Se habla con bastante insistencia de realizar unos nuevos Pactos de la Moncloa, como medio para afrontar todos juntos la situación postcoronavirus, especialmente la económica en la que vamos a quedar y las medidas ambiciosas que hemos de implementar. Parece evidente que tras esta situación no podemos volver a las andadas globalizantes que se llevan la producción de elementos básicos para la vida de una sociedad a producir a miles de kilómetros y cuando son imprescindibles hemos de competir en un mercado desalmado que vende los productos al mejor postor. No parece ser un principio racional que un país no sea capaz de proveer sus necesidades vitales básicas, teniendo presente que existe entre nosotros la tecnología, la capacidad y la financiación suficientes para hacerlo.

Por tanto, se hace imprescindible ponernos de acuerdo en cómo vamos a modificar nuestra economía los próximos veinte años para hacer frente a una situación mundial que en nada se va a parecer a la precedente. Es más, es bastante probable que en el río revuelto de la economía mundial haya muchos pescadores financieros desaprensivos que pretendan pescar entre las muchas empresas españolas que van a quedar a precios irrisorios en los mercados bursátiles. Es muy posible que haya que tomar medidas de desprivatización de empresas clave o de nacionalización, que no estatalización, de algunas otras. En todo caso, deberemos acordar cómo España como país va a afrontar estos tiempos que llegan.

La Iglesia tiene mucho que decir en esta situación. De la misma manera que Tarancón fue un puntal clave para los años de la Transición, Omella y Osoro deberán serlo para esta nueva transición hacia un mundo global muy distinto. La Iglesia española acaba de iniciar su transición tras decenios de involucionismo social y eclesial. Ahora debe ponerse al servicio de una sociedad que ha de avanzar hacia un modelo más social, humano y austero.

La Iglesia debe empujar con todos sus medios: económicos, comunicativos, sociales y personales, para construir una España basada en la solidaridad, el bien común, la dignidad de cada ser humano y el respeto por la naturaleza. Todos estos son los pilares de la Doctrina Social que el papa Francisco ha impulsado en la Iglesia universal y que, a modo de modelo, podría implantarse en España.

Estamos a tiempo de organizar la economía según las necesidades individuales y colectivas, no según un modelo de consumo destructivo de la naturaleza y de la propia humanidad del ser humano. Estamos a tiempo de implantar un sistema político basado en el consenso, no en la disputa constante. Nuestros cardenales pueden hacer ese papel de puente entre los distintos grupos políticos, sociales y económicos y a buen seguro que sus propuestas serán bien vistas por todos.

Además, también pueden frenar los desvíos que algunos autodenominados católicos de dejan de extender en redes y medios de comunicación, poniendo en su lugar el respeto a la verdad y la dignidad del otro. Se trata, en definitiva, de poner el Evangelio en el centro de la actividad eclesial.