En 2009 Isabel de Ocampo consiguió el Goya al Mejor Cortometraje de Ficción con Miente, la historia de una joven inmigrante obligada a prostituirse en España. Hace unos días a esta directora de cine y guionista española se le ocurrió una «idea muy loca y muy divertida», según ha contando en su cuenta de Twitter: metió su trofeo a remojo en agua con lejía para que se «desinfectara bien requetedesinfectao y durante horas porque eran muchos años acumulando gérmenes», lo envolvió en una 'toalla muy limpia' y se lo dio a su vecina enfermera para que lo llevara al Ramón y Cajal donde trabaja, en homenaje a todas las personas que cuidan de nosotros y que merecen ganar un premio. Y de paso, que se lo entregara a un amigo que está allí ingresado por coronavirus para que se hiciera con él esa foto con la que todos soñamos, porque «este galardón es símbolo de sueños cumplidos, de haber conseguido algo grande». Os cuento que la estatuilla no ha vuelto a casa de Isabel, sigue en el hospital y de vez en cuando la entregan a los pacientes porque este objeto mágico «tiene la capacidad de subir el ánimo a quien lo recibe». Historias así me alegran el día. Y la vida.

Dice la OMS que para que un país pueda levantar el confinamiento debe cumplir determinados requisitos: que la transmisión del virus esté controlada, tener capacidad de detectar, hacer pruebas, aislar y rastrear los contactos de cada caso y minimizar los riesgos en hospitales y residencias. En España no hay test para toda la población ni se les espera; siguen muriendo más de qinientas personas al día; somos el país del mundo con mayor número de sanitarios contagiados, y las residencias de ancianos continúan siendo los grandes focos de contagio. Lo siento, esta es la realidad, no hay otra. Y mientras tanto en China la atmósfera empieza a contaminarse de nuevo debido al incremento de concentraciones de dióxido de nitrógeno y ya va camino de recuperar los niveles de polución del 2019. Menos mal que en el departamento colombiano de Cundinamarca sí entendieron qué es eso del nuevo orden mundial que debería surgir después de esta pandemia y han rescatado el trueque y andan intercambiando lácteos, patatas, naranjas, bananos y otros productos como hacían sus antepasados, los indígenas muiscas.

Primero las serpientes, luego los pangolines, después expertos de la Universidad de Ottawa que aseguran que la culpa del coronavirus la tienen unos perros callejeros que se dieron un atracón de murciélagos. Ni lo sabemos ni lo sabremos nunca. De lo que sí nos hemos enterado es de que en Wuhan murieron casi el doble de personas de las que nos contaron y sí, como asegura el presidente francés Macron, «no seamos tan ingenuos como para decir que lo han hecho mucho mejor. En China han pasado cosas que no sabemos». El historiador británico Tom Holland también lo tiene claro: «China permitió la expansión del Covid-19 no prohibiendo que sus aviones volaran al resto del mundo y Occidente no lo olvidará». Sí lo olvidaremos porque el rencor no ayuda.

Buda dijo: "Ni tus peores enemigos te pueden hacer tanto daño como tus propios pensamientos». Hagamos caso también a Jung y dejemos que las cosas sucedan; poco sentido tiene nadar a contracorriente. Pensemos en bonito y cuidemos a la gente a la que queremos y nos quiere. Y si buscamos respuestas, tratemos de poner la mente en silencio, sé que no es fácil, pero merece la pena.

Hoy hace seis años que murió Gabriel García Márquez; me pregunto cómo de bien hubiera él narrado esta pandemia.

Os quiero. Cuidaos.