31 de mayo de 2020
31.05.2020
La Opinión de Murcia
Pasado a limpio
Vocinglerío

El revés y el derecho

"Para entender cómo funciona una democracia como la nuestra no ayuda la escasa madurez de políticos que parecen salidos del patio de un colegio, periodistas al servicio de intereses editoriales y muchos ciudadanos que debiéramos conocer nuestra instituciones y sus principios"

30.05.2020 | 20:31
El revés y el derecho

No hay amor por la vida,

sin desesperación por la vida


Algunos hábitos del Congreso pueden parecer extraños a los neófitos, incluso turbadores para los gregarios. A finales de los 70, la crónica parlamentaria hacía frecuente referencia al Salón de los Pasos Perdidos como un lugar de encuentro, de reuniones, pero también de pactos y acuerdos entre distintas formaciones. Los diputados trocaban la enconada confrontación en exquisita cordialidad según se trasladaran del Salón de Plenos al de Conferencias.

La última de las prórrogas del estado de alarma necesitó mucho pasillo, buenos corredores y algunos pasos perdidos. La vocinglería mediática posterior alarma más que la pandemia. El pacto entre los portavoces de PSOE, Podemos y Bildu, seguido de la matización del primer partido del Gobierno, las declaraciones de Iglesias y los rifirrafes ministeriales traslucen mucha descoordinación, poco oficio y nada de finura. Para entender cómo funciona una democracia como la nuestra no ayuda la escasa madurez de políticos que parecen salidos del patio de un colegio, periodistas al servicio de intereses editoriales y muchos ciudadanos que debiéramos conocer nuestra instituciones y sus principios. Probemos a desbrozar la maleza para saber si nuestro patio es un jardín o definitivamente una selva:


1. El principio de división de poderes requiere la independencia del Legislativo y el Ejecutivo, no digamos el Judicial. El primero hace las leyes y controla la acción del gobierno y el segundo dirige la administración civil y militar, organiza los servicios públicos y determina las políticas a seguir. No debiera sorprendernos que los grupos parlamentarios actúen sin la supervisión del poder Ejecutivo, salvo que aceptemos de una vez y para siempre que el poder reside en los partidos, pero entonces tendremos que cambiar el nombre de democracia.


2. El mandato representativo de los diputados no comporta responsabilidad alguna por el incumplimiento de los programas electorales. Si hubiera algún compromiso, sería moral, no legal. Así pues, resulta inusual que a media legislatura, los portavoces ratifiquen por escrito aquello que sus respectivos partidos prometieron durante la campaña y que rubricaron después en un pacto de gobierno, la derogación de la reforma laboral de Rajoy. Habrá a quien le parezca mejor o peor, pero eso es lo que prometieron.


3.Durante los cuarenta años de democracia hemos repetido hasta la saciedad que en democracia todas las ideas son defendibles y que carece de sentido la lucha armada. El terrorismo repugna al sistema parlamentario, ya fuere por la independencia de un pueblo que se considera oprimido o por la reivindicación de cualquier idea por lícita y plausible que pudiera ser. No debiera extrañarnos que, desaparecida ETA, algún partido político defienda postulados parecidos o próximos a los que perseguía la banda terrorista. No digo que debamos congratularnos por el debate parlamentario de tales programas, pero no debiera sorprendernos el advenimiento del fin de la violencia y sus lógicas consecuencias. Salvo a quienes prefieren tener enfrente a terroristas para justificar la apelación a la unidad de España, el blindaje policial y el tremolar de banderas desde sus trincheras ideológicas.


4. Que un partido de ideario nacionalista e independentista se interese por una cuestión estatal como los derechos de todos los trabajadores, es una buena noticia. Sea por emular a sus rivales del PNV, que llevan mucho tiempo gestando acuerdos y pactos y exhibiendo finas maneras políticas, con estupendo rédito electoral, o sea por la defensa de intereses nacionales o nacionalistas, tampoco debiera escandalizarnos. Salvo que queramos que sus reivindicaciones se limiten a montar barricadas en los caminos, trabuco en ristre, a la manera de los antiguos curas carlistas.


5. Uno de los eufemismos más empleados en las últimas décadas es la expresión flexibilidad laboral, que oculta un tabú lingüístico. El circunloquio significa despido libre y barato. El despido siempre ha sido libre en España, pero era caro. El principio pacta sunt servanda también es aplicable a la contratación laboral, de manera que empresarios y trabajadores tienen una serie de obligaciones sinalagmáticas. Un despido improcedente no es más que un desistimiento unilateral de un contrato laboral. Lo que supone incumplimiento grave y culpable del empresario. La consecuencia necesaria de su impugnación es la indemnización de daños y perjuicios a favor de quien no incumplió, el trabajador. La reforma laboral del Gobierno popular desvirtuó los principios de la contratación laboral al facilitar el despido objetivo y abaratar el improcedente.


6. Núñez Feijó, hábil político, de mejores ideas y maneras que Casado, defiende la reforma laboral que hizo su partido cuando gobernó. Y astutamente pregunta qué le deben los españoles a Bildu. Efectivamente, no le debemos nada, pero tampoco al PP. Antes al contrario, tanto uno como otro y todos los demás se deben a los ciudadanos y no sólo a sus votantes, pues su deuda es con la sociedad a la que debieran servir.

Si nos consideramos ciudadanos de un país democrático, deberíamos ser rigurosos con la separación de los tres poderes del Estado. Tampoco estaría de más, ante la ausencia de un deber institucional de rendir cuentas del mandato político, exigirlas diligentemente como hace un buen comitente. Desterrar eufemismos y abordar los tabúes, reconocer que el despido improcedente es un incumplimiento muy grave del empresario que merece una indemnización adecuada a la pérdida que supone, el medio de vida del trabajador. Pero, especialmente, tener muy claro que la condena de la violencia terrorista exige un ejercicio democrático impecable y que éste empieza por el respeto a quien no piensa como uno mismo, pero defiende sus ideas como yo las mías, con las armas de la razón, la ley y la pulcritud moral. ç

Para ello, convendría recordar la frase que Evelyn Beatrice Hall atribuía a Voltaire: no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo.


(El título y la cita son un pequeño homenaje a Albert Camus , pues convendría tener claro en estas y otras muchas cuestiones, cuál es el revés y dónde está el derecho)

Miguel Ángel Alcaraz Conesa

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook