24 de mayo de 2020
24.05.2020
La Opinión de Murcia
La mirada de Lúculo

El bardo y los humores en la mesa

La comida forma parte por sí misma en Shakespeare de la receta del drama

24.05.2020 | 04:00
El bardo y los humores en la mesa

La fierecilla domada, también conocida en español por La doma de la bravía, Petruccio le quita de la mano a Catalina una pierna de cordero y ésta se revuelve presa de la ira. En la obra de Shakespeare, los asados, las cervezas y los pasteles no son ingredientes accesorios, sino que dan pistas sobre los estados de ánimo y motivaciones de los personajes.

En realidad, nada es accesorio en la dramaturgia del bardo de Avon. Pero ¿cómo una pierna de cordero puede desencadenar un arrebato así de cólera? Solo tendría explicación si se quema en el horno o si alguien la utiliza para golpearte con ella. En Lamb to the Slaughter (1953), una historia siniestra con tintes de comedia negra escrita por Roald Dahl, recuerdo que la protagonista asesina a su marido con un pernil recién sacado del congelador que posteriormente asa para destruir la evidencia. La pieza sería recuperada por Alfred Hitchcock para su serie de televisión bajo el título Cordero para la cena, con Barbara Bel Geddes como protagonista. Durante tiempo representó una manera curiosa de hacer desaparecer el arma del crimen.

La clave para comprender el significado colérico de la pierna ya asada en la comedia de Shakespeare habría que buscarla seguramente en la medicina y la ciencia en la era isabelina y en la prerrevolución científica. Los pares de Shakespeare dependían aún de las teorías de Galeno del siglo II, quien creía que el equilibrio de cuatro humores o fluidos correspondía a diferentes temperamentos. Por ejemplo, un exceso de sangre equivalía a una persona sanguínea; demasiada bilis negra hacía que alguien se convirtiera en un ser melancólico, la bilis amarilla se atribuía a los coléricos y la sobreabundancia de flema a los flemáticos. No se lo tomen a broma, todavía en mi infancia, es decir hace ya muchos años aunque no tantos, se oían decir cosas como que los filetes sangrantes de hígado eran buenos por su aporte sanguíneo. La alimentación isabelina se basaba en este tipo de supercherías: el cordero asado, al considerarse caliente y seco, estimulaba el temperamento irritable. Por ese motivo, Petruccio priva a Catalina de su carnero. Es parte de la doma.

No hay nada de sequedad, sin embargo, en la dulce y magistral interpretación del lechazo castellano cuando tiene su punto. O en el gigot de las siete horas de inspiración francesa.

Paso a detallar la receta. Lo primero de todo es hacerle unos pequeños cortes a la pierna para introducir en ellos rodajas de ajo. Luego, pintar la carne con aceite de oliva y salpimentarla. Después, meterla en la cocotte y añadir cebollas troceadas finas, zanahorias, una cabeza de ajo entera sin pelar, el bouquet garni (ramas de romero, tomillo, perejil y laurel, atadas como si se tratase de una escobilla) y vino blanco seco. En un bol aparte se empastan harina y agua hasta conseguir una argamasa con el fin de sellar de manera conveniente la cocotte. Se tapa y al horno durante siete horas. El punto del asado obtiene la ternura y untuosidad de la carne que se precisa para comerlo a cucharadas, o como dicen los franceses à la cévenole.

Los personajes de Shakespeare, a menudo, personifican su temperamento específico con comidas y bebidas. Hamlet y Ofelia, que exudan melancolía, deben, por tanto, evitar los alimentos agrios como el limón y el vinagre en favor de los sanguíneos, húmedos y calientes, como la albahaca o la mantequilla. Sin embargo, en su dolor por la muerte de Ofelia, el príncipe de Dinamarca afirma que beberá vinagre, aunque exacerbe su languidez, para demostrar su amor. Los ingredientes culinarios en la obra shakesperiana constituyen por sí mismos una receta para el drama.

Muchos otros personajes son glotones pero pocos igualan a sir John Oldcastle, conocido por Falstaff, amante de las anchoas, los capones, el jerez y los vinos licorosos. Falstaff personificó de igual manera el desequilibrio humoral como el pecado de la gula. Su complacencia por la comida y la bebida y la excitación que sentía al sentarse a una mesa, en un periodo en el que la escasez de alimentos era frecuente, correspondía según los cánones galenos a un comportamiento cobarde e irresponsable. De hecho, Shakespeare ofrece una lección de moderación cuando el futuro rey Enrique V opta por rechazar a sir John para convertirse en un gobernante virtuoso.

También se pensaba que el frío clima inglés hacía que los estómagos fueran más calientes que los de sus vecinos mediterráneos y que por ello pudieran digerir mejor la carne de las reses, que en Inglaterra, donde el ganado se alimentaba de pastos, resultaba más tierna que en otros lugares. Según la creencia generalizada estimulaba además el coraje, algo enfatizado por los filósofos clásicos y evidente en Enrique V cuando el emisario francés dice que a los soldados ingleses les dan comilonas de carne de res, hierro y acero, por lo que comerán como lobos y lucharán como demonios.

La sociedad del gran bardo era también sospechosa de otro tipo de exceso: el del ayuno. Quienes no disfrutaban de los placeres de la comida y de la bebida, especialmente aquellos que rechazaban la hospitalidad que llevaba implícita la pitanza, eran vistos como peligrosos practicantes de un masoquismo que priva al cuerpo de sus goces terrenales. En Las alegres comadres de Windsor, Slender, un hombre delgado que se caracteriza por negarse a los placeres de la mesa, es retratado como un idiota. En la Inglaterra de los siglos XV y XVI, proporcionar comida, techo y entretenimiento a los huéspedes era la mejor forma de mantener buenas relaciones de vecindad y establecer conexiones sociales.
La hospitalidad era sinónimo de generosidad y virtud y, aunque festejar en exceso pudiera parecer pecaminoso, tenía también su lado positivo y práctico.

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