30 de abril de 2020
30.04.2020
La Opinión de Murcia
El mirador

Lo que vale un peine

30.04.2020 | 04:00
Lo que vale un peine

Vengo de andar y cavilar en mi confinamiento a fin de que no se me encasquillen ni los remos del cuerpo ni los remos de la cabeza. Veinte vueltas a mi roal por la mañana y otras veinte por la tarde. Hay tiempo para todo, para pensar, escribir, leer€

Por cierto, me he metido entre neura y neura en la segunda prórroga del quedatencasa un tocho de 1.100 páginas, que les recomiendo por su enganche. No deja de ser una especie de culebrón, un tanto folletinesco, del que no creo, supongo, que se tarde en hacer una serie, ya que posee el formato y los ingredientes para ello, lo que pasa es que yo soy adicto al papel más que a la pantalla. Este libro tiene una cosa buena para las generaciones de cota más baja a la mía: que ilustra bastante bien nuestra Guerra Civil y la segunda mundial que le siguió, aunque el relato sobre su protagonista resulte un tanto previsible conforme avanza su lectura. Hubo un momento en que pensé que se iba a cruzar con mi padre en los campos de concentración franceses de Argelés Sur Mer, aunque, claro, no fue así. Tiene un final que intenta sorprender, si bien se intuye antes del desenlace€ En fin, por si es de su interés: Dime quién soy, de Julia Navarro. De nada.

Los que estamos en el aparcadero por edad y otras goteras no deberíamos (esto mismo le he oído a una de las 'expertas' con que cansinamente nos ceban los espacios televisivos, cada vez más plomizos, por cierto) sentirnos angustiados, pues nuestra existencia «es más afín a la tranquilidad, el sosiego, la quietud, y la paz mental», o sea, casi que muertos. Una manera muy torpe de decir que ya no servimos para nada, que no tenemos ninguna preocupación, ni mucho menos, proyectos algunos que realizar. Entonces, según esta gentil dama (una de las siete sabias de Grecia, sin duda) ya lo tenemos todo hecho, y debe darnos igual estar atados a una residencia que a nuestra casa. Está muy equivocada, aunque nuestros intereses no estén a la altura de las grandes odiseas, ni que ya sean comparables a otros 'trabajos de Hércules' realizados en edad más propicia.

Alguien debería decirle a esta entendida llena de suficiencia que cada edad marca la importancia de sus objetivos, y la importancia de ellos se la dan los propios interesados, no los demás. Tendría que saberlo, tal es el conocimiento que derrocha en su sentar cátedra.

Estoy seguro de que habrá muchos como yo, aunque se impliquen en otras materias distintas, en otros afanes diferentes. Pero este senil que soy, durante todas estas semanas ha seguido en su labor diaria de trinchera, escribiendo en sus blogs y allí donde lo acogen, como en este periódico desde otra cuarentena, pero de años. Sigo citándome cada día con mis suscritores, compartiendo y recibiendo sus opiniones.

Ya digo, leo, paseo, hago pequeñas labores (menos que las que mi santa mártir querría, confieso), y en mi tiempo libre he escrito libro y medio. Uno sobre la peripecia vital de mi padre, digna de ser contada, y el otro sobre una de mis locuras, una especie de ensayo. Y aún tengo tiempo para aburrirme de vez en cuando, no crean. Y miren, no quiero presumir de nada, no me confundan mis sufridos seguidores, tan solo quisiera demostrar que los de edad provecta, los viejos, a los que han hecho cruzada de protegernos en nuestras jaulas, también tenemos nuestras actividades, preocupaciones, sueños, aunque ya pocos, y nuestros proyectos, aunque ya estén contados, y nuestras cosas por hacer; mejo dicho, por terminar, pues quedaron empezadas y no acabadas cuando este coronavirus llamó a la puerta y nos la trincó.

Yo mismo tengo uno por terminar para cuando esto acabe si antes no acaba con nosotros. Un proyecto larvado y trabajado, elaborado paso a paso durante un par de años o más, que quedó en la calle y que habrá que retomar: la apertura de un Centro Integral de la Mediación, el primero en esta región, del que ya hay señales perentorias de necesidad, y muchos casos provocados, directa o indirectamente, por las consecuencias de este maldito Covid-19. Un proyecto fraguado por otro emérito y yo, dos viejos confinados, pero que aún han de sacar a la luz, aunque ya haya sido gestado y casi que parido. Una ilusión, si quieren, un sueño que espera hacerse realidad.

Así que sí, miren, con permiso de todos los sabedores y sabedoras, expertos y expertas, licenciados y licenciadas, estoy deseando que me abran el gallinero y poder salir a compartir con mis compañeros de café, y hacer algún recado que otro, y a sentirme útil, en lo que pueda ser de utilidad, claro, y a reanudar mi programa de radio en cuerpo presente, y a colaborar en la cultura de la gente, que lo digo más porque rime que porque se arrime.

En fin, a vivir la vida que me toca y que me queda. Esta pandemia nos ha diezmado. El consejero regional decía el otro día que el 90% de los muertos de aquí eran mayores de 65 años. Apenas nos ha dado tiempo a cobrar la pensión, por justa y corta de mangas que ésta nos venga. Por eso mismo hay que aprovechar lo escaso que nos queda para estar activos y creativos, ya que no atractivos. Los de mi edad tenemos mucho que enseñar, lo malo es que pocos, muy pocos, quieren ser enseñados. Ya muchos creen saber mucho. Pero desconocen lo más importante de todo: lo que cualquier mayor conoce, ellos lo desconocen. Aún necesitan saber lo que vale un (viejo) peine.

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