31 de octubre de 2020
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El círculo infernal de la feminización de la pobreza

30.10.2020 | 21:35
El círculo infernal de la feminización de la pobreza

La feminización de la pobreza es una expresión que escuchamos o leemos a menudo en los medios y que se ha convenido en definir como el predominio creciente de las mujeres entre la población empobrecida. El concepto fue acuñado en Estados Unidos en la década de los años 70 del siglo XX y su primera mención fue atribuida a la investigadora Diana Pearce, a raíz de la publicación de su estudio La feminización de la pobreza: mujeres, trabajo y bienestar. A partir de análisis estadísticos comprobó el aumento de los hogares encabezados por mujeres en Estados Unidos y la relación directa con el empobrecimiento de sus condiciones de vida. Analizó las dificultades de las mujeres para obtener ingresos tanto en el mercado de trabajo o como perceptoras de rentas básicas para la subsistencia. Pearce también criticó los programas de ayuda de servicios sociales de aquella época que institucionalizaban la discriminación y la desigualdad, relegando las mujeres a sus hogares.

El concepto de feminización de la pobreza siguió tratándose en el ámbito académico durante los años 80, integrando otros contextos de análisis como la clase, la nacionalidad y la procedencia étnica, mostrando que no solo ser mujer puede ser objeto de discriminación, sino que esta puede ser más implacable aún si la mujer es negra, latina o de clase social humilde.

Durante el llamado primer Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer (1975-1985) se fomentó el discurso mundial sobre los derechos de la mujer, adoptándose en 1979 el tratado de mayor alcance internacional, la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW). Sobre este período, las autoras Deere y León analizaron el papel amortiguador aunque involuntario de las mujeres durante las crisis económicas, puesto que en el diseño de las políticas socioeconómicas la opinión de las mujeres no es requerida ni tenida en cuenta. A las mujeres las políticas les son impuestas, como otras tantas cosas.

A partir de los años 90, el concepto de feminización de la pobreza se generaliza en estudios sociológicos, políticas sociales y documentos sociopolíticos internacionales. La Declaración y Plataforma de Acción de Beijing es el marco integral de promoción de los derechos de las mujeres aprobado en la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer que tuvo lugar en 1995 y de la cual se celebra este año su 25 aniversario. La Declaración asume ya la feminización de la pobreza como concepto definitorio de una situación de desigualdad estructural contra la que hay que luchar.

Más de cuarenta años después queda generalizada la expresión y también su profundo significado: es constatable la persistencia y extensión de la feminización de la pobreza en todo el planeta. La pobreza golpea a las mujeres en mayor medida que a los hombres en cualquier contexto, cualquier país o cualquier continente. Las brechas de género se manifiestan en todos los ámbitos: en el acceso a la educación, a los recursos naturales, a las tierras, al empleo, a los ingresos, a los servicios sanitarios o a los recursos tecnológicos. Los cientos de planes, proyectos, declaraciones o ratificaciones de convenios nacionales, europeos o internacionales no logran derribar los obstáculos que condenan a las mujeres por el hecho de serlo, a la discriminación, la vulnerabilidad, la desigualdad y la exclusión social.

En el ámbito laboral el acceso al empleo, la permanencia y la promoción en el mismo, son difíciles e inestables para las mujeres. La segregación ocupacional mantiene estereotipos sexistas en las profesiones, las contrataciones son abusivas en temporalidad y parcialidad. Los suelos pegajosos dificultan la salida del hogar y la inserción sociolaboral, los techos de cristal limitan el desarrollo de las carreras profesionales. Las mujeres ocupan en el mundo de forma mayoritaria los trabajos que requieren menos cualificación, en sectores precarios en los que son a menudo objeto de explotación laboral siempre en mayor medida que los hombres. El acoso sexual y las discriminaciones por razón de sexo en el ámbito laboral convierten el lugar de trabajo en un infierno. Las mujeres mayores perciben rentas indignas después de llevar toda la vida trabajando cuidando a las personas de su entorno. Las frecuentes salidas y entradas del mercado laboral no generan suficientes cotizaciones para una pensión de jubilación digna. Las actividades de las mujeres en el ámbito de los cuidados, no elegidas libremente sino impuestas secularmente, que han sostenido gratuitamente un sistema capitalista y los privilegios de los hombres, son infravaloradas y menospreciadas socialmente. De paso, estas mujeres empobrecidas y explotadas, además de cuidadoras, son también educadoras de hijas e hijos. Los derechos de las mujeres son siempre cuestionados y peligran a menudo, teniendo que ser algunos de ellos reconquistados. Según la ONU, en el contexto de la pandemia se prevé para el año 2021 que 47 millones de mujeres serán machacadas por la pobreza. Un total de 435 millones de mujeres y niñas vivirán en la extrema pobreza.

La feminización de la pobreza es un círculo infernal que se hará perpetuo mientras la otra mitad de la población pretenda conservar privilegios que discriminen y excluyan a las mujeres. Libertad, igualdad y solidaridad son acordes necesarios para generar relaciones equitativas entre géneros y para luchar de forma cooperativa por un mundo mejor.

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