01 de julio de 2020
01.07.2020
La Opinión de Murcia
Renglones torcidos

Emboscada a las puertas del futuro

01.07.2020 | 04:00
Emboscada a las puertas del futuro

"De la catástrofe saldremos todos juntos, mejores y más fuertes". Regados continuamente por semejantes mensajes optimistas de aliento, el discurso oficialista mantiene la retórica triunfal del progreso sostenible. Cuanto mayor es el peligro de los nuevos escenarios con más ciega obstinación se repiten fórmulas y modelos que la realidad ha demostrado ya ineficaces y perjudiciales.

La tecnología sería clave, por ejemplo, para la educación en aquellos escenarios no presenciales. Sin embargo, lo único cierto es que la brecha digital y la brecha social van de la mano y se nutren mutuamente. Se dice que la última pandemia nos ha llevado a disfrutar mejor de la esfera privada, a valorar más el ocio en familia y las virtudes de las pequeñas cosas. Bien puede ser cierto que el confinamiento haya apagado el ajetreo y haya propiciado oportunidades de recogimiento y reflexión donde antes solo había ruido. Pero que la gran preocupación para muchos fuera llenar el tiempo ya es de por sí triste y deprimente, máxime cuando frente a esta típica penalidad de clase acomodada e iletrada, surge la preocupación mucho más dramática de llenar no el tiempo sino el estómago. Las llamadas colas del hambre muestran con espantosa claridad el surgimiento de una nueva clase social de pobres de origen nacional, no asociada necesariamente a la migración y formada por trabajadores despedidos y depauperados.

La obsesión por recuperar el modo de vida y régimen económico que precisamente mayores daños han causado al ecosistema y a la sociedad es muestra evidente de la ceguera que nos aqueja. Así resulta prioritario restaurar la actividad turística como si con ella la recuperación estuviera garantizada. Si la mano del hombre puede contaminar y destruir los espacios naturales, la misma mano del hombre podrá, previa inversión económica y técnica, siempre a través de pura ingeniería, restaurar el medioambiente, devolverlo a su estado anterior y poder integrarlo de nuevo en un régimen económico para que continúe siendo productivo; su capacidad de crear riqueza es, finalmente, la razón de su existencia y el único motivo por el que debe ser salvado. Ley que rige igualmente para los seres humanos, tolerados en cuanto productivos, hasta que son pobres o viejos, para ser retirados de la vista cuando sean ineficientes y caros.

Estas son las falacias con las que los líderes globales, asistidos por sus cómplices necesarios, los dirigentes nacionales y regionales, nos llevan a las fauces del abismo.

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