23 de abril de 2020
23.04.2020
La Opinión de Murcia
Crónicas del bicho

No es la guerra, es la solidaridad

"La defensa del bienestar colectivo (que nos respeta como individuos), lo público, lo común, un valor que algunos habían borrado, ha emergido como clave para sacarnos de la situación en que nos encontramos"

23.04.2020 | 04:00
No es la guerra, es la solidaridad

Estas seis semanas que llevamos en España de confinamiento es algo insólito para el tiempo que nos ha tocado vivir. Es como la guerra para la generación de mi padre, el conflicto que no pasamos y que asola el universo. Ya dije en alguna crónica anterior que esto no es una guerra, por mucho que le gusten las metáforas bélicas a periodistas y políticos. No. En la guerra hay muerte y desolación, que son los efectos que produce el coronavirus. Pero las casas, hospitales, iglesias, industrias, colegios, universidades, centrales eléctricas con la pandemia siguen en pie. No ha lugar a esa destrucción, sí al dolor de la pérdida de familiares y amigos. Pero no la hecatombe y desolación de una guerra. ¿Y ahora qué?
¡Es el hombre, imbécil! Son los trabajadores, todos, nosotros, los que sobrevivan al bicho los que tienen y deben ponerse en marcha para sacar a nuestros pueblos, comunidades, países de la crisis económica que tenemos encima. Volveremos a salir a las plazas y calles espero que con prudencia, sin relajación alguna. Pensaremos que esto es un punto y seguido. Tal como éramos. Pero ya nada podrá ser igual, porque hay demasiados abuelos, padres, madres, maridos, esposas, hombres y mujeres muertos. Miles de familias a las que no hemos podido acompañar en su dolor. Por todo ello, las cosas nunca serán como fueron. Un respeto para un dolor que es mundial.

Uno de los grandes filósofos actuales, John Gray, lo ha dicho de un modo muy sencillo: «Es un punto de inflexión en la historia». La duda es si la globalización tal como se nos ha mostrado hasta ahora resistirá los efectos del Covid-19. No habrá progreso, será distinto; psicológicamente tendremos el resquemor, la incertidumbre y el miedo, hasta que la ciencia nos proporcione una vacuna. Creo, es una opinión mía, que habría que aprovechar algo de lo que nos ha enseñado la actuación siniestra del bicho. Volver a reindustrializar el país, no despreciando sectores como investigación, I+D+i, tecnología, etc. Vivimos demasiado tiempo del turismo y de la agricultura. Diversifiquemos nuestro tejido industrial y lograremos no ser tan dependientes de otros países como la pandemia ha demostrado. Tendremos que tener en cuenta el cambio climático, ser más verdes (a la fuerza) como ha dicho no sé quién.

Los apóstoles que predican la mejor gestión del Estado autoritario frente al democrático son peligrosos, los problemas en democracia se arreglan con más democracia. Es defender el bienestar colectivo (que nos respeta como individuos), lo público, lo común, es el valor que si algunos lo tenían borrado ha emergido como clave para sacarnos de la situación en que nos encontramos.

La sombra alargada de John Maynar Keynes se proyecta de nuevo; algunos me dirán: ¡no mientes la bicha! El Estado providencia, el welfer state. Pero la Unión Europea debe tener una intervención pública directa en materia de gasto público, con una nueva política fiscal, dejando claro que es gestionar la respuesta a la crisis para su recuperación económica. Que es invertir, no gastar solo. Si se hace a través de la mutualización de la deuda, o por la emisión de los bonos por la UE (no por los países miembros), etc. Me es inverosímil, pero sé que se necesita una nueva política de cooperación, como ha señalado el Parlamento Europeo, ya es la hora de que la Comisión secunde (alguna vez) lo aprobado por el europarlamento. Es por interés mutuo de los Estados miembros, que no se engañe el lobby del Norte ni la Unión Europea.

Parece que el virus también ha penetrado en las instituciones, tienen miedo (al igual que nosotros) de tomar decisiones, pero el tiempo apremia y la crisis económica se acrecienta. Si en la próxima cumbre no se da respuesta, a través de una inyección económica, la crisis será mucho más larga, afectará a los insolidarios que pensaban que esto únicamente ocurría en el Sur y, lo que es peor, el acta de defunción de la UE estará sobre la mesa. Adiós al sueño de la paz perpetua. Los Estados nación resurgirán con un nacionalismo y una xenofobia que se batirá como otra pandemia. A tiempo se está de encontrar el camino por el que caminar juntos.

De esta cuestión pende, según mi criterio, eso que nos preguntamos todos: ¿cómo viviremos después? Jodidos, seguro (unos más que otros), con estrecheces y limitaciones, pero si ha habido solidaridad será distinto para afrontar el futuro. Nos enfrentaremos a lo que sea, siempre que vayamos juntos, unidos. Por tanto, la solidaridad (no es una palabra huera y sobreexplotada) es la garantía de nuestra supervivencia (incluidos egotistas y bomberos pirómanos). Como dicen los taurinos ¡qué Dios reparta suerte!

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