27 de mayo de 2020
27.05.2020
La Opinión de Murcia
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Sociedad española y franquismo

26.05.2020 | 19:55
Sociedad española y franquismo

Paradoja psicológica. Mi madre vio el fin de la guerra con agradecimiento al movimiento nacionalcatólico 'por traer la paz, la estabilidad y la seguridad'; y a la par vio cómo a su padre, mi abuelo, del que siempre hablaba con amor, al acabar la guerra lo metieron preso. Este conflicto entre el sistema que le daba seguridad y la defendía, y el que encarceló a su padre era resuelto: 'Mi padre sabía mucho, era muy leído, y le gustaba mucho hablar, no se podía callar. Por eso lo detuvieron'.

Desde hace tiempo me ronda una idea con la que trato de comprender un anonadamiento general, o, peor, una aquiescencia más o menos explícita de un amplio sector de la sociedad española que, sin ser fascista, en los últimos años del dictador endulzaba el régimen asumiendo y defendiendo la propaganda oficial de los 'años de paz' conseguidos por el Movimiento, señalando el 'lado humano' de la dictadura y de Franco, y la 'falta de dureza' en comparación con otros totalitarismos activos en esa época. Llegaron a calificarla de dictablanda, concepto que también formaba parte de los predicamentos de lavado de cara del sistema. Ignoraban, con ignorancia activa, que con estos razonamientos desvanecían, difuminaban las miles de personas ejecutadas, asesinadas, torturadas, apresadas y desaparecidas como obra y razón de ser de la tiranía franquista.

Necesito pensar que una especie de patología, afección o síndrome conseguía embaucar a esa gran masa social para que suavizara con estas condescendientes calificaciones aquella experiencia tenebrosa, rancia y falta de libertad. Afección que ha asentado con tanta firmeza esa extraña doctrina suavizadora que, aún años después de muerto el déspota, se siguen aplicando estos atenuantes en el pensamiento colectivo. Al margen dejo de intentar entender a esas personas, demasiadas para mi necesidad de libertad, apertura y convivencia, que aprueban y piden erradicar toda disidencia política y, ya puestos, vecinal, social, religiosa, sexual... Y, muchos ejemplos tenemos en la historia, puede que, ejecutar y asesinar a quienes etiquetan de contrarios.

Unas mientes de necesidad que he ido volteando, horneando de una manera casi inconsciente, desde mi no entendimiento de esos mantras colectivos. No entiendo por qué muchas personas, de las que soy consciente que no apoyarían un régimen en el que se pusiera en peligro la libertad por motivos ideológicos, sin embargo han asumido y defendido este tipo de razonamientos atenuantes con la dictadura de Franco. En especial, he necesitado entender las justificaciones de mi madre que, como niña, vio el fin de la guerra con agradecimiento al movimiento nacionalcatólico por traer la paz, la estabilidad y la seguridad (qué paradoja, 'la paz' la trajeron los promotores de la guerra); y que, a la par, vio como a su padre, mi abuelo, del que siempre hablaba con amor, al acabar la guerra lo metieron preso. Este conflicto entre el sistema que le daba seguridad y la defendía, y el que encarceló a su padre era resuelto con este tipo de argumentación: «Mi padre sabía mucho, era muy leído, y le gustaba mucho hablar, no se podía callar. Por eso lo detuvieron». Viniendo, puerilmente, a justificar el apresamiento con el razonamiento de que no metieron en la cárcel a alguien bueno, por serlo, sino por hablar más de lo debido. Asumía con este discurrir, como válida y normal, la pérdida de la libertad a consecuencia de opinar libremente.

He llegado a concluir que este pensamiento mantenido por mi madre, y el que sustentaba parte de la sociedad española para simpatizar con el lado amable del régimen, es una afección colectiva por un 'síndrome de Estocolmo' generalizado, en el que, para alcanzar a asumir la complicidad con el opresor necesitaban ponerle una cara amigable, necesitaban azúcar, y mucho, para poder endulzar algo tan amargo.

Este 'síndrome de Estocolmo colectivo' desarrollado ante el secuestro de libertades, al no haber sido tratado, e incluso habiendo sido silenciado y ninguneado tras la reinstauración de la democracia, fácilmente se transmitió a las generaciones inmediatas, que apenas tomaban conciencia adulta aun con el cuerpo del déspota caliente, ly ha llegado a extenderse hasta hoy día, convirtiendo la disfunción en verdad instalada en la conciencia colectiva.

Sólo así me puedo explicar que una gran parte de nuestra sociedad desde el inicio de la Transición haya estado asumiendo la convivencia, como normal, de acciones y campañas en alabanza del franquismo por parte de asociaciones, fundaciones y otras voces, hasta dar lugar a que quienes directamente se postulan como los herederos y defensores de aquel movimiento hayan alcanzado el actual grado de fuerza política.

Cierto es que el resurgimiento de partidos con la intransigencia y la prepotencia como base no es un fenómeno aislado de España, pero aquí este crecimiento se ha visto favorecido e incrementado por la falta de un tratamiento terapéutico con el que recuperarnos de ese síndrome empático, en el que como cura se nombraran y señalaran todas las privaciones de derechos, atentados contra la libertd y represalias ideológicas cometidas por la dictadura, y que desenterrara la memoria de esos hechos que pretenden mantener ocultos.

(Escrito al hilo de las manifestaciones del pasado fin de semana).

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