Joseph Roth cuenta en Leviatán la trágica historia, con todos los elementos del folclore yiddish centroeuropeo, de un artesano de corales llamado Nissen Piczenik, judío de la localidad de Progrody, y cómo este fue seducido por el diablo.

El viejo era dichoso con sus corales, trabajaba con ellos como si fueran elementos sagrados surgidos de las profundidades del mar, parte viva quizá del gran ser, aquella criatura tan antigua como el mundo. No era un trabajo sencillo, no era un trabajo barato, pero era auténtico, puro y lo llevaba a cabo con la misma devoción con que un sacerdote cumple los ritos prescritos con fe sincera, cuando sabe que cada movimiento, palabra o acto reproduce la esencia misma de la divinidad que el oficiante encarna.

Durante el tiempo que Piczenik no traicionó a sus corales fue feliz. Su pequeño hogar era el refugio de los mismos, que una vez tallados y modificados por aquellas manos consagradas, se convertían en preciosos adornos y talismanes cuyo carácter originario, nacido de las profundidades marinas, procedentes de las costillas mismas del gigantesco cetáceo, no solo no sufría menoscabo alguno, sino que por la benéfica acción de una labor devota veía su magnífico poder ampliado, engrandecido.

Piczenik conseguía que la fuerza de los corales se mantuviera viva al contacto con la piel de sus portadores y por ello era el artífice de benéficos amuletos, el protector de su comunidad; considerado por todos un judío santo, un administrador de las riquezas de Leviatán y único vínculo que unía la comunidad con el animal más antiguo que sobre la tierra conoció a Dios, aquel que en las profundidades era protector y garante de la propia vida hasta que Yavé quisiera enviar por fin al ansiado Mesías.

Cada vez que sus manos rozaban los corales, su alma de artesano temblaba transida de nostalgia por latitudes lejanas y por un océano primigenio dotado de profundidades insondables, un único mar primordial, pues para él todas los mares, lagos, océanos y ríos estaban unidos por misteriosas capilaridades que hacían de todas aquellas aguas, la misma y única guarida del gran monstruo. Pero fue el demonio de la producción técnica y artificial, junto con el rastrero deseo de beneficio económico, lo que labró la perdición del buen artesano. Cuando el diablo adoptó la forma de un comerciante de Budapest y le ofreció a Piczenik, a buen precio, corales falsos de celuloide. Podía proveerle de ellos sin límites y a precios razonables, aumentando así su producción y sus ganancias. Nadie notaría, si mezclaba los corales auténticos con los falsos, el sacrílego engaño.

Sin embargo, la traición, motivada por pura avaricia, tuvo consecuencias terribles. Uno de los talismanes de coral contra el mal de ojo obró conforme a su naturaleza perversa y trajo la muerte, dolorosa, por difteria, a la niña que lo portaba. El rumor extendió la mala fama de Piczenik, que sabiéndose señalado por un tenebroso estigma, maldito y culpable, abandonó el lugar no sin antes haber quemado los corales falsos.

En busca de perdón quiso embarcarse y cruzar el océano, aplacar la nostalgia del océano y buscar a Leviatán, al guardián de los corales verdaderos. El hundimiento de su barco y su desaparición en alta mar le condujeron a los portales de la inmortalidad. Las olas encrespadas que lo sepultaron lo clausuraron en un mundo submarino. Como Barbarroja o Carlomagno, como el Rey de la Montaña, quedaba enclaustrado, encerrado, confinado hasta que fuera liberado por la piedad del Altísimo. Compartía un destino semejante a otros héroes del viejo folclore europeo, como Tannhäuser, que espera atrapado en las entrañas de la tierra hasta el final de los tiempos por haber traspasado toda medida humana en su ansia de unión con el infinito o en su deseo de superar con su arte a la naturaleza divina.

Esta hermosa fábula yiddish nos sumerge entre pensamientos submarinos, nos abre los ojos para contemplar al gran Leviatán, el ser vigilante de millones de habitantes coralinos que cubren las profundidades, mágicos pobladores de un mundo encantado y silencioso; lejos, muy lejos, mucho más allá de las cuatro paredes que delimitan actualmente las fronteras de nuestro estrecho confinamiento.