Así me gustaría que quedara la de nuestra casa en los próximos días. Significaría que vamos superando el desafío sanitario de la pandemia y que conseguimos evitar un repunte de ingresos hospitalarios y de dolorosos fallecimientos incluso con la vuelta de buena parte de la actividad económica.

Con esos mimbres, bien pudiera el Gobierno relajar medidas de confinamiento cuya atenuación comienza a hacerse perentoria sin que ello signifique el regreso a la normalidad. En cualquier caso, ya no será la que abandonamos un 14 de marzo.

Se trata de autorizar la salida a la calle de los niños. Encerrados en sus casas, dicen psicólogos y pediatras, necesitan de un esparcimiento que les evite la obesidad, el miedo a la amenaza invisible o las alteraciones de conducta.

En muchos casos habitan junto a sus padres y hermanos en pisos de no más de seenta metros cuadrados de barriadas interminables que nacieron en los últimos años del franquismo o en los tiempos dorados de los promotores inmobiliarios cuando el metro cuadrado se hipotecaba a precios desorbitados.

Un recreo controlado, aislado y pautado en el tiempo bajo la responsabilidad de uno de sus progenitores. Además sería un gesto de que algo se mueve en la buena dirección.

Nos puede la ansiedad por salir de este estado que nos ha cambiado la vida de un día para otro. Empieza a dominarnos la inquietud por ver el final de algo que jamás habíamos pensado que podría suceder y necesitamos ese resquicio de la puerta entreabierta para convencernos de que vamos a terminar con esta peste que se está llevando a miles de los nuestros en soledad sin siquiera un acompañamiento en la agonía.

Junto a las cicatrices anímicas de estas pérdidas y a las secuelas físicas de los que peor lo han pasado, se suma la angustia de las consecuencias económicas. En particular para los que serán los últimos en reincorporarse a sus quehaceres y los que no podrán hacerlo por la quiebra de sus empresas.

Los expertos saben que fue complicado encerrar a 47 millones de españoles y detener el pulso del país pero pronostican que más difícil será sacarnos a todos a la calle y resucitar la economía.

Es el dilema de éste y de otros Gobiernos europeos. Cómo preservar la salud sin hundir la economía. A estas alturas de una pandemia que va cediendo, cómo reactivar la economía sin tirar de nuevo la salud al pozo.