12 de junio de 2020
12.06.2020
La Opinión de Murcia
Escrito en el agua

Maalouf. El naufragio de las civilizaciones

Desde los albores de la historia hasta la última Intifada, el Levante Mediterráneo ha conocido épocas brillantes y miserables, ha sido el centro de luz para Occidente y se ha dejado moldear por la fuerza de todas las culturas

12.06.2020 | 04:00
Maalouf. El naufragio de las civilizaciones

En la fachada de una casa de Heliópolis, cerca de El Cairo, había una imagen de Santa Teresa traída de Italia. Son los años cincuenta y Egipto es una país vivo que combina la fuerza de su historia con la esperanza en un futuro prometedor. En sus ciudades se habla árabe, inglés y francés. En la costa también se escucha el griego. Los egipcios acuden a la universidad, hombres y mujeres. Llenan las cafeterías, los cuerpos se exhiben en las playas y al lado de los minaretes suenan las campanas anunciando la misa de las ocho. Aquel 'paraíso cultural' fue la patria de los abuelos de Amin Maalouf. ¿Pero en qué momento despareció todo?

Es la pregunta que intenta responder el escritor libanés en El naufragio de las civilizaciones (Alianza Editorial), publicado recientemente. No hay lugar en el mundo que haya generado más conflicto que Oriente Próximo. Desde los albores de la historia hasta la última Intifada, el Levante Mediterráneo ha conocido épocas brillantes y miserables, ha sido el centro de luz para Occidente y se ha dejado moldear por la fuerza de todas las culturas. Durante milenios, han convivido, como un mineral de múltiples prismas, cristianos ortodoxos, católicos, armenios, maronitas, musulmanes suníes y chiíes, judíos y librepensadores, personas para las que no hay más patria y Dios que el conocimiento. En esta última categoría encaja Amin Maalouf, el hombre que ha sido capaz de encontrar la templanza en una casa en llamas.

Porque Oriente Próximo lleva muchos años ardiendo. Hermoso y decadente, con cada nueva guerra una parte de su estructura se va debilitando. Por eso resulta difícil no confundir el territorio con el personaje. La historia de Maalouf es la tragedia del Levante. Nacido en una familia católica, de padre libanés y madre egipcia, por sus venas corren los ancestros que vieron la media luna llegar a Constantinopla. Su mundo fue el paradigma de una cultura elevada a la luz de todos los puertos: el de Alejandría. El Egipto de sus abuelos, donde él pasaba los veranos, era un país alejado de radicalismos. En la Alejandría de principios de siglo XX paseaban Kavafis, Ungaretti, Durrell y una pléyade de poetas árabes. Y la inercia cultural se extendía a otras ciudades fuera de Egipto: su Beirut natal, convertida en un paradigma de conciliación entre religiones. O Trípoli y Alepo, ciudades hoy destruidas, donde reina la barbarie. Como en Bagdad y Mosul, desde Odesa a Sarajevo.

Crisoles de culturas castigadas una y otra vez por las guerras y el empecinamiento del hombre por retorcer una y otra vez una historia perversa.
El libro de Maalouf no es un ajuste de cuentas. Es una explicación benévola y justa de su pasado, que es el devenir del Levante como un punto de no retorno de posturas enfrentadas. El autor libanés es ecuánime y deja a un lado sus motivaciones personales. Alaba a Nasser, el líder egipcio que expulsó a su familia de El Cairo, como un buen político que supo desligarse de la telaraña colonial en la que estaba sumido el país. Pero también lo culpabiliza de convertirse en un dictador y dejar pasar una oportunidad histórica de modernizar Egipto. Hoy el país sufre la islamización radical de sus instituciones. Y Maalouf lo ejemplifica con un discurso de Nasser en la Universidad. Son los años cincuenta y el político hace reír a un auditorio lleno de mujeres con la última ocurrencia de 'los hermanos musulmanes', que le pedían imponer el velo obligatorio. Pasear por El Cairo hoy es estremecedor después de escuchar a Nasser.

También mira hacia los demás países. La radicalización extrema del mundo árabe solamente trajo empobrecimiento y brutalidad. Sucedió en Siria y en Irán, tras la revolución de los Ayatolás. Maalouf, árabe de familia maronita, vivió en el país más polarizado de todos: el Líbano. Una tierra de equilibrios, con buena parte de la población cristiana y chií, con núcleos suníes. Un balance de fuerzas que muchas veces se ha roto, como los espejos que caen al suelo. Y luego el factor israelí, tan decisivo en el asentamiento del extremismo islámico. Habla de la Guerra de los Seis Días, donde Israel borró de un plumazo la resistencia de todos los países árabes y se erigió como una potencia de primer orden, no solamente en el Levante, sino en todo el mundo. Desde ese momento, Israel ocuparía la franja de Gaza y los palestinos, refugiados primero en Jordania y después en el Líbano, se radicalizarían hasta abrazar el terrorismo. Un incendio imparable tras las matanzas de Sabra y Chatila, con la condescendencia de Ariel Sharon. Unas llamas que rebosan las fronteras tras la llegada de Bush a Afganistán e Irak y que Obama solo supo rociar de queroseno en Siria.

En efecto, el Oriente Próximo por el que se duele El naufragio de las civilizaciones queda lejos de las cafeterías con puertos abiertos a todas las ideas. Y a pesar de ser un libro apasionante, resulta una obra fallida, donde el lector queda atrapado en una maraña de historia por contar, a medio camino entre la crónica familiar y la condescendencia histórica.

Sin embargo, no hay escritor proveniente del mundo árabe que haya reflexionado con tanta lucidez sobre el Oriente Próximo como lo ha hecho Amin Maalouf. Las Cruzadas vistas por los árabes es la mejor prueba de ello. Su nuevo libro, por momentos, recupera la viveza de 'aquella cruzadas', pero con políticos y personajes que el lector ha visto por televisión o que han llenado portadas de periódicos. Hay, tal vez, un rayo de esperanza para Oriente Próximo, como describe el propio Maalouf: la casa de aquel señor de Heliopolis que en los años cincuenta se mostraba con una imagen de Santa Teresa. A pesar de la zozobra de la historia, aún se mantiene, luciendo en la fachada. Imponiéndose a los radicalismos. Porque hasta que no se sumerja la punta más alta del mástil, el barco no ha naufragado.

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