03 de octubre de 2020
03.10.2020
La Opinión de Murcia
Escrito en el agua

Fermor, el viajero incansable

Discutió en las tabernas mientras bebía cerveza y se enamoraba de las mujeres que le servían de hogar

03.10.2020 | 04:00
Fermor, el viajero incansable

Aún no había cumplido los treinta años y Patrick Leigh Fermor ya había recorrido toda Europa a pie, sabía hablar griego clásico y latín, había dormido en los mejores castillos del extinto imperio Austro-Húngaro, había sobrevivido a los bombardeos de la Luftwaffe en Creta, había capturado a un general nazi y había retozado en las sábanas de una princesa. Nació con la estrella propia de un personaje de las novelas de caballerías, pero tuvo la pericia de abrazar los libros como medio de existencia entre las guerras. Fermor no es solo un viajero insaciable, sino también el cronista de un tiempo desaparecido.

Sus libros se encuentran comúnmente en la sección de viajes de las librerías, pero este hecho no desmerece ni un ápice su estilo. Tampoco el contenido de su obra. Quien haya leído a Fermor sabrá que su voz actúa como un reportaje de las costumbres y los tiempos que le han tocado vivir. Entre el presente y el pasado, su acercamiento a los lugares que visita está cargado de reflexión, sin renunciar a la épica. Al leerlos se evoca un mundo que despierta la sinuosidad del verano, pero que invita a la reflexión. No es solamente disfrute, sino también historia y pensamiento. Probablemente mucho más de lo que hubiera imaginado en cada uno de sus viajes.

Cuando aún no había cumplido dieciocho años, decidió abandonar su Londres natal para conocer el mundo más allá de los 'colleges' y las ventanas de estilo gótico. Procedía de una familia aristócrata que pasaba la mayor parte del año en la India, donde administraba negocios. Se fue ligero de equipaje, con apenas una mochila donde guardar un diario y una edición de Las Odas de Horacio. Atravesó toda Europa a pie, desde la costa holandesa hasta Constantinopla. Fermor pertenecía a una de esas sagas de hombres distinguidos que aún tenían la decencia de llamar a la 'segunda Roma' a la manera griega y no Estambul. Melancolía y orgullo, podrán pensar.

Hizo el viaje sin prisas, durmiendo en cabañas, en aldeas devastadas por el invierno y en palacios ilustrados. El gran teatro del mundo se le representaba delante de sus ojos. Era la Navidad de 1933 y Hitler acababa de llegar al poder. Conocer una Alemania embrutecida no fue una tarea fácil, pero Fermor habló con sus gentes. Discutió en las tabernas mientras bebía cerveza y se enamoraba de las mujeres que le servían de hogar. No rehuyó la política. Encontró ciudades exaltadas, rendidas al encanto del totalitarismo. Las cruces gamadas se multiplicaban conforme el Danubio crecía hacia Austria y en todos los casos presintió que lo que se estaba cociendo a fuego lento en Europa era un monstruo terrible que amenazaba con desarmar el edificio.

Lo cuenta en tres libros publicados por RBA que se leen con ternura. Los escribe Fermor cuando ya han pasado más de cuarenta años de aquellos caminos embarrados, pero se apoya en sus diarios (los que no perdió en el camino) y el lector puede tener la certeza de que no hay falsedades premonitorias. Los años treinta alemanes se encierran en el primer volumen, titulado El tiempo de los regalos. Entre los bosques y el agua narra la segunda parte del viaje, por una Centroeuropa que buscaba su identidad tras la desintegración del Imperio Austro-Húngaro. El crisol de pueblos que recorre le hace practicar decenas de lenguas, conocer etnias que creía extintas y aventurarse en la multiplicidad humana como en una selva virgen. El último tramo cuenta la llegada a Constantinopla desde el Mar Negro, un destino anhelado pero que no deja de ser maravilloso.

El aire pestilente de aquella Europa saltaría de las páginas de su diario a su propia vida. Fermor quedó prendado del país que encontró al sur de los Balcanes y que se diseminaba en miles de islas. Viajó de norte a sur por Grecia y allí conoció a Balasha Cantacuceno, una princesa moldava de origen bizantino que le daría un carácter legendario a sus días de vino y rosas. Pero estalló la guerra. Y estaba dispuesto a defender cada palmo de terreno de su felicidad. Lucharía por Grecia y en Creta encontraría su destino.

Participó en el Batalla de Creta. Primero defendiendo la isla de las embestidas de la Luftwaffe y una vez que claudicó la defensa británica, protagonizando una escena más propia del mundo novelesco que de la vida real. Disfrazado de pastor durante dos años para no ser capturado, él mismo organizó y ejecutó la captura del general nazi Heinrich Kreipe en 1944, ayudando a devolver la isla a sus pobladores.

Pero el flechazo con Grecia ya se había materializado. Aunque pasó la posguerra viajando por el Caribe y otras latitudes alejadas, volvería al país helénico para pasar el resto de sus días. Produjo allí sus obras más brillantes, donde alcanza un estilo más reflexivo. Su libro más maduro es Mani. Viajes por el sur del Peloponeso (Acantilado), y a pesar de lo indicado en el título, trasciende la literatura de viajes. Al menos no solo eso. Fermor nos descubre la península de Mani, una de las regiones más tradicionales de toda Europa. Habla de una Grecia emparentada con Homero pero lo suficientemente original para seguir su propio destino. No es un conjunto de mitos olímpicos, sino las costumbres de unos hombres tan viejos como la tierra que pisan. Combinan rezos ortodoxos con luchas de clanes familiares enquistadas durante cinco siglos. Un territorio violento y hermoso, donde se bebe vino y a las mujeres se las rapta antes de desposarlas. Es una sociedad extinta, pero Fermor encuentra las cenizas aún ardientes. Él escribe el epílogo antes de que la modernidad arrase con el mundo de las tradiciones, incomprensible para nuestros ojos, más lejano aún que el de las murallas de Troya.

Hace diez años que Patrick Leigh Fermor murió. Dejó sus libros como un legado poco conocido en España. Habló de países que estaban a punto de morir y que iban a ser arrollados por la historia. Y lo hizo de una forma elegante. Fue algo más que un testigo. Vivió los hechos que describió. Sobrevivió a ellos y los dejó para que los lectores supiesen que todas aquellas historias eran ciertas.

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