Me había propuesto, esta temporada, no hablar de política, ni de nada que pueda herir sentimientos de quien piense de otra manera al respecto de cualquier cosa. Sin embargo, he pensado que esto no es política. No discuto que es un fregado bueno. Pero no estaríamos hablando de esto si verdaderamente tuviéramos políticos y no politicuchos. Si tuviéramos hombres de Estado y no simplones temerosos de encuestas. Bueno, quizá estaríamos igual que estamos. Es verdad. Es que tengo la sensación de que esta pandemia les queda grande a nuestros políticos. Da igual el signo. No discuto que esto es Moby Dick. Pero me alucina que quien ha tenido que sacar adelante su negocio, se las haya ingeniado para seguir, y quienes tienen que sacarnos adelante a todos todavía no saben ni por dónde empezar.

Hablo de si el cole debe empezar ya o si eso de que el cole empieza el próximo lunes es un eslogan que va a durar hasta la primavera. Yo defiendo que el cole empiece. Uf, ya lo he soltado. No soy negacionista, y sé que hay una pandemia capaz de diezmar a la población, como predijo el doctor Cavadas. Paso todo el tiempo que puedo confinada, y claro que tengo miedo. Pero los niños llevan desde marzo sin ir al cole.

Los niños necesitan volver a una vida normal. Puede que la mascarilla, el patio parcelado por clases, y los turnos de comedor no hagan la vuelta muy normal que digamos. Pero defiendo que hay que seguir como se pueda. Que hay que volver.

Porque el colegio enseña muchas cosas, no sólo mates o ciencias. En esta situación pandémica deberíamos ayudarles a saltar este obstáculo. Se encontrarán muchos a lo largo de su vida. Imagínate (Dios no lo quiera) que fuese sólo tu hijo el que estuviera enfermo, y hubiera estado aislado desde marzo ¿No intentarías que volviera al colegio, a relacionarse con sus compañeros, a retomar su vida? ¿No verías positivo que aprendiera a vivir con sus circunstancias?

Prácticamente todos los colectivos (salvo los funcionarios, ahí lo dejo) han adaptado sus instalaciones y horarios a esta nueva circunstancia. Habrá que adaptar igualmente los colegios. La solución no es abandonar a los niños y que se queden en casa, sino enseñarles a enfrentarse razonablemente a ese peligro, concienciándoles de la posibilidad real del contagio. Porque si se inventaron los abrigos fue para poder salir, aunque hiciera frío. De haberse seguido el criterio de sólo pisar en lo seguro, nunca se habría descubierto América, ni Fleming habría inventado la penicilina.

Defiendo adaptarse o morir. Nunca mejor dicho. La opción de esperar un milagro mirando por la ventana no me parece de recibo. No sabemos cuánto va a durar la pandemia ni cuándo va a llegar la vacuna. Mientras tanto, ¿qué le vamos a enseñar a los niños? ¿que alguien vestido de rojo, con barba blanca, traerá mañana la vacuna? ¿o que un ratoncito se llevará el virus y dejará bajo la almohada una monedita?

Hace unos días ha sido el aniversario de la llegada de Elcano a Sanlúcar de Barrameda, con lo que quedaba de la expedición de Magallanes alrededor del mundo. Una gesta muy por encima de la seguridad que ofrecía el viaje. De hecho, para unirse a la tripulación, Magallanes sólo convenció a pobres desgraciados, a los que tuvo que pagar el viaje por adelantado. Y la travesía no se hizo por gusto de comprobar si se podía dar la vuelta al mundo. El riesgo era demasiado elevado como para pensar en descubrimientos románticos. La opción del viaje, arriesgadísima, se tomó porque el Tratado de Tordesillas, que dividió el mundo conocido entre Portugal y España, dejó las rutas comerciales en el lado portugués. Y la única forma, para España, de llegar a las Indias, donde estaban las especias más valiosas, era inventarse otro modo de llegar allí. Imagínate que Carlos I hubiera renunciado a buscar otras rutas comerciales o hubiera esperado a que alguien las inventase.

Es triste reconocerlo así, pero no tenemos a ningún Carlos I que organice la vuelta al cole. Donde otros tenían que haber puesto más soluciones y menos improvisación, nos toca a los padres, y a los colegios, poner ingenio, audacia y valor. Pero no hablemos de política. Manos a la obra con nuestras solas fuerzas. Mucho ánimo y muchísimo cuidado.