16 de septiembre de 2020
16.09.2020
La Opinión de Murcia
Pasado a limpio

La ley despreciada

15.09.2020 | 20:46
La ley despreciada

La Comunidad autónoma de Murcia impone restricciones y limitaciones de libertades públicas y derechos fundamentales que sólo pueden establecerse en los 'estados de Alarma, Excepción y Sitio' por el Gobierno del Estado o por el Congreso, según el caso. En ninguno por un Gobierno autonómico y mucho menos por una norma reglamentaria, como es la orden de un consejero, cuando tales derechos tienen una reserva de ley establecida en el 53 de la Constitución, de manera que sólo por ley „que ha de ser orgánica, según el artículo 81„ pueden regularse, suspenderse, limitarse o modularse. Las órdenes del consejero de Salud son manifiestamente inconstitucionales. Para salvar la incompetencia, piden autorización judicial, pero el magistrado Miñarro, con buen criterio, además de lo anterior, señala que las medidas son manifiestamente desproporcionadas. El Gobierno regional, impasible al desaliento, dice que siguen en vigor. Entonces, ¿para qué piden la ratificación judicial?

Las leyes civiles permiten la adopción de medidas cautelares que impliquen el cese provisional de actividades, la prohibición de determinadas conductas o el internamiento de enfermos no incapacitados, en cualquier caso referidas a personas concretas, nunca generalizadas. Antes que aprobar medidas limitativas de libertades indiscriminadas respaldadas por multas coercitivas sería mucho más sencillo y justo pedir autorización al juez para el control de los positivos a la enfermedad, de manera que su transgresión podría constituir un delito de desobediencia.

Los espartanos eran enemigos declarados de la democracia, sin embargo, tenían leyes, la Gran Retra, comúnmente conocida como Constitución de Licurgo, considerada eunomia, la buena ley. Establecía la igualdad entre los espartanos „lo que no impedía esclavizar a los extranjeros„ y un sistema de contrapesos del poder, basado en una diarquía, sometida al control de los éforos y al consejo de ancianos de la gerusia. El pueblo tenía también su asamblea, la apella. La ley era tan rigurosa que les impidió desplazar sus hoplitas a Maratón, de manera que los atenienses se llevaron la gloria, hasta la batalla de las Termópilas, donde los trescientos de Leónidas murieron por las libertades de la Hélade.

Mis estudios de Derecho no fueron precisamente vocacionales, sino una suerte de descarte pragmático, como muchos otros compañeros. No podían serlo porque, como ahora, ningún estudiante de Secundaria sabe por currículum qué es y para qué sirve el Derecho. En mi caso, sufrí un proceso singular: la omisión de la ley y la sacralización del reglamento, un mal generalizado en la Administración pública, que no aplica la ley, sino el reglamento que supuestamente la desarrolla y ejecuta, pero que con frecuencia se excede en la regulación legal y, a veces, manifiestamente la contradice. Frustrado mi intento de estudiar en la Complutense, porque me aplicaban un Decreto franquista de ordenación de distritos universitarios contrario a la Ley de Reforma Universitaria que establecía como derecho la elección de universidad, me decidí por el Derecho para no volver a ser injustamente tratado, ¡qué ingenuidad! Podría poner ejemplos de más lustre, incluido el reglamento que hacía recaer sobre los consumidores el pago del Impuesto sobre Actos Jurídicos Documentados, contrario a la Ley del impuesto.

Durante la carrera tuve oportunidad de conocer la idea de la ley que tenían mis profesores de la Facultad, algunos de ellos de convicciones poco democráticas; empero todos tenían algo en común: el respeto por la ley. Todo Estado tiene sus leyes; la democracia las tiene, pero también la dictadura. La una, para dignificar al ciudadano; la otra, para someterlo. En cualquiera de los casos, la ley es herramienta necesaria del Estado para regular un orden social. Incluso una sociedad sin Estado ha de tener ley, escrita o no, una norma social y moral útil también para la solución de conflictos.

En otra dimensión tan distinta como distante, la ley sirve para conocerse a sí mismo, pues es regla de conducta, de manera que el buen ciudadano la cumple, aunque sea injusta. Apreciamos esta concepción filosófica, bellamente narrada por Platón en su Apología de Sócrates, cuando éste rehusa la ayuda de sus discípulos para escapar de la ejecución, pues siendo la ley una norma de conducta moral, el buen ciudadano no puede renunciar a su imposición por muy equivocada que sea. Antístines, discípulo del maestro de la 'mayéutica', fundó la escuela cínica, de la que fue Diógenes su parangón, una rebelión frente a la injusticia y la hipócrita sociedad que la sustenta. La otra acción contestataria es la revolución, cambiar la ley por métodos ilegales, generalmente violentos, mas no del todo ilegítima, pues la Escolástica admite el tiranicidio como una apelación o recurso a la ley divina, a un orden universal que se plasma en nuestra sociedad laica en la promulgación de los derechos humanos.

El aforismo inscrito en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos, «conócete a ti mismo», puede servir para el individuo y para la polis. Di qué ley tienes y el oráculo descubrirá la sociedad que habitas. Según como se dicte la ley, será su gobierno justo o arbitrario. En esta tesitura, aquellos gobiernos que recurren con frecuencia al decreto-ley demuestran su mínimo espíritu democrático al utilizar una vía excepcional para solventar problemas ordinarios.

Nuestro Gobierno regional demuestra en esta pandemia su tendencia a la arbitrariedad y al abuso de poder. Ciertamente no es exclusiva de Murcia, pues advertimos similares desvaríos en otros Gobiernos autonómicos. Lo que resulta paradigmático en López Miras es el empecinamiento en su incompetencia y la perseverancia ante la adversidad de una resolución judicial, que manifiestamente arroja a la papelera, donde ya reposa la ley y la mismísima Constitución.

Gobernar un reino sin rey es propio de la república, pero ésta no llega ni a bananera cuando se hace sin la ley. Así que nuestra región se parece a Bandar-Log, el pueblo mono del Libro de la Selva que no tiene ley, del que huye Mowgli cuando comprende el verdadero valor de las leyes, pues hasta la jungla tiene las suyas.

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