¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?», cantaba Siniestro Total citando el título de un famoso cuadro de Gauguin. «¿A quién le importa?», cabría responderle. En serio: ¿a quién le importa? ¿Alguna vez este tipo de preguntas ha llevado a alguien a iniciar una reflexión sincera? Da igual el medio o el lugar, lanzadas al aire sólo producen un silencio solemne. Ese silencio no es, como podría pensarse, el reflejo de una íntima conmoción, una reflexión profunda, un cuestionamiento o una toma de conciencia. Es sólo el sonido de la indiferencia.

Y es que las llamadas grandes preguntas de la humanidad solo son realmente grandes cuando surgen de la propia necesidad de entender algo. Y, desde luego, no emergen del confort y la rutina, sino de la dificultad, de la crisis. Cualquier artista sabe que los estados de malestar pueden ser grandes disparadores de la creatividad. No es casual que la descomposición de la vida, el abono, el estiércol, fertilice la tierra y potencie la cosecha. Sin embargo, nuestra aséptica sociedad, tan alejada del sucio arte como del sucio huerto, juzga todo dolor humano inútil.

Decía el filósofo existencialista Karl Jaspers que la angustia que nos generan las situaciones límite (como la enfermedad, la muerte y, por qué no, una pandemia) resulta ser uno de los orígenes de la filosofía. Puede que estos días muchos de nosotros hayamos entrado en contacto con el desánimo, el hastío, la tristeza, el miedo e incluso con el nihilismo, la angustia y el desamor. Podemos haber sufrido entonces una especie de 'muerte en vida', una 'pérdida del alma' que decían los antiguos chamanes, y comportarnos como autómatas sin voluntad, sin corazón, como unos zombies esclavos de un hechicero vudú con forma de red social o plataforma de streaming.

Es una oscura experiencia en la que reconozco yo misma me he revolcado en los últimos días. Una indeseable situación que, sin embargo, como el apestoso estiércol en el huerto, ha dado fruto. Todo el dolor, la confusión, la rabia y la tristeza, potenciados por el confinamiento y los proyectos rotos, han estallado en un preguntar radical lanzado al cielo: «¿Por qué estoy aquí? ¿Para qué? ¿Por qué escoger el bien cuando ya nada obliga?». Cuántas veces durante mi formación como filósofa pude haber escuchado preguntas similares. Cientos. Y sin embargo nunca hasta ahora habían significado nada para mí. Es decir, por supuesto que las comprendía a un nivel superficial, pero no me 'movían' del lugar en el que ya estaba, es decir, no aprendía nada nuevo con ellas.

Una pregunta sólo mueve y lleva al aprendizaje cuando nace de dentro. Sólo bajo esa condición (ser auto-motivada) puede funcionar como un motor interno. Hacerse una pregunta es un acto sagrado, semi-divino, pues abre un umbral entre mundos. Entre lo finito (mi conocimiento) y lo infinito (el mundo).

Y, sin embargo, ¿en qué parece estar empeñada la empresa educativa en todos sus niveles? En convertirnos desde niños en receptores de preguntas ajenas. Nos dan las preguntas hechas. Obturan así nuestra capacidad de emitir una pregunta auténtica, aquella que nace del asombro, de la duda, de la vivencia del límite o de sentirnos perdidos. Nos convierten en ovejas de un rebaño mecánico, en patéticos loros, en burros con anteojeras, porque matan nuestra parte más humana, nuestro espíritu interrogador. Es un crimen y una tragedia. Sin personas que se hagan las grandes preguntas no hay Humanidad. Solo simulacro.

Ojalá la angustia de estos días sirva para encarar a muchos con la existencia real, con las preguntas reales, esas que, como pociones mágicas, nos permiten ver a través de las paredes, más allá de la realidad prosaica de nuestras vidas. Que esta crisis (palabra que viene del griego krisis: decisión) nos lleve a no postergar más las íntimas decisiones que nos apelan: vida o muerte, bien o mal, amor o miedo, belleza o fealdad, verdad o simulacro. Nosotros no somos chamanes, pero bien podríamos regresar de este cuestionamiento-confinamiento con un alma caliente entre los brazos.