29 de octubre de 2020
29.10.2020
La Opinión de Murcia
Espacio abierto

Amor de hombres

28.10.2020 | 18:44
Amor de hombres

¿Es el deseo de los hombres hacia otros hombres el gran preservador de las jerarquías masculinistas de la cultura occidental o, por el contrario, una de sus mayores amenazas? Así se interrogaba en 1990 Eve Kosofsky Sedgwick en su ensayo Epistemología del armario, cuando emprende el análisis de ese magnífico relato sobre la homosexualidad que es Billy Bud el gaviero, la nouvelle que Herman Melville dejó inacabada en 1891.

Vamos a intentar dar alguna respuesta a su pregunta aquí.

En Billy Bud el deseo homosexual reprimido de John Claggart hacia el bondadoso y bello Billy lo empuja a acusarlo falsamente de traición, y a que la ira del joven tartamudo y su dificultad para usar las palabras, le conduzca a un desenlace fatal. La paranoia de Claggart, que ve motines donde no los hay, es hija de su represión, advierte Kosofsky. Por otra parte, todos los marineros de la tripulación parecen tener impulsos homoeróticos hacia Billy Bud, aunque ninguno de ellos podría reconocerse en estos impulsos, como es fácil suponer.

Es fácil observar que el interés de la mayoría de los hombres educados en el patriarcado ha sido siempre homosexual, interhombres, pues las mujeres carecemos de valor para ellos, somos mera naturaleza, presencia pura, un objeto de deseo al que ni siquiera, como afirmaba Aristóteles, se le suponía un alma. La universalidad de la homofobia quizás tenga que ver con la represión de este deseo homosexual que el patriarcado ha reprimido y que se ha sido sublimado en la cultura: el amor de los hombres hacia otros hombres se ha convertido en camaradería y reconocimiento entre iguales. La homofobia sirve, pues, para alejar del interior de cada hombre ese deseo homoerótico y convertirlo en fraternidad, en una clara transformación en lo contrario que ya describiera Freud como mecanismo de defensa: la formación reactiva.

Este exclusivo interés que manifiestan unos hombres hacia otros en casi todas las facetas de la vida, algo que podría parecer cosa de otros tiempos, tuvo hace unos pocos años un ejemplo muy comentado en los medios. Se trata de la entrevista que la escritora estadounidense Siri Hustvedt realizó al entonces encumbrado novelista noruego Karl Ove Knausgård, autor de seis novelas de autoficción en las que, mientras contaba minuciosamente su vida, iba mostrando sus preferencias literarias. Cuando Hustvedt le preguntó por qué, entre todos los escritores que citaba en la novela, solo aparecía una mujer, Knausgård le contestó: «No son competencia», lo que en el inglés original sonaba aún más contundente: No competition. 

Las mujeres no somos competencia para los hombres, pues ellos se miden? entre ellos. El patriarcado se sustenta en ese amor de unos hombres hacia otros, en el interés que se despiertan mutuamente desde la infancia. Ellos se leen entre sí, se citan, se encumbran, se eligen, se admiran, compiten, en suma, y nosotras, las mujeres, somos solo las espectadoras de ese combate amistoso. Nuestra liga no es la misma que la suya, porque no nos reconocen como iguales.

Veamos otro ejemplo más reciente. Cuando hace unas semanas Rafa Nadal ganó su decimotercero Roland Garrós, la prensa no se cansó de repetir que Nadal había igualado los veinte Grand Slam de Federer, sin tener en cuenta que la tenista Margaret Court había logrado 24, Serena Williams 23 o Stefanie Graf 22. Pero, a juzgar por ese olvido, está claro que ellas juegan en otra liga que, por fuera de toda lógica, sus hazañas no tienen la misma importancia para el tenis mundial que las de los hombres. ¿Por qué? Si no supiésemos lo que sabemos, si fuésemos alienígenas recién llegados a esta Tierra nuestra, ¿no nos parecería muy sospechoso este ninguneo? ¿acaso el esfuerzo de estas tenistas es menor? ¿no se trata del mismo deporte, de las mismas reglas de juego? El diario deportivo Marca afirmaba en un titular: «Nadal, el mejor de la historia». ¿Dónde están ellas en este recuento? ¿En otro planeta?

Los académicos proponen candidatos masculinos en la Academia española, y en la suiza, que otorga los premios Nobel, salvo escasísimas excepciones, sucede otro tanto; todas las instituciones se reproducen a sí mismas apoyándose en esta fratría homoerótica: los hombres se promocionan porque se aman entre sí, ignorando a las mujeres, que no son interlocutoras para ellos. Ni siquiera la Ilustración nos tuvo en cuenta; ni tampoco la Revolución Francesa, toda la historia de Occidente está preñada de desigualdad porque los hombres se aman entre sí. Algunos hasta se masturban juntos en ritos de paso que van mucho más allá de la adolescencia, violan en manada porque lo que les importa no es la mujer, sino su orgiástico placer homoerótico, sus miradas de reconocimiento mutuo mientras follan, el espectáculo de su deseo promiscuo, en definitiva, su escasamente reprimida pulsión homosexual. ¿Ustedes no han sospechado nunca que el placer de esta violencia sexual en grupo se encuentra, precisamente, en el espejo del otro masculino?

Cuando durante esta pandemia que ha trastocado el mundo se organizan foros donde se pide la opinión de los expertos, la aparición en ellos de alguna mujer es siempre anecdótica. Estamos asistiendo a un retroceso en la igualdad como no ha habido en los últimos años. Un reciente titular de La Voz de Galicia decía: «Las mejores mentes reflexionan desde A Toxa sobre la respuesta a la pandemia». Por fortuna ha sido ampliamente criticado en las redes, ya que de las cuarenta 'mejores mentes' convocadas, solo cuatro eran de mujer. Esta es solo una muestra de lo que nos rodea. Cada vez que las mujeres toman la palabra y la calle, o se incrementan sus cuotas de poder, se levanta una reacción misógina para intentar devolverlas al silencio, al hogar, a la otra liga, tal y como advertía Susan Faludi; la crisis sanitaria es una oportunidad para intentar volver a retirarnos de la esfera pública otra vez.

Digámoslo alto y fuerte: el patriarcado se sostiene porque los hombres no han dejado de mirarse entre ellos, porque, como nuestras hijas jóvenes han observado con agudeza: las mujeres hemos hecho nuestros deberes, nos hemos alfabetizado a pesar de negarnos durante siglos el acceso a la instrucción, hemos vencido resistencias, nos hemos cualificado mejor que ellos; ahora les toca a los hombres hacer su trabajo.

Y su trabajo es titánico: consiste en abrir los ojos y cambiar su forma de observar el mundo, en mirar a las mujeres reconociéndolas con el mismo respeto que reconocen a otros hombres. Se trata de un trabajo difícil porque el campo de batalla es ubicuo e impreciso, tanto que a veces ni ellos mismos pueden localizarlo, y se pierden, se extravían, pues la inconsciencia es un atributo de este amor homoerótico que les une desde la prehistoria, y que deben, de una vez por todas, interrogar.

Volviendo a la segunda opción de la pregunta inicial de Eve Kosofsky, ¿amenaza el deseo de los hombres por otros hombres la jerarquía masculinista?, deseamos sinceramente que así sea, que la revolución de las mujeres haya convertido esa fratría masculina, ese lobby y su ejercicio centrípeto de poder, en una auténtica amenaza que acabe para siempre con la injusta e intolerable dominación masculina.

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