03 de abril de 2020
03.04.2020
La Opinión de Murcia
El Mirador

Las pandemias

02.04.2020 | 19:44
Las pandemias

La pandemia del coronavirus, ¿es un castigo divino o humano? No es una pregunta retórica ésta, ni mucho menos. Si atendemos a los movimientos tipos Tea Party, a católicos tirando a ultracatólicos, y a cuanto apocalíptico (hoy más que nunca) hay suelto por ahí, nos asombraríamos de la enormidad de gente que cree que lo que estamos padeciendo es una plaga enviada por Dios, modelo egipcio, mismamente. Aquel puñetero dios se cargó a medio pueblo del Nilo por la sola impiedad de un faraón tozudo y cabezón. Hay muchos que lo creen así, e incluso lo expresan, y existen otros muchos más que no lo dicen, pero lo piensan. Aquí, además tenemos a un Vox que jalea tal posibilidad (alguna de sus políticas ya ha soltado que esto es el azote de Dios), y alimentan así su particular 'Dios es el único dios y Vox es su profeta' que comparte una buena parte de su electorado.

En la Edad Media, todas las pestes que azotaron el continente no eran a consecuencia de hábitos malsanos, no, eran castigo de Dios por algo que la Iglesia se encargaba de airear y que a ella le convenía. La historia está plagada de ejemplos, pero casi siempre era por algún desvío de la doctrina impuesta, o por alguna alianza política con algún monarca no católico (impío), o porque el veneno liberal se está infiltrando en la sociedad, o por la perversa iconoclastia; siempre había sobrados motivos. Después, la Ilustración vino a traer alguna cordura y poner cierto sentido común, y el personal empezó a sacudirse la idea del Yahvé vengador que sacudía sus malas pulgas sobre los pobres seres humanos cada vez que algo le molestaba. Pero solo unos cuantos, la ciencia y algunos más, llegaban a pensar que las calamidades eran provocadas por un mal comportamiento humano para consigo mismo. La mayoría, simplemente, no creían ya lo del castigo divino, pero tampoco pensaban en ningún tipo de por qué.

Siempre, siempre, hay un por qué. No existe nada, nada, que no tenga un origen. Simplemente es la ley de causa y efecto. Por eso yo correspondo al segundo grupo, el de los que cree que es un castigo humano y muy humano. Que esto ha sido consecuencia de nuestra manipulación, maltrato y abuso del medio natural en el que vivimos y del cual vivimos. Nada tiene que ver Dios en esto. Dios permite que el hombre coseche lo que siembra. La naturaleza (teoría de la Pangea) es un ente vivo en sí mismo y por sí mismo, y como cualquier ente vivo está en disposición de defenderse de las agresiones. Hasta aquí la puñetera lógica. Todo esto puede explicarse de modo plausible a través de la ciencia y la investigación, pero no siempre se les escucha. A veces hasta se les silencia, dados los poderosos intereses económicos contrarios a sus conclusiones. Ahí tenemos, por ejemplo, el deterioro climático y sus dramáticas consecuencias, que los investigadores han venido denunciando durante décadas, y durante décadas se les ha venido ignorando e incluso ridiculizando. Son intereses opuestos por una determinada forma de vida basada en una sociedad consumista, economicista y hedonista. Y, claro, eso no interesa en modo alguno.

El coronavirus no es otra cosa que un factor correctivo de la propia naturaleza. Es una reacción natural por una acción innatural. Ya saben, el principio de acción-reacción. Lo que no se sabe (aún ) racionalmente es lo que lo ha puesto en marcha. La ciencia lo averiguará, no lo duden. Lo que ya no aseguro es que esos mismos intereses la dejen actuar en consecuencia, o ni siquiera hacérnoslo saber. Pero es seguro que tiene que ver con nuestro estilo de vida. Igual que el CO2 que liberamos a través de los tubos de escape en nuestro propio escapismo masivo, produce miles de muertes por enfermedades broncopulmonares, y cientos de miles de bronquilitis en niños (es un hecho demostrado), cualquier otra causa tóxica producida por la humanidad igual producen los virus que, de vez en cuando, y cada vez más potencialmente, nos atacan. Son esa caterva de gripes cuyas cepas mutan y se hacen más resistentes según nuestras vacunas.

Algo que no ha cambiado de la Edad Media hasta aquí es que estos 'autocastigos' pandémicos se transmiten y se ceban en las grandes aglomeraciones humanas y urbanas. Es su caldo de cultivo preferido. El contacto es más fructífero en los amogollonamientos, evidentemente. Es una forma, una manera, de promiscuidad, y no lo digo en el sentido moral, si no en el práctico, por supuesto. Esta pandemia coronavírica acabará, como todas. Pero no acabarán las pandemias. Ya lo aseguran los epidemiólogos. Otra cosa es que aprendamos de ellas lo que tenemos que aprender. Y que lo pongamos en práctica. Aunque para esto último hace falta tener lo que hay que tener.

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