El azar me trae, más de un año después, un artículo publicado con motivo de las entonces inminentes elecciones al Parlamento Europeo, en el que los ocho directores de la Alianza de Periódicos Líderes en Europa (LENA) llamaban a proteger el proyecto comunitario con argumentos como que «la unidad europea [€] es, por encima de todo, un milagro de la historia» (Carlo Verdelli, de La Repubblica); o «el mayor espacio de progreso, prosperidad, cooperación y justicia que ha generado la humanidad» (Soledad Gallego-Díaz, de El País).

A muchos les sorprenderá si ahora digo —incluso tras la reciente aprobación del Fondo de Recuperación para el coronavirus— que a la pregunta expresada en su titular, «¿Debemos salvar la UE?», mi respuesta es claramente no. Esta Europa es cualquier cosa menos lo que soñó el joven veinteañero que yo era cuando entramos a formar parte de ella en 1986, y me produce sonrojo y estupor leer algunas de las opiniones expresadas en este reportaje, lamentables por su falsa y absurda grandilocuencia).

Esta Europa se ha construido desde arriba, sin participación —ni interés en que la haya— de los ciudadanos, a los que se llama a votar un Parlamento carente de la capacidad fundamental que en teoría política los define: la legislativa. Las decisiones las toman, en realidad, una Comisión —cuyo presidente y miembros tampoco votamos, ni siquiera indirectamente, a través de los parlamentarios electos— y los jefes de Estado o de Gobierno en razón de su poder fáctico real. Para hacer el cuento corto: lo que decidieron (¿los gobernantes europeos? ¿el FMI? ¿los 'mercados'...?) construir fue una Europa por y para la minoría conocida como 'clase media acomodada'.

Mediada la primera década del siglo XXI, los más acomodados percibieron el crecimiento excesivo de esa 'clase media', y resultó obvia para ellos la necesidad de una 'solución diluvio': una crisis global que empobreciese a un amplio porcentaje de esos 'asimilados' a la clase dominante, y de la que se derivase la 'necesidad' de recortar drásticamente las partidas de presupuesto destinadas a educación, sanidad, etc., parcelas que el neoliberalismo no considera derechos de los ciudadanos/as, sino servicios a los que sólo deben acceder quienes dispongan de recursos para pagarlos.

En la base de esta Unión Europea, desde Maastricht, está la defensa e imposición de ese neoliberalismo como única opción económica 'democrática' posible, así como la entrega paulatina del Estado del Bienestar a poderes económicos participados en su mayoría por capital no europeo.

Y por lo demás, Europa hoy es nada frente a Rusia, los USA y China, que intervienen aquí y allá con políticas de hechos consumados sin que la ridícula UE sea capaz de articular a tiempo respuesta o argumento alguno en contra.