Hace unos años, a un encargado de personal le cayó la del pulpo por escribir comentarios despectivos, algunos racistas y otros machistas, en los currículums de los candidatos a los que entrevistaba. Algún descuido, quizá intencionado, hizo que esos papeles llegaran al contenedor íntegros, sin triturar, y una oportuna ráfaga de aire dejó al descubierto los defectos de los candidatos, y la nula sensibilidad de aquel sujeto. De una, decía, «tiene hijos pequeños»; de otro, que era «moreno café con leche», y así había para todos los gustos, con el rasgo común del desprecio por el ser humano, y la discriminación caprichosa por los motivos más variados.

Pero no sólo se discrimina en los trabajos, o por ser negro. Estamos machacados con el feminismo y el color de la piel (que no son poca cosa), pero hay otras discriminaciones, silenciosas y sutiles, como la que venimos sufriendo las familias de la educación concertada y las de necesidades especiales.

Hace poco hemos celebrado el cuarenta aniversario de nuestra Constitución. Costó mucho (me puedo hacer una idea) plasmar en un solo texto los anhelos y aspiraciones de todos los colores y de todas las regiones.

Con las Comunidades Autónomas se llegó a la solución del 'café para todos': Comunidades autónomas para todo el mundo, no sólo las históricas. Y un listado de competencias que podían irse transfiriendo, en función del grado de autonomía que se quisiera alcanzar. Tienes que reconocerme que quien ideó esto era un fiera. Aunque probablemente lo copiaría de algún otro modelo exterior.

Con la educación no tuvimos esa suerte. Se reconoce el derecho de los padres a educar como queramos a nuestros hijos, mejor dicho, de acuerdo con nuestras convicciones. Y además, gratuitamente durante la educación básica. Si continuamos el símil de las Comunidades autónomas, se garantizó que habría café, leche y, si quieres, azúcar.

Ya lo sé, crees que me lo estoy inventando, pero me he repasado la Constitución, por si eran imaginaciones mías, y eso sale. No en letras de oro, pero sale. En el artículo veintisiete dice que «los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones. La enseñanza básica es obligatoria y gratuita». Entonces, ¿por qué los colegios religiosos tienen que ser pagados por los padres?

Hasta ahora, este yugo lo hemos ido aceptando con santa mansedumbre. Muchos padres de la concertada fuimos también alumnos, y sabíamos por nuestra propia experiencia que los colegios religiosos públicos eran lo que no había visto la novia el día de la boda: bonitas promesas que nunca llegarían.

Pero ha llegado el día de la verdad. La pandemia obliga a mantener distancias de seguridad, a ampliar espacios, duplicar clases, cambiar el formato de libros; traducido en datos reales, es dinero a mansalva. Y ahora es cuando nosotros preguntamos eso de aquí cuándo se habla de mi libro.

Hasta ahora, los diferentes Gobiernos (porque ninguno de los que ha pasado ha transformado la educación concertada en gratuita) se han encontrado con un colectivo que, por su propia naturaleza, es poco reivindicativo y dócil. Las familias que elegimos educación religiosa, y las que tienen necesidades especiales, estamos hechos de una pasta en la que abundan la paciencia y la capacidad de soporte.

Y cuando hemos asomado el morrete nos despachan con eso de que la educación concertada es de ricos. Me quedé muerta cuando me lo contó mi tía Pili. Y no está la solución en que elijamos si queremos cole gratis o cole religioso: no hay tantas plazas de colegios públicos como número de alumnos. Así que toca resistir.

En mi opinión, decir que hay una educación de ricos me parece una aberración. Y traer a ese terreno, que debería ser sagrado, la lucha de clases, me parece peligroso.

Así que he rescatado del viejo diccionario de psicología el término educación: «El arte de persuadir al individuo en la adquisición de virtudes y en el dominio de pasiones, ayudándole a potenciar sus valores en la perspectiva del hombre que será, y acompañándole en la consecución de sus metas, sin alterar su naturaleza ni sus intereses». En esta tarea titánica, de paulatina modelación y pulimiento del individuo no hay una versión para ricos y otra para pobres. Porque dar una buena educación no tiene precio. Y ojalá pudiera comprarse. Así que los padres que creemos en las virtudes de la educación religiosa, y los que tienen necesidades especiales, aceptaremos sumisamente la discriminación de tener que pagar por ello. Es lo que hemos hecho siempre. Dios proveerá y por algún lado saldremos. Y estos de la educación para ricos, quedarán como lo que son. Charlatanes.