18 de abril de 2020
18.04.2020
La Opinión de Murcia
Pintando al fresco

Una generación

18.04.2020 | 04:00
Una generación

Supongamos que yo, como tantos otros, soy una persona de más de setenta años, que nació cuando todavía se respiraban en España aires de la Guerra civil, aunque acabada hacía pocos años, y que vino al mundo en una casa de gente sencilla, padre obrero y madre sus labores, como el noventa por ciento de su generación. Asimismo se podría decir que no pasó hambre propiamente dicha, pero sí necesidad y que pronunció más de una vez la frase: '¿Hay algo más?' después de terminar su plato de comida. También sería verdad que fue a un colegio de monjas que pegaban unas bofetadas de tres pares y que semejante trato no le provocó rencor, porque era para todos los críos igual: una regla de madera con la que te golpeaban la mano o una ristra de golpes en la cara o en la cabeza si no te sabías la lección, o por cualquier otro motivo.

Vamos a pensar que ese crío del que hablo, que podría ser yo, o no, porque de este tipo todavía queda cantidad de personal, salió de la escuela a los 12 años porque tenía que trabajar para ayudar en su casa y también por la razón de que sus hermanos, los hijos de sus vecinos y materialmente todos los chavales de su clase social sufrían el mismo destino. Aquellos pequeños sueldos de aprendices eran unos ingresos muy valorados en el contexto familiar, y, además, los chavales aprendían un oficio, es decir, se labraban un futuro. En general, los críos iban a parar a carpinterías, talleres mecánicos o comercios. En este último apartado había clases: no era lo mismo trabajar en una tienda de comestibles que en una de ropa a medida de caballero.

Aunque este caso es muy raro, supongamos que esta persona, aun trabajando siempre, consiguió estudiar, hacer exámenes libres y acceder a la Cultura, algo tan ajeno en el ambiente donde se había criado. De este modo, su vida pudo cambiar y pasar a ejercer un trabajo de los llamados 'intelectuales' con el que fue feliz. También puede ser que se casara, que tuviera hijos y que pudiera darles una buena educación y formación reglada para conseguirles un medio de vida en el futuro, lo que le proporcionó a este hombre, y a tantos otros, una gran satisfacción.
Y supongamos que él, el que sea, llegó a la madurez con unos nietos ya en el mundo, en buen estado de cabeza y con alguna pepla fácil de solucionar con pastillas. Entonces miró las estadísticas y vio que la media de vida estaba en 83 años e iba subiendo, llegando incluso a los noventa y tantos en bastantes ocasiones, así que se preparó para este tiempo en el que pensaba mantenerse activo hasta que le fuera posible, y, sobre todo, recrearse en lo que la vida le había ofrecido, en lo mucho que había conseguido cuando al principio lo tenía tan difícil como todos los demás de su generación, la de la posguerra, como les decía.

Cuando más tranquilo estaban todos estos hombres, y las mujeres, por supuesto, unos en sus casas, otros en las residencias donde se encontraban a gusto y bien atendidos, se empezó a hablar de una epidemia que había comenzado en China. No hicieron mucho caso, aunque, cuando la plaga comenzó a llegar a Europa, ya se mosquearon porque mucha gente hablaba de que atacaba preferentemente a los de su edad.
De lo que ha ocurrido con tantas personas de esta generación y los aún mayores, los que nacieron en plena guerra o un poco antes, ya han tenido ustedes noticias. Sabemos que miles de ellos han fallecido, y que han estado solos en esa hora fatal, sin los suyos cerca. Es fácil imaginar el miedo que habrán pasado y el que muchos estarán pasando en este momento. Todos soñaban, quizás yo mismo, incluso, en un fin de fiesta lejano en el tiempo, en los avances científicos que alargarían la vida, incluso con la ilusión de vivir más de 100 años y con la cabeza en nuestro sitio. Y se nos ha jodido el invento, oiga. Qué pena, ¿verdad?

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