Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada (Max Estrella, Escena XII, Luces de Bohemia)

En esta España pandémica es difícil encontrar un Max Estrella visionario que describa un recorrido por un Madrid en fase 1, con lo que vivimos en estos dos meses y medio de desconcierto y crispación. Ni siquiera acompañado por su Madame Collet o su hija Claudinita. Ciegos estamos ante lo que se avecina, como el personaje de don Ramón del Valle Inclán. Y más ciegos correremos la misma suerte que aquél si nos dejamos llevar por los derroteros que algunos pretenden conducirnos en medio de la sinrazón, los despropósitos y la locura.

No tenemos remedio. Vamos a conceder la razón a los pesimistas que siempre aventuran escenarios patéticos. Si algo puede salir mal, saldrá mal. Porque eso confirman los peores augurios ante lo que está cayendo. Cuando deberíamos estar más unidos que nunca, ante una atmósfera enrarecida por la vulnerabilidad frente a la salud, nos volvemos más locos de atar. Sucumbimos en la trampa de quienes alimentan el odio, el conflicto, el enfrentamiento, quién sabe para qué. Bueno, sí lo sabemos: para esconder su incapacidad, su ignorancia, su prepotencia o, simplemente, su mala leche ante un reto global que se nos viene encima. Lo grave del asunto es que nos hundimos en ese ardid predispuesto con visiones tan deformadas de la realidad que, un siglo después, Don Ramón ha vuelto a nosotros con su famosa escena XII de sus Luces de Bohemia.

Margarita Santos, directora de la Cátedra Valle-Inclán de la Universidad de Santiago de Compostela, describe que «detrás de lo bufo, lo grotesco, lo cómico y lo absurdo se vislumbra siempre una situación dramática. Porque esa frontera indecisa entre tragedia y farsa es el armazón sobre el que se construye el esperpento»,asegura. «De este modo, la tragedia de España se convierte en espectáculo inquietante pero cómico».

Y no me negarán que lo que vivimos en los últimos días no les parece un espectáculo extravagante. En una escena, quienes se apropian de la bandera de España con el odio a cuestas, como dueños y señores frente a una conspiración judeomasónica que trata de robar la libertad de los españoles de bien para acudir a El Corte Inglés cuando nos salga del forro. En otra, ensalzando a un coronel de la Guardia Civil con méritos propios, pero porque ahora nos viene bien, incluso para proponerlo como hijo predilecto de un pueblo, que es el mío, pero sobre todo porque es muy oportuna la iniciativa para salir en la foto y estar en el candelabro de la actualidad.

Ciertos empresarios de la hostelería que ahora son salvadores de la economía patria, pero que han permitido la sumergida desde hace años, con convenios estancados con salarios en B y condiciones de trabajo de semiesclavitud. Pero eso sí, todos mirando hacia otro lado, incluso nosotros como clientela activa para el consumo y olvidadiza de los derechos laborales. Y qué me dicen de los defensores del ultraliberalismo que ahora se han convertido en conversos del sector público, que ríete tú de Keynes, eso sí, porque para pedir ayudas que no quede, que ya vendrán tiempos en los que recuperar esos beneficios a costa de lo que sea y de quien sea.

Como afirma esa profesora de la universidad gallega, «todos los elementos del esperpento (personajes, ambientes, palabras y gestos) sirven para proyectar toda la vida miserable de España, porque el furor de Valle llega a todos los rincones y casi nada escapa a ese proceso esperpentizador».

En nuestra Región de Murcia permanecemos impasibles ante las modificaciones de las reglas de juego medioambiental, reímos las gracias a confiteros que hacen tartas con el ' Sánchez, vete ya', al igual que hace años compramos el mensaje de que 'la culpa es de Zapatero', en los que un mago se hacía el gracioso en una entrevista de prensa asegurando que le gustaría hacer desaparecer a ZP. Asistimos a la muerte del Mar Menor en un clima de anoxia regional, de la que ahora resulta que no podemos señalar a nadie, porque quien esté libre del pecado, que tire la primera piedra, o la primera papeleta, o la primera urna. Qué importa si en la capital las becas de comedor escolar se hayan pagado dos meses después de iniciarse la pandemia, si hay tiempo para fotos y eventos varios.

En nuestro esperpéntico estado de cosas, personajes, ambientes y situaciones variopintas, hay para todos. Mientras vivimos con la incertidumbre de cómo el precariado volverá a una situación en el que la precariedad parece ahora un mal menor, contemplamos los exabruptos de una clase política que está a la altura del betún, por los suelos. No toda, por supuesto, pero que cada uno se mire a sí mismo. Especialmente aquellos que están en la cuarentena que, por cierto, es la década de quienes manejan hoy los principales destinos de las instituciones.

Nos sobran alusiones en este despiadado prisma distorsionante para resumir un momento como el actual, de «una España en trance de ruina, pero brillante en apariencia».