Es el ser vivo más grande de la Tierra, mezcla de fuerza, grandeza, inteligencia y solidaridad. Entierra y vela a sus muertos, ayuda a los más débiles y enfermos y es tan extremadamente delicado que puede levantar con su trompa pesos enormes, pero también agarrar una fruta sin dañarla. De todas las huellas, la del elefante es la más grande.

Ayer me conecté con Ann, que cada tres días hace sonar desde Colombia el gong y sus cuencos tibetanos, para meditar, desde la imagen de este extraordinario mamífero venerado por muchas culturas, sobre la importancia de abrir nuestro camino paso a paso, con paciencia y sabiduría, haciendo frente a las adversidades, y avanzar hacia nuestra meta sin olvidar a la manada, como hacen los elefantes, teniendo presente que cada pequeña acción tiene un gran impacto. Me acosté con esas enseñanzas y esta mañana amanecí con la convicción de que este confinamiento es una excelente oportunidad para pensar y no olvidar que podemos construir nuestro camino de otro modo, simplemente con cambiar nuestra mirada. Lo que sucede es lo que es y lo que hacemos con ello es lo que somos. No hay otra.

Esta pandemia nos ha pillado desprevenidos; ni en la peor de nuestras pesadillas la imaginábamos. Soderbergh sí recreó hace diez años en Contagio una epidemia mundial provocada por un virus mortal proveniente de un murciélago y cuando le envió el guión a Matt Damon premonitoriamente le advirtió: «Léelo y luego lávate las manos». La base de datos IMDb clasificó la película como ciencia ficción hasta hace pocos días. «Ahora pone drama», cuenta hoy en El País el director de cine Juan Antonio Bayona, quien espera que todo esto «nos sirva para aprender algunas lecciones» y añade: «Me impresiona el rigor con el que los españoles están siguiendo el confinamiento, mientras la clase política parece que es incapaz de llegar a un consenso». Así es, y hoy mi aplauso va para todos nosotros que lo estamos haciendo muy bien; también para los bailarines del Ballet de la Ópera de París y su bellísimo vídeo que circula por las redes con el que quieren dar las gracias a todos los que cuidan de nosotros.

Está claro que esta crisis tendrá muchas consecuencias inesperadas y quizás una de ellas, como advierte Moisés Naím, sea «una fuerte reacción contra los gobernantes pequeños y la llegada de líderes que estén a la altura de los grandes problemas que tenemos». No me extraña, no sé vosotros pero yo estoy harta de mediocridades y coincido con este escritor en que «la actual cohorte de líderes es, salvo algunas excepciones, patética y preocupante».

En España, en principio, estaremos en casa hasta el 9 de mayo, pero menos mal que el Gobierno ha recapacitado y los niños menores de 12 años podrán salir de forma puntual desde el 27 de abril. Con nuestros mayores no sé qué pasará, pero en Francia bastó con que se sugiriera la posibilidad de que tuvieran que seguir encerrados por tiempo indefinido una vez que se levantara el confinamiento para que estallara la que ya se conoce como 'la rebelión de las canas'. El presidente Macron ha zanjado la polémica asegurando que no será una medida obligatoria y bajo la idea defendida por muchos de que asumir un riesgo forma parte de la libertad individual. Hemos dejado morir a nuestros padres y abuelos de coronavirus en las residencias; nos los dejemos ahora morir de tristeza y soledad en casa. Merecen nuestro amor. Con precauciones, claro.

Os quiero. Cuidaos.