúsculo como la luz roja y la barrera que anuncia la venida del tren, pero un tren no frena en seco... Si te saltas ese paso a nivel, eres papilla. Seguramente no haya un tercero, tal vez no corramos la engañosa suerte del matador. Porque como decían Los Enemigos, tras el último no va nadie.

Aparentemente la vida de muchos pasaba lenta, relajada, apacible, imperturbable... Con un trabajo en una mesa de oficina mirando durante horas la pantalla de un ordenador, o en un bar sirviendo cafés y pintxos que hoy se han quedado fríos y ya nadie saboreará hasta no sabemos cuándo.

Y se me viene el alma a los pies cuando hablo con mis amigas y me cuenta Lola que tiene que bajar la persiana de la boutique que inauguró en febrero, cuando tuvo la valentía de dejar su trabajo en el banco y por fin se decidió a vivir de lo que siempre fue su pasión, diseñar ropa y bolsos. Pero nadie compra vestidos de fiesta porque no hay nada que celebrar, ni bolsos de mano, el ratio perimetral de una pedanía no invita a vestirse de gala. Me rompe en pedazos el recuerdo de haber seguido el inestimable trabajo de componer, producir, grabar, maquetar y distribuir un disco, en este caso el más bonito que jamás sonó. Que si en condiciones normales cuesta promocionar, ya no te digo vender, ahora es impensable. Fui participe desde el primer acorde de la realización de Three Chords and the Truth, el flamante LP que mi amigo Pike Cavalero se curró junto a su Banda Bonita. Un disco que salió en marzo y ha sido condenado a no interpretarse ante el respetable, como tantos otros discos, como tantos otros designios.

Tremenda broma nos tenía preparada el destino. Y aún hay quien pensará que cerrar una boutique o tirar la comida perecedera y mandar al paro a los camareros, o no subir a un escenario no es nada comparado a lo que otros están sufriendo, vivir el contagio en su propia carne o experimentar ese sufrimiento a través de un familiar. Y para nada es así.

Me visto cada mañana con un EPI que abrasa la piel, con doble mascarilla que se clava en la cara como las garras de Wolverine, con tres guantes de látex que resblandecen mis manos y las seca como un ripio. Y me visto así para intentar, junto a mis compañeras, calmar el sufrimiento de quien está enfermo o contagiado.

Pero creerme si os cuento que por primera vez ese martirio es comparable al que viven otros, que sin estar en la cama de la UCI de un hospital lo han perdido casi todo, su trabajo, sus metas, su dignidad. Quisiera entender que el que no tiene para alimentar a sus hijos tiene todo el derecho a perder esa dignidad y salir a la calle a gritar que ¡ basta ya!! Porque como pasa en el Amor, el Dolor es subjetivo y mi criterio jamás podrá determinar si el estrés y la tristeza de un hostelero hoy día es menor que la de un usuario de una cama de hospital.

Créanme, no somos nadie para decirle a quien siente que su vida se desmorona : « No es para tanto».

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook