30 de mayo de 2020
30.05.2020
La Opinión de Murcia
Cartagena DF

Las barbas del vecino

30.05.2020 | 04:00
Las barbas del vecino

Hasta un muerto para ponerse de luto, pero a nosotros nos han hecho falta más de 27.000. O de 28.000. O más de 40.000. Depende de quién y cómo los cuente. Lo peor es que unos y otros esgrimen la transparencia para llenarse de explicaciones y de razones. Bueno, dejo que juzguen ustedes. Por supuesto, me sumo a todos los homenajes a los fallecidos y a sus familias en esta guerra que muchos parecen dar por terminada, pero de la que aún nos quedan batallas por librar. Vayamos con cuidado.

Iba a decir que hoy no quiero hablar de coronavirus, pero creo que, en este momento, apenas existe nada que no esté relacionado o salpicado de algún modo por el maldito bicho. Aún así, les voy a intentar entretener hablando de educación, economía, desarrollo y política. Así que empezamos.

Soy uno de los millones de padres de toda España que se ha visto abocado a incrementar de forma notable la colaboración con los docentes en la formación de sus hijos y, aunque hay días que resulta desesperante y agotador, creo que nos debe servir para aprender que el peso de la formación de nuestros peques no debe recaer casi por completo en los profesores cuando el mundo es normal ni en los progenitores, abuelos, tutores o cuidadores cuando nos toque vivir una pandemia. Debemos buscar un equilibrio para ambos escenarios. Tenemos todo un verano por delante para meditarlo.

Mis enormes limitaciones han dificultado mi labor como docente, tanto física como intelectualmente. Hasta me han hecho recordar, en ocasiones, aquel programa que se llamaba ¿Sabes más que un niño de Primaria? O algo así. En cualquier caso, no está de más reforzar conocimientos básicos que uno da por sentados y este confinamiento ha servido para aprender muchas lecciones relacionadas con la paciencia, la perseverancia, la constancia, el cariño y eso que todos deberíamos grabarnos con fuego en la frente de ponerse en el lugar del otro. Pero tampoco vengo a hablarles de esto.

Las lecciones con mis hijas nos han servido, entre muchas cosas para hacer un recorrido de la evolución del ser humano, que empieza a lograr su sustento a través de la recolección y la caza para convertirse, en la última etapa de la Prehistoria, en agricultores y pasar de ser nómadas a sedentarios.

El desarrollo es continuo desde entonces y, aunque pasamos muchos siglos atascados en los latifundios con siervos y señores, reyes y súbditos, comienzan a surgir las profesiones y los productos artesanales. Hasta que se produce una gran revolución industrial y los pequeños talleres comienzan a perder peso ante el nacimiento de las fábricas y los obreros. Los inventores están a todo lo que dan y cada vez son más complejas las máquinas que ayudan al hombre en su labor diaria. Se requiere una mayor organización y más trabajo administrativo, lo que da lugar a las oficinas, cada vez más presentes y numerosas en los países desarrollados. La tecnología crece vertiginosamente y los obreros comienzan a disponer de tiempo libre, que deben rellenar con ocio y el sector servicios gana cada vez más terreno hasta convertirse incluso en el más importante en muchos países en pleno siglo XXI. Al menos, hasta que nos llega una pandemia y nos toca volver a lo esencial. Y lo esencial es comer, porque sin comer no hay salud. Le pueden dar la vuelta a esta última frase si quieren. El caso es que para comer hay que trabajar. ¿O quizá no?

Imagino a los 5.000 trabajadores directos de la Nissan de Barcelona y a otros tantos o más indirectos preguntándose de qué van a comer su familia cuando se materialice la clausura de la fábrica. ¿Imaginan que nos cerraran una de nuestras plantas industriales importantes de Cartagena? Aquí ya sabemos lo que es eso y lo que supone. ¿Podría repetirse? Crucemos los dedos para que no. Pero la realidad es que cuando hablamos de grandes compañías, los números suelen pesar más que las personas en sus decisiones. Y no me refiero precisamente a los del DNI de sus trabajadores, sino a los de sus cuentas de resultados, sus beneficios o la ausencia de ellos. Así que poco se puede hacer si un día llega un señor o todo un consejo de administración y anuncia, de repente, que se acabó, que hasta aquí hemos llegado y que gracias por su ayuda y por los servicios prestados.

Si no fuera por la necesidad de respetar a quienes se quedan en la calle, las letanías políticas de que estamos del lado de los trabajadores, de que no les va a salir gratis, de que no lo permitiremos darían auténtica risa. Sobre todo, cuando lejos de dialogar con los responsables de las marcas, de consensuar las medidas para el respeto del medio ambiente y de verlos como generadores de riqueza, nos hemos dedicado a meterles el dedo en el ojo, a tacharlos como los causantes de una contaminación que es cosa de todos y a querer exprimirlos como si fueran una gallina de los huevos de oro, que quisimos abrir en canal y, al final, lo hicimos. Ya saben cómo acaba el cuento.

El progreso y el desarrollo son inseparables del ser humano, como también lo es el instinto de supervivencia. De ahí que conforme, a lo largo de la historia, la contaminación procedente de las fábricas y de la actividad humana en general, ha ido incrementándose, hemos tenido que reinventarnos y buscar fórmulas no contaminantes o casi totalmente inocuas para la naturaleza. Ese es el camino a seguir si queremos seguir viviendo en esta Tierra y esa es otra de las lecciones que nos ha dado esta pandemia. Que no sólo debemos acelerar los procesos de recuperación de nuestro entorno, sino que podemos hacerlo. Una cosa bien distinta es morder la mano de quien te da de comer.

La refinería de Repsol de Cartagena es, a día de hoy, una de las tres más importantes y avanzadas de Europa, precisamente porque la macroinversión de más de 3.200 millones de euros que supuso el famoso proyecto C-10 de ampliación sirvió para hacer un combustible menos contaminante. La planta de la multinacional española cuenta con 1.600 trabajadores directos y unos mil de empresas auxiliares. A ellos hay que sumar los cientos de empleos que generan en cada una de las continuas paradas programadas y los que se han creado con las inversiones que esta ampliación ha atraído, como la de SKSOL, actual ILBOC.

Y las que sigue atrayendo y atraerá el hecho de contar en nuestra zona con uno de los polos energéticos más grandes del continente con decenas de miles de familias que comen de él. ¿Lo cerrarían? Por no hablar de que el movimiento de petróleo y gas licuado por la dársena de Escombreras suponen el 70% del total del tráfico de mercancías de un Puerto de Cartagena que da trabajo de una u otra forma a unas 5.000 personas, según un estudio reciente de la Universidad Politécnica de Cartagena.

Debemos exigirles a nuestras industrias que sean estrictas y respetuosas en el cumplimiento de las normas y leyes medioambientales. Incluso que vayan más allá, algo que algunas como la propia Repsol, ya practican. Y sí, quizá hubiera sido mejor apostar por el desarrollo de actividades supuestamente menos contaminantes, pero quizá sea un pelín tarde para ello. Desde luego, lo que habría sido absolutamente traumático es hacerlo a la tremenda.

A todos, en Cartagena, nos tocó de mayor o menor manera la gigantesca obra industrial del proyecto C-10. Lo que no recuerdan muchos es que, cuando Repsol adoptó esta decisión de acometer la mayor inversión del sector en la historia en toda Europa, la refinería estaba obsoleta y pedía a gritos esta tremenda inyección. La compañía ha admitido que sólo había dos opciones encima de la mesa: la ampliación o cerrar. ¿Imaginan cómo estaría Cartagena sin su refinería?

En los años previos a esta decisión, el Puerto correspondió a la rentabilidad que le generaba la refinería con la ampliación de la dársena de Escombreras, el famoso 'superpuerto', lo que permitió, entre otras cosas, que dos grandes petroleros pudieran operar a la vez. Y el Ayuntamiento no fue un obstáculo para el proyecto, sino más bien al contrario. Más tarde, la multinacional respondió con una lluvia de millones para la recuperación del Teatro Romano y, después, del barrio del Foro Romano. ¿Alguién duda de que la recuperación de nuestro abandonado patrimonio arqueológico se ha convertido en un nuevo motor de nuestra economía local? ¿De que la apuesta por la industria ha repercutido, y de qué manera, en la diversificación de la actividad en nuestra comarca?

Imaginen ahora, por un momento, que cuando Repsol dudaba entre cerrar la refinería de Cartagena o inyectarle nada menos que 3.200 millones de euros, hubiéramos tenido una vicealcaldesa demonizando el uso del combustible y pidiendo que se construyera una fábrica de globos de colores en su lugar en Escombreras. ¿Qué hubiera pasado?

¡Vaya, al final se me ha olvidado hablar de política! ¿O no? Bueno, seré breve. Solo les haré una pregunta. ¿Qué respeto merece quien no respeta ni a la Guardia Civil?

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