26 de septiembre de 2020
26.09.2020
La Opinión de Murcia
Escrito en el agua

¿Escuchan ya la Marcha Radetzky?

Fue una época de gran optimismo y de ideales férreos. Nadie hubiese dicho en la primavera de 1914 que Europa estallaría en llamas

26.09.2020 | 04:00
¿Escuchan ya la Marcha Radetzky?

Joseph Roth fue testigo del desmembramiento de un mundo y murió días antes de que la destrucción acabara con otro. Se asomó al balcón de la historia, en sus últimos días de vida, con una botella pegada a los labios, en un hospital a las afueras de París, la ciudad que recogió a tantos exiliados del nazismo y que no pudo parar su avance. Alcoholizado sin remedio, había perdido la esperanza del todo. En los últimos años había cambiado de país más de media docena de veces, perseguido por la intolerancia, acuciado por el exterminio de las ideas que imponía la Alemania Nazi (muy pronto también llegaría el de las personas) y con una maleta llena de artículos donde ya advertía, desde hacía años, que el peligro existía y tenía los dientes del nacionalismo.

'Nacionalismo' era un término líquido para una persona como Joseph Roth, nacido en Galitzia, una región perteneciente al Imperio Austro-Húngaro fronteriza con la Rusia de los zares que hoy queda dividida entre Polonia y Ucrania. Allí residía una de las poblaciones judías más numerosas de toda Europa. Fue la primera en advertir que el antisemitismo no era una cuestión de tiempos pasados y que el siglo XX ya había provocado pogromos sobre la población judía. Un mero anticipo de lo que estaba por llegar. Roth era judío, intransigente con la intolerancia y defensor de la libertad. Paradigma de su tiempo, un escritor judío nacido en Ucrania que utilizaba el alemán como vehículo de expresión y defensa de sus ideas. Una presa fácil.

Pocos retratos tan vivos del cosmopolitismo que nuestro mundo cree haber descubierto se encuentran en sus crónicas, recogidas en Años de hotel (Acantilado). Leyendo a Roth uno rescata al instante una Europa sin pasaportes, alojada en hoteles de Italia, Alemania y Francia y donde se combinan los idiomas y el entendimiento. Un continente estructurado en las líneas del ferrocarril y que compartía un pasado común, un futuro igual de peligroso. La Europa que pudo ser la engulló el agujero de la infamia por culpa de los nacionalismos y su versión radical, el totalitarismo. Y dentro de ese habitáculo no había espacio para un hombre de convicciones firmes y escritura decidida.

Roth fue el periodista total, que retrató a través de sus artículos la tambaleante década de los veinte. Que vivió el florecer de Viena como la capital de la cultura europea, donde se conjugaba la música clásica, el psicoanálisis y las primeras vanguardias impulsadas por Gustav Klimt. Un mundo extravagante que encontró sus límites en el terror de los años treinta. En la deshumanización de las ideas y las represalias de una guerra acabada en falso en el Tratado de Versalles. Su correspondencia con Zweig es un canto a la sensatez en medio de una sociedad delirante que se dirige al precipicio.

Ese ambiente es el que recrea La Marcha Radetzky. Es la novela que culmina una serie de obras decimonónicas sobre un héroe fuera de lugar. El final de las sagas familiares, devoradas por un tiempo nuevo y al que no saben adaptarse, a la manera de La Cartuja de Parma de Stendhal o El gran Meaulnes de Alain-Fournier. Casi un príncipe de Salina, como escribiera Lampedusa en El Gatopardo, el hijo del barón Trotta de Roth es un hombre inadaptado, ajeno a los conflictos bélicos y políticos que le rodean, un símbolo de una generación que se encaminaba hacia el desastre y que se dedicaba a comer pasteles y a escuchar La marcha Radetzky de Strauss en la Ópera de Viena. El abuelo del protagonista había salvado al mismísimo emperador Francisco José en Solferino, mientras que su nieto bostezaba en los casinos de Moravia y se metía en la cama de las damas de la corte, esperando a que los rusos no aparecieran por el horizonte.

La Marcha Radetzky es un homenaje a un imperio de mil años desaparecido en un lustro, desde el disparo de Gavrilo Princip en Sarajevo hasta el salón de Versalles. Pero no es una novela vacua. Es la historia personal de un hombre que nació en la familia equivocada, incapaz de cumplir las aspiraciones de su apellido y que se sentía extranjero en todas partes, salvo en las tabernas, despojado de su uniforme. Es la condena de una generación de europeos que se vio arrastrada hacia las trincheras y que vería, veinte años después, cómo sus hijos volvían a la guerra, esta vez sin caballería, pero con tanques.

En los últimos tiempos en España se ha producido un interés creciente sobre el final del Imperio Austro-Húngaro. Editoriales como Acantilado, Alba Clásica y Galaxia Guttenberg han contribuido con ediciones impecables de la obra de Roth, Stefan Zweig y ensayos como Sonámbulos, sobre los orígenes de la Primera Guerra Mundial. La fascinación por el Imperio tiene que ver con la asimilación de nuestro presente. Nosotros, al igual que los hombres y mujeres de principios del siglo XX, tenemos en nuestras manos el progreso de la ciencia y la técnica. Fue una época de gran optimismo y de ideales férreos. Nadie hubiese dicho en la primavera de 1914 que Europa estallaría en llamas. El hijo del barón Trotta gastaba su sueldo en la ruleta y los campesinos de la región vivían al margen de la historia, subyugados en todas las épocas. Nosotros, los protagonistas del siglo XXI, también vivimos un periodo de decadencia, justo en el momento en el que lo tenemos todo y parece que ningún mal puede venir a destruir nuestras democracias liberales.

La culminación de esta gran novela es La cripta de los Capuchinos, que hace referencia al mausoleo donde están enterrados los Habsburgos. Es la continuación de la historia de los Trotta, hasta la anexión de Austria al Tercer Reich, hecho que provocó una nueva huida de Roth. El intelectual austriaco fue testigo de aquellos años en los que, entre una guerra y otra, Europa contuvo la respiración. Joseph Roth no se escondió durante esos años y escribió con la virtud del justo, sin dejarse ni una coma en el tintero. Al contrario que el hijo del barón Trotta, no se sumió en el letargo y luchó contra el mundo que le rodeó. Roth acabó sus días en un hospital de París, pareciéndose demasiado a aquel personaje de Canetti en Auto de fe, devorado por las llamas de la intolerancia. Leer a Roth no nos inmunizará frente a los males presentes, pero sí nos ayudará a entenderlos. ¿Acaso no escuchan ya la Marcha Radetzky de fondo?

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